| II
DOMINGO DE CUARESMA
LECTURAS:
Génesis
22, 1-2. 9a. 10-13. 15-18
Romanos 8, 31b-34
Marcos 9, 2-10
En la lectura cristiana del Génesis es tradicional
ver el célebre texto "eloista" del sacrificio
de Isaac como una página cristológica (tradición
desarrollada alrededor de los siglos IX-VIII a.C.). Reducir
esta lectura al símbolo del sacrificio de la cruz,
está ya presente sintéticamente en una frase
de la carta a los Romanos que está contenida en la
segunda lectura de hoy: "Dios no perdonó a su
propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros"
(8, 32). La referencia a Gen 22, 16 es muy explícita.
La narración del sacrificio de Isaac, más allá
de la dimensión "sacrificial" y por consiguiente
también una dimensión salvífica, liberadora
y de don, hace alusión, en ese final inesperado, a
la misma conclusión de la experiencia de Cristo, que
no se agota en un sacrificio heroico cerrado en sí
mismo, sino que desemboca con el broche de oro divino y glorioso
de la resurrección. También Pablo, después
de haber subrayado la oblación del Hijo de parte del
Padre, concluye con la verdadera clave de interpretación
de la muerte de Cristo, o sea, su resurrección: "Él
murió, es más, resucitó, está
a la derecha de Dios e intercede por nosotros" (Rom 8,
34). Bajo esta luz se debe leer el pasaje evangélico
de la transfiguración (Mc 9, 2-10). La transfiguración
está estructurada en el modelo de las teofanías
del Antiguo Testamento: (la voz, la nube, el resplandor, los
personajes celestiales, símbolos de la ley y de la
profecía) y es una verdadera y propia proclamación
anticipada de la glorificación pascual (vv. 9-10).
Esta "cristofanía" está, sin embargo,
preparada en el contexto propio del primer anuncio de la pasión
y de la muerte del Señor (8, 31). Muerte y resurrección
constituyen así, un misterio unitario que no permite
solamente reducir a Cristo a su humanidad, aunque esta sea
heroica (la muerte), o a su divinidad, separada y lejana del
hombre (la gloria pascual). Es solamente a través de
aquel anuncio de la muerte que podrá florecer la resurrección.
Es solamente a través de la cruz que se llega a la
proclamación de la fe pascual: "Este es mi Hijo
predilecto" (v. 7) que es paralela a la confesión
del centurión al pie de la cruz: "Verdaderamente
este es Hijo de Dios" (15, 39). La transfiguración
es pues, una aparición pascual anticipada destinada,
como aquellas post-pascuales, a iluminar y a revelarle a la
Iglesia el misterio de la muerte y resurrección de
Cristo.
Si
esta es la actitud de fondo sobre la que hay que coordinar
e interpelar al leccionario de hoy, podremos también
leer el valor ejemplar del sacrificio de Isaac y de Cristo
en su dimensión ética y existencial. Es cierto
que este aspecto es secundario, pero la primera carta de Pedro
nos estimula a desarrollarlo citando quizá un fragmento
de un himno: "Cristo padeció por vosotros, dejándoles
un ejemplo, para que sigan sus huellas" (1 Pe 2, 21).
Y Pablo a los Colosenses escribe: "Estoy contento de
los sufrimientos que soporto por ustedes porque así
completo en mi carne lo que le falta a los padecimientos de
Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia" (Col
1, 24).
Dados
los límites de este comentario escogemos el primer
pasaje, el del Génesis, historia verdadera de un creyente
en búsqueda del plan misterioso de Dios. De hecho,
como escribía el filósofo danés Kierkegaard,
el terrible y silencioso camino de tres días (v. 4)
enfrentado por Abraham (y en paralelo el de Cristo) hacia
la cumbre de su prueba, es el paradigma de todo itinerario
de fe. Es un recorrido oscuro, reñido, acompañado
solamente de aquel mandato implacable: "Toma a tu hijo,
el único, al que tanto amas, y ofrécemelo en
sacrificio" (v. 2). Después el silencio. Silencio
de Dios ("Dios mío, Dios mío, ¿por
qué me has abandonado?"), silencio de Abraham,
silencio del hijo, que solamente una vez, con una ingenuidad
desgarrante, emprende un diálogo fuertemente marcado
por el contraste afectivo: "Volviéndose a su padre
le dice: 'Padre mío'. 'Heme aquí, hijo mío'.
'¿Dónde está el cordero para el sacrificio'?
'Dios mismo proveerá, hijo mío' (vv. 7-8).
La
dialéctica "fe y crisis" aparece aquí
en su etapa más pura, sin apoyos humanos. Como hijo
Isaac debía morir, a fin de que Abraham renunciara
a su paternidad y no tuviera ni siquiera el apoyo de la paternidad
para creer, sino solamente el apoyo de la palabra divina.
Por eso, la palabra divina le propone la destrucción
de su paternidad. Y así Abraham, después de
la prueba, recibe a Isaac, ya no como hijo, sino como la "promesa".
La
intimidad que Cristo tiene con el Padre es la fuente de su
libre aceptación de la oscuridad de la muerte: él
se hace "pecado" (2 Cor 5, 21), cargando en sí
mismo la ira de la justicia divina, y así la gloria
del Salvador resplandece a través de esta "muerte".
La fe que el cristiano tiene en Cristo, es la fuente de su
aceptación libre de la oscuridad, de la prueba y de
la muerte: él que tiene en sí mismo el pecado,
siente la ira de la justicia divina (Rom 1, 18 - 2, 10), pero
a través de la "agonía" de la fe,
entra en el esplendor de la gloria de Cristo (2 Cor 4, 6).
SUGERENCIAS
PASTORALES
1. La "agonía" de Abraham,
la "agonía" de Isaac, la "agonía"
de Cristo, la "agonía" de cada creyente
es la primera experiencia y la más común de
la fe. La crisis de la Pasión, la soledad de los
hombres, el escándalo de la cruz, son datos constantes
de nuestra vida como creyentes. El poeta francés
C. Péguy escribía: "Es la espera la cosa
más difícil, fácil es en cambio, desesperar
y esta es la gran tentación". La dinámica
de la fe comprende el silencio y la prueba para llegar a
la luz.
2. Al final sin embargo, brilla la Pascua-Transfiguración.
Jesús sobre la cruz pronuncia el Salmo 22, oración
ciertamente de desolación pero también oración
que desemboca en un final de gozo y de paz. El grano sembrado
en la tierra muere, pero para dar fruto en la espiga. La
Pascua nace del terreno de la pasión, pero es resultado
de la misma pasión y muerte.
3. Es necesario participar en la humanidad
de Cristo para poder compartir su gloria. Francisco de Asís
en su agonía, según nos narra San Buenaventura,
pide ser extendido en la tierra desnuda para imitar perfectamente
a Cristo crucificado, pobre, sufriente, desnudo. Pero esta
separación de sí mismo y de las cosas, genera
el esplendor de la promesa de Abraham y la luz de la Transfiguración
pascual.
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Aviso
legal.
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