“Gregorio
Magno, en una carta justamente famosa, dirigida a un laico,
el médico del emperador, escribía: “Busca
meditar cada día las palabras de tu creador. Aprende
a conocer el corazón de Dios en las palabras de Dios,
para que puedas desear más ardientemente los bienes eternos
y con mayor anhelo tu alma se encienda por los bienes del cielo”
(Epist. 31, 54). El compromiso de cada cristiano en el marco
de un año litúrgico debería ser el de llegar
a leer y meditar por lo menos “el texto evangélico
íntegro” propuestos por los textos en la liturgia
dominical. El escritor medieval Ruperto de Deutz hablaba de
una lucha cuerpo a cuerpo con el Libro, similar a aquella que
Jacob sostuvo en una noche oscura a lo largo de las riberas
espumosas del río Yabboq (Gen 32): “dulce lucha,
más gozosa que cualquier paz” (In Cant., prefacio).
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