Los
emigrantes, las viudas, los huérfanos, los indigentes
son los “privilegiados” de Dios ante los cuales
Él es particularmente sensible. Las injusticias, la usura,
la crueldad contra ellos se convierte en un grito que sube hasta
el cielo para provocarlo. Por desgracia y frecuentemente también
en los regímenes llamados cristianos “hay gente
cuyos dientes son espadas y cuyas muelas son cuchillos para
devorar a los hombres eliminándolos de la tierra y para
quitar a los pobres de en medio de los hombres” (Prov.
30,14). Dios no es un emperador impasible e indiferente a las
injusticias. La Iglesia no puede ser impasible e indiferente
delante de la corrupción, de la iniquidad, de la opresión,
de las miserias, de las explotaciones, de las alienaciones y
de los imperialismos de todo signo político y de cada
forma de aplicación. R. Alves, teólogo brasileño
de la liberación observa justamente: “Para que
la creación se realice no se deben de separar el sufrimiento
y la esperanza.
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