| III
DOMINGO DE CUARESMA
LECTURAS:
Éxodo
17, 3-7
Romanos 5, 1-2. 5-8
Juan 4, 5-42
“Señor,
dame de esta agua para que no vuelva a tener sed”: La
pregunta de la samaritana según la llamada “ironía
juanina” sufre un revés que la mujer no sospecha,
pero que es claramente pronunciada con sus mismas palabras.
El agua es la realidad que los orientales buscan con ansiedad
continua, porque saben que no es solamente un símbolo
negativo de purificación ritual, sino que es sobre
todo un signo positivo de vida y de fecundidad.
El
agua empapa la tierra, moja el suelo y hace germinar verdes
retoños. El agua así como llena el desierto
de muerte cuando escasea, también lo enriquece con
los oasis, acabando con la sed del hombre que, entonces puede
seguir su camino. Esta realidad del agua, amada y deseada
en cuerpo y alma por el hombre, se convierte precisamente
en el símbolo de una realidad ulterior y altísima:
Dios. El Señor es “fuente de agua viva y no una
cisterna contaminada”, según la esplendida definición
de Jeremías (2,13). El agua que corre y que no se detiene
en el pantano, habla del Señor que libra al hombre
de una sed diversa y posiblemente mucho más angustiosa:
“si alguno tiene sed venga a mi y beberá quien
cree en mi” (Jn. 7, 37).
“El
agua viva” ofrecida a la Samaritana no se refiere al
famoso pozo de Jacob, “pozo que excavaron príncipes
con sus cetros” (Num.21, 18), y que los peregrinos todavía
hoy visitan en el escenario de los dos montes de Siquem, sino
que es “el agua que salta hasta la vida eterna”
(Jn. 4, 14), “es el agua que sale del costado de Cristo”
(Jn. 19, 34), signo del bautismo y de la palabra que libera.
El agua que pedía Israel con una actitud subversiva,
en la etapa desértica de la “rebeldía”
con Dios (Masá) (I lectura) y que ahora recuerda con
curiosidad esta mujer herética (v. 9), contiene entonces
un lenguaje misterioso.
Este
lenguaje habla de Dios y de la búsqueda que el hombre
hace “procediendo como a tientas”, como dice san
Pablo en Atenas (Hech. 17, 27). Y el hombre no sabe que esta
roca de la cual sale el agua viva, “lo acompaña
y es el mismo Cristo”, según el comentario que
san Pablo hace a la primera lectura del día de hoy
(Ex. 17) y que también repite en un fragmento de la
primera lectura a los Corintios (10,4). La Samaritana es un
signo universal de la búsqueda de Dios, en el sentido
de la tendencia de san Juan, de tipificar cada uno de los
personajes. Como en el c.3 Nicodemo encarnaba el judaísmo
oficial y ortodoxo y al hombre en búsqueda oscura y
confusa, así la samaritana, representante del judaísmo
heterodoxo, encarna a todos los que comienzan a degustar el
verdadero culto “en espíritu y en verdad”
(v. 24), es decir en la adhesión a Cristo y a su evangelio,
sin que sea obstáculo una fe todavía imperfecta
y en crecimiento (“me ha dicho todo lo que he hecho”
vv. 29.39). Sólo con un pagano, el funcionario real
de Caná (Jn. 4, 46-54), la fe alcanza su vértice;
y el hombre que ha salido de la incredulidad, como salió
Israel del desierto, llega a la fuente que quita totalmente
la sed (I lectura), o el hombre que ha penetrado en la oscuridad
de la búsqueda como lo hizo Nicodemo, o que ha pasado
a la fe por los signos experimentales, como la samaritana.
En efecto, como escribe san Pablo a los Romanos (II lectura),
“Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestro
corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”
(Rom. 5,5). La disponibilidad del funcionario de Caná
que “cree la palabra dicha por Jesús” (Jn.
4, 50), es la fe que “justifica y sobre la cual Pablo
inicia la reflexión que nos conducirá por el
centro de su obra de arte, la carta a los Romanos (II lectura),
esta fe es la única vía para alcanzar la “fuente
de agua que salta hasta la vida eterna” (Jn. 4, 14)
y al alimento que consiste en hacer la voluntad del Padre”
(Jn. 4,34).
La
liturgia de la palabra del día de hoy, como sucede
constantemente en el ciclo cuaresmal, es un grande llamado
a la fe y a la inmersión “bautismal” y
existencial en Dios. “No endurezcáis el corazón”
es la lamentación dirigida por el Señor (salmo
responsorial 94), es el lamento dirigido por el Señor
no sólo a Israel, sino también a los creyentes
sedientos de valores, de la palabra y del “Espíritu
de la verdad”. El título del afamado libro de
E. Fromm, Tener y Ser, puede resumir el dilema del gran deseo
contemporánea: el hombre está inserto en una
sociedad que le ha enseñado perfectamente a usar el
verbo tener, ofreciéndole ídolos y fetiches
en las cosas y en el bienestar. Y también ‘tener’,
es un verbo muy fácil de usar por todo mundo. Pero
el hombre tiene delante de sí la oportunidad más
difícil y riesgosa, la del verbo ser. Este es el verbo
de la transformación interior, de la fe, del anhelante
deseo por la fraternidad, por la justicia, por el amor, y
por lo infinito. Es un verbo difícil, exigente, pero
es el único que puede dar la “vida eterna”,
es decir, la vida misma de Dios, según el vocabulario
del cuarto evangelio. La cuaresma es por consiguiente, el
tiempo de la conversión del “ser” cristiano.
SUGERENCIAS
PASTORALES
1.
La tensión profunda que el hombre experimenta por
la falta de agua, es ‘la parábola de la tensión’
que lo debería ligar a su Dios. Sin esta agua el
hombre se extingue. “Yo te deseo a ti, solamente a
ti: mi corazón lo repite sin fin. Son falsos y vacíos
los deseos que continuamente me separan de ti. Como la noche
en la oscuridad aguarda anhelante la luz, así en
la profundidad de mi inconciencia resuena este grito: yo
te deseo a ti, solamente a ti. Como la tempestad busca terminar
en la paz, a pesar de a que lucha contra la paz con toda
su furia, así mi rebelión lucha contra tu
amor, y hasta grita: ¡yo te deseo a ti, solamente
a ti!” (R. Tagoré).
2.
Este profundo ligamen con Dios se actúa a través
del agua y del Espíritu en el bautismo, según
la clásica hermenéutica tradicional de la
perícopa de la samaritana. Palabra de Cristo y agua,
son símbolos de fecundidad y de vida nueva, que nos
transforman en criaturas nuevas que anuncian al mundo las
maravillas de Dios. La cuaresma es por excelencia el momento
ideal para una catequesis bautismal renovada, y para renovar
también nuestros compromisos bautismales.
3.
“Justificados por la fe…, nos enorgullecemos
en la esperanza que no desilusiona, porque el amor de Dios
ha sido derramado en nuestros corazones”. Las palabras
de san Pablo tomada de su obra de arte teológica,
marcan el camino de las tres virtudes fundamentales de la
experiencia cristiana (fe, esperanza y caridad). Ellas son
las estrellas que guían el camino cristiano en la
oscuridad del diario vivir. Es un signo universal de la
búsqueda de Dios. Escribía el poeta G. Caproni
en su Corillo de los Monaguillos (jubiloso e irónico),
en un mundo cargado de amargura: “Canta con voz jubilosa
el nacimiento provisional y la muerte definitiva”;
así mismo el cristiano canta el gozo de su nacimiento
a la vida definitiva que se aguarda en la esperanza y se
construye en el amor.
<arriba>
Aviso
legal.
|