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DOMINGO DE CUARESMA
LECTURAS:
Deuteronomio
26, 4-10
Romanos 10, 8-13
Lucas 4, 1-13
La liturgia de la Palabra de este primer Domingo de Cuaresma
se presenta como una introducción a la fase más
importante del año litúrgico. Si quisiéramos
encontrar un hilo conductor que organice en unidad la selección
de textos más que la aparente temática de las
"tentaciones", debemos recurrir a la tesis fundamental
de la "fe profesada". En efecto, la primera lectura
recoge un fragmento arcaico del "Credo de Israel"
que fue conservado por el texto de una reforma religiosa del
siglo VII, llamado el libro del Deuteronomio. En realidad
este Credo es asumido como un signo vivo de la continua tradición
de fe que desde siglos iluminaba el camino de pueblo hebreo.
Esta profesión de fe, ambientada en el contexto litúrgico
de la fiesta primaveral de las primicias (26, 4), está
estructurada en torno a tres artículos de fe: la vocación
de los patriarcas (Jacob, "arameo errante"), el
don de la libertad después de la experiencia amarga
de Egipto y el don de la tierra, o sea de la patria libre
"que mana leche y miel". De esta estructura surge
en forma clarísima la calidad de la fe hebrea que es
"histórica" por excelencia. A Dios no hay
que buscarlo en la experiencia de una mística nebulosa,
Dios no es una ideología abstracta, Dios es una presencia
"encarnada" en la trama pesada y, con frecuencia,
frágil, del acontecer humano. El lugar de la Palabra
de Dios y de la Revelación es la historia y la respuesta
del hombre debe ser paralelamente histórica y existencial.
Israel repetirá, ampliará y meditará
este Credo en otros textos que podrán constituir el
comentario ideal a este precioso fragmento fundamental. Hoy
se lee el solemne Credo de la alianza conservado en Josué
24 y la amplia redacción antifonal y litúrgica
del Salmo 136 (135 Vulgata), que es el "Gran Hallel"
de la celebración pascual. La fórmula de fe
perfecta en la Biblia es la celebración de las acciones
de Dios, de su ininterrumpido y visceral amor por su pueblo,
la oración más grande es el himno, la alabanza
pura, el reconocer y celebrar las grandes obras de Dios y
la forma más genuina de la moral es el compromiso cotidiano
en el arco de la propia historia, para actualizar aquel proyecto
de Dios que se nos revela como designio suyo. El verdadero
rostro de Dios surge, entonces, de esta "eucaristía"
que alaba al Señor por su amor eterno por el hombre.
En
cambio la perícopa tomada de la carta a los Romanos
es un espléndido ejemplo del "Credo paulino",
aunque su estructura, elemental y esencial, más bien
revela una matriz antigua referida a los inicios mismos del
cristianismo. Es la voz de la Iglesia que desde su nacimiento
hasta hoy anuncia el centro de su fe, o sea, el evento histórico
decisivo de la "pascua de Cristo". En efecto, las
dos líneas de la profesión de fe citada por
San Pablo son sinónimas y expresan en dos lenguajes
diferentes el mismo mensaje pascual. La primera línea
proclama que "Jesús es el Señor".
Es la fórmula del misterio pascual conocido como el
esquema de la "Exaltación" del que da testimonio
el himno de Filipenses 2 o también el tema joanino
de la "glorificación-exaltación" ("cuando
sea levantado atraeré a todos hacia mí").
La Pascua revela el misterio de divinidad y de gloria escondido
en el "siervo" Jesús y por otra parte el
fiel contemplando a través de la Pascua al hermano
Jesús según la carne, descubre el misterio del
salvador Cristo que, como el Padre, es "Señor".
El término "Señor" ("kyrios")
es una celebración de la divinidad porque remitía
en la versión griega del Antiguo Testamento al nombre
sagrado e impronunciable de Dios mismo: Yahvéh. La
segunda línea del Credo expresa el misterio pascual
con el esquema clásico de la "Resurrección":
"Dios lo ha resucitado de entre los muertos" (v.
9; cfr. 1 Tes. 1, 10). Con esta fórmula se quiere subrayar
mayormente la continuidad de la persona entre el Jesús
hombre terrenal y el Cristo-Dios resucitado. Así es
como se inaugura la esperanza de la recuperación total
del ser creado en Dios que, pasando a través de su
Hijo en la creación, la ha redimido y santificado.
Esta
fe abierta a todos, a los judíos y los griegos, debe
ser profesada con la "boca" y con el "corazón"
(v. 10), o sea con la adhesión total de la conciencia
("corazón") y también con la fe existencial
y experimental que se ofrece en el testimonio ("boca").
"Boca y corazón" no se pueden separar en
un dualismo hipócrita. A la adhesión íntima
del corazón, o sea, de toda el alma, de toda la inteligencia
y de la voluntad, debe corresponder la profesión externa"
(S. Lyonnet). Y es precisamente a través de esta profesión
global de fe donde nace la salvación: "Todo aquel
que invoque el nombre del Señor se salvará"
(v. 13).
También
la narración de las "tentaciones de Jesús",
que tradicionalmente abren el leccionario evangélico
cuaresmal, se pueden considerar como una profesión
de fe. A la confianza de Cristo en la palabra de Dios, sobre
la cual están construidas todas las respuestas a Satanás,
se une la fe de la Iglesia que reconoce en Jesús no
a un Mesías taumaturgo, terrenal y político,
sino a un Mesías salvador y liberador. La narración,
estilizada en tres escenas por San Mateo y San Lucas, revela
un típico acento lucano en la inversión de la
segunda y tercera escenas. Para Lucas el vértice de
la tentación no está en el monte sino en Jerusalén,
la ciudad sobre la que está centrado y orientado todo
su Evangelio. Es notable que la obra lucana se abre y se cierra
en el templo de Jerusalén y tiene precisamente en su
centro (cc. 9-19) aquel largo itinerario hacia Jerusalén
que se convierte en un camino-revelación con respecto
al destino de Jesús. No obstante, Jerusalén
es propiamente el vértice de la vida de Cristo, que
tiene su culmen también en la tentación. Eh
aquí como se cumple la suprema prueba del mesianismo
de Jesús. Él debería de rehusar su último
destino, es decir, la salvación a través de
la pobreza extrema de la Cruz. Jesús debería
renunciar así a su perfecta confianza-obediencia en
el Padre y nosotros perderíamos la fe en un Salvador.
Pero Jesús, respetando la libertad soberana del plan
salvífico al que él mismo está consagrado,
pronuncia su "sí" definitivo al Padre y se
abandona totalmente a su destino. Para San Lucas el terror
de la muerte, o sea la extrema frontera de cercanía
de Cristo al hombre, es la "agonía"; es también
la "tentación" máxima que Jesús
debe superar y que finalmente confirmará expresamente
en su pasión y es también el asalto supremo
de Satanás contra Jesús (cfr. v. 13; 1 Cor 2,
8). Liberado de esta tentación, de la que las demás
son solamente una anticipación, Jesús se convierte
para el fiel en un emblema luminoso de la fe bíblica,
o sea, de la adhesión plena y total a Dios y a su plan
trazado en el cosmos y en la historia. La Cuaresma se abre,
entonces, como un fuerte llamado a redescubrir la pureza de
la fe liberándola de todas las ignorancias, de todo
cuanto pudiera sustituirla y de las adherencias o pegotes
habituales y mágicos.
SUGERENCIAS PASTORALES
1. La revelación del Dios liberador
y salvador en la historia es el centro e la fe bíblica.
El centro de la fe evangélica es la revelación
de Dios en Cristo hecho hombre, su muerte y su historia.
El centro de la fe cristiana está en la participación
continua con el "corazón" y con la "boca"
en la pasión y en la gloria viviendo nuestra historia.
La Cuaresma nos transporta a una "fe" viva, anclada
en la "historia", despojada de todo dualismo,
de toda incoherencia, de toda inconsistencia.
2. La tentación de un mesianismo
alternativo fue vencida por Jesús con "la fidelidad
a la Palabra de Dios". Una escucha seria, apasionada,
silenciosa, en el desierto y en lo esencial del ayuno. También
para el fiel los cuarenta días del tiempo cuaresmal
deberían ser la recuperación del amor y de
la escucha de la Biblia, "lámpara para nuestros
pasos" (Sal 119, 105).
3. La tentación del Adán
que está en nosotros (Gen. 2-3) tiene como objetivo
la elección de otro proyecto y la decisión
por otro bien y otro mal respecto a aquellos indicados por
Dios ("el árbol del conocimiento del bien y
del mal"). La tentación del Adán perfecto
que es Cristo tiene como objetivo la elección de
otro proyecto de salvación directamente en relación
con aquel trazado por el Padre. A un lado de la victoria
de Cristo sobre la tentación se contraponen nuestras
frecuentes derrotas. La Cuaresma es un llamado a la "conversión",
a la "metanoia", es una invitación a rectificar
nuestros proyectos y nuestras decisiones morales en base
a los que Dios quiere.
4. La tentación, por sí misma,
es tan fuerte como para salir vencedora en el corazón
débil del hombre. La Cuaresma tiene sentido solamente
en cuanto que tiene como meta la "Pascua", la
victoria de la Vida sobre la Muerte, del Bien sobre el Mal.
La Constitución dogmática "Gaudium et
Spes" nos enseña: "El hombre se encuentra
incapaz de superar eficazmente por sí mismo los embates
del mal, y por eso se siente como encadenado. Pero el Señor
mismo ha venido a liberar al hombre y a darle fuerza, renovándolo
en su intimidad y echando fuera al príncipe de este
mundo (Jn 12, 31), que lo tenía esclavizado por el
pecado (Jn 8, 34)" (n. 13).
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Aviso
legal.
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