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DOMINGO DE CUARESMA
LECTURAS:
Génesis
9, 8-15
1 Pedro 3, 18-22
Marcos 1, 12-15
Con este domingo, inicia la celebración del corazón
del año litúrgico. La Cuaresma está orientada
hacia la Pascua, que es el vértice del credo cristiano.
De esta manera la totalidad del año litúrgico
está organizado tomando como referencia el ciclo pascual.
A lo largo del año y en días determinados. "La
Santa Iglesia celebra con sagrada memoria, la obra de salvación
de Cristo. Cada semana en el día que llamamos 'Domingo',
se conmemora la resurrección que unida a su bienaventurada
pasión, cada año se celebra en la Pascua, que
es la más grande de las solemnidades cristianas. Así
pues, en el transcurso del año se distribuye todo el
misterio de Cristo" (Mysterii paschalis 1). Esta sagrada
memoria, semanal y anual de la Pascua es, por lo tanto, la
síntesis del misterio de la salvación y el punto
de convergencia de la vida litúrgica, teológica
y catequética de la Iglesia.
La
Cuaresma es el itinerario de preparación, es la puerta
de entrada al misterio pascual. Un camino estructurado sobre
la tipología bíblica de los cuarenta días
de Moisés en el Sinaí, de los cuarenta años
de Israel en el desierto, de los cuarenta días de Jesús
que ayuna antes de iniciar su ministerio público. Un
camino dominado desde la antigüedad, por la cruz de Cristo,
por la metanoia-conversión y por el bautismo. "Queda
firme la cruz mientras el mundo se agita. Es el discípulo,
que no es más que el maestro, quien debe llevar la
cruz con Él" (M. Magrassi).
El
leccionario bíblico de hoy se mueve precisamente a
lo largo de estas dos directrices del bautismo y de la conversión,
dos aspectos de la misma realidad. El primero subraya la acción
salvífica y gratuita de Dios; el segundo presenta la
respuesta humana. Al movimiento de Dios que sale al encuentro
del hombre ofreciéndole libertad y gozo debe corresponder
el movimiento de "regreso" del hombre hacia Dios,
(el verbo hebreo y el verbo griego de la conversión
son dinámicos, son verbos de movimiento).
El
bautismo está descrito en las primeras dos lecturas.
Según una antigua práctica litúrgica
de tono alegórico, el diluvio se considera como el
gran bautismo de la humanidad que, salida del baño
purificador de las aguas, se convierte en nueva criatura.
Y esta humanidad "re-creada" puede establecer con
Dios una alianza nueva que ya no será quebrantada.
La narración de Gen 9 (primera lectura), que tiene
una raíz sacerdotal (o sea una tradición del
período posterior al exilio) quiere proponerse como
la segunda de las cuatro grandes alianzas en las que se divide
la historia de salvación, según la impostación
de esta corriente teológica. La primera relaciona a
Dios con Adán, o sea a cada hombre "imagen y semejanza
de Dios" (Gen 1, 26). La segunda pone en relación
con Dios, al Adán pecador y perdonado y al cosmos entero
en una nueva y armoniosa creación (Gen 9). La tercera
está destinada a Abraham, que es la fuente de las bendiciones
de Israel y de la santidad que toma fundamento en la circuncisión
(Gen 17); La cuarta, une en el Sinaí al Señor
liberador y al pueblo liberado que se compromete a través
del Decálogo y sobre todo a través del sábado,
a darle gracias a su Dios por el don recibido (Ex 20).
La
humanidad renacida del "bautismo" del diluvio, símbolo
de las fuerzas del mal y del caos, siente la cercanía
de Dios que se entrega sin esperar nada a cambio. Esta salvación
es gracia pura y total. Tampoco se le exige una señal
al hombre (como lo fue la circuncisión), sino que es
un don de Dios que hace que el hombre resplandezca en los
cielos (v. 13). La reflexión tradicional sobre el texto
de Gen 9 está testimoniada propiamente por la primera
carta de Pedro (segunda lectura), considerada por los estudiosos
como una amplia catequesis bautismal (1, 3-4, 11). Después
de haberse referido a las raíces del bautismo que son
la muerte y la resurrección de Cristo (la oscura alusión
en la predicación de Cristo "a los espíritus
en prisión" podía ser un modo para indiciar
el paso de la muerte a la resurrección: 3, 19), el
autor desarrolla su interpretación alegórica
sobre la figura y la vida de Noé. "El agua es
figura del bautismo, que ahora los salva a ustedes. Eso no
es quitar la inmundicia del cuerpo (alusión quizá
a la circuncisión, a los ritos judíos de purificación
o a las prácticas histéricas paganas), sino
que se trata de una invocación de salvación…
en virtud de la resurrección de Jesucristo" (3,
21).
El
segundo tema, la conversión, es el trasfondo del kerigma
sintético que está en el inicio del evangelio
de San Marcos. Examinaremos sucesivamente los cuatro artículos
de los que está compuesto (Domingo III del Tiempo Ordinario).
Detengámonos ahora sobre el imperativo "¡Conviértanse!".
Escribía R. Schnackenburg: "Convertirse es la
exigencia fundamental y totalizante con la cual los hombres
se ponen delante de Dios y reciben un llamado a responder
al Evangelio de Jesucristo, al mensaje de Dios, en la hora
de la salvación". No se trata, pues, de una invitación
a un lúgubre aspecto penitencial, ni de una llamada
al sentimiento ("sientan repudio de sus pecados"),
ni de una invitación psicoanalítica a la sublimación
de la conciencia. No es tampoco una simple exhortación
pragmática contra la injusticia, la falsa piedad o
el legalismo. Es, pues, el hombre integral, en su mente y
en su actividad, quien debe responder a Dios que lo llama
a hacer un cambio de dirección. La conversión
es entonces, la síntesis de la experiencia cristiana
total de tal manera que cubre toda la enseñanza central
de Jesús y sintetiza la vida cristiana.
A
partir de la conversión nace un mundo nuevo de relaciones
entre Dios y el hombre, entre el hombre y su prójimo,
entre el hombre y el universo. La narración elemental
de las tentaciones de Jesús según San Marcos
(cuatro simples frases en los versículos 12-13) es
muy diferente a las tres escenas solemnes de Mateo y Lucas,
pues pone en el centro a Jesús "que estaba con
las fieras". Es casi la pintura de un horizonte paradisíaco
(Gen 2 e Is 11): un mundo en paz, en el que el Adán
nuevo y perfecto, Cristo, restablece la armonía rota
por el Adán pecador de nuestra historia.
SUGERENCIAS
PASTORALES
1. El movimiento pascual de Dios en relación
al hombre se da con el don bautismal de la gracia. La Cuaresma
es el espacio pastoral ideal para una catequesis bautismal.
Del sepulcro de piedra resurge Cristo glorioso, así
como del sepulcro de agua renace el hombre nuevo (Rom 6).
2. Además, la re-creación
eficaz realizada por la gracia no es mágica ni cae
sobre un terreno neutral. Su destinatario es el hombre libre
que debe establecer un diálogo con su Dios. A la
palabra bautismal de Dios, el hombre debe responder con
la palabra viva de su conversión. "Conviértanse
y crean en el evangelio", exclama Jesús en Mc
1, 15. La metanoia que es cambio o transformación
nos permite liberar nuestra tensión hacia Dios, es
la explosión gozosa de nuestro deseo de Dios, y también
de la nostalgia y del abandono en Él, es transformación
de la vida y del corazón. Pero esta conversión
a Dios para ser auténtica, exige también la
conversión hacia el prójimo, hacia el hombre
oprimido. Conversión significa una radical mutación
de sí mismo para adquirir la dimensión de
la vida de Cristo.
3. A la conversión y a la salvación
se opone, con frecuencia, la tentación, que es semejante
a una muerte o a un túnel oscuro. Israel, en el desierto,
no alcanza a salir de este túnel y muere sin llegar
a la tierra prometida. Cristo, nuevo Israel, aparece en
cambio, como Mesías salvador. La tentación
es el signo de nuestra humanidad, y que también Cristo
vivió, es el campo constante en el que somos colocados
y del cual puede nacer nuestro sí limpio y total
a Dios, aunque también puede brotar la miseria de
nuestro rechazo.
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Aviso
legal.
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