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28
de Febrero del 2010
Muy queridos Hermanos y Amigos:
La “revelación” de Dios, aunque
sea oscura y nocturna, requiere siempre de un corazón
atento. Abraham es el que “cree” y esta es “la
obra” fundamental que Dios le “acredita”,
o sea que anota en “el libro de la vida”.
La
fe nos hace descubrir a un Dios vecino, un Dios aliado, dispuesto
a comprometerse por nosotros. “Si contra mi acampa un
ejército, mi corazón no teme”, declara
el salmo responsorial, el Salmo 27 (26). Se debe redescubrir
el sentido de la “alianza” y del amor de Dios
contra la tentación fácil del pesimismo, de
la esterilidad. “¿Puede acaso una madre olvidarse
de su hijo, no compadecerse del hijo de sus entrañas?
Aunque estas mujeres se olviden, yo nunca me olvidaré
de ti jamás”. (Is 49, 15).
La
“revelación” suprema de Dios está
en el “Hijo” que, en la debilidad de su humanidad,
abre de un modo falible el misterio infalible de la divinidad.
La Cuaresma tiene en el centro la transfiguración pascual
y, por eso, se dirige hacia la manifestación del rostro
de Cristo. Sería ahora la ocasión para cada
creyente de fijar los ojos de su meditación y de su
estudio en ese rostro. También porque, como cantaba
en uno de sus discos “evangélicos” Bob
Dylan, “puedes ser un fanático del rock, puedes
tener tantas drogas cuantas quieras, puedes ser un hombre
de negocios o un ladrón de alto rango, pero deberás
siempre reconocer que necesitas de Él” (de “Saved”
Salvado).
“La
revelación de nuestro misterio” sucede ahora
en la vida de fe y de gracia pero, nos amonesta San Pablo,
esta será plena cuando Cristo “transfigure nuestro
cuerpo miserable en cuerpo glorioso como el suyo”. Debemos,
por eso, cada día preparar nuestro cuerpo, o sea, nuestro
ser y nuestra vida, para ser semejante al cuerpo de Cristo.
Exclamaba Rumi, el grande místico sufita (1207-1273):
“¡Si he pasado en mi vida un solo día sin
ti, yo me arrepiento de la vida por aquel día y por
aquella hora!”.
Mons.
Hernán Zambrano
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