| III
DOMINGO DE CUARESMA
LECTURAS:
Éxodo
3, 1-8ª. 13. 15
1 Corintios 10, 1-6. 10-12
Lucas 13, 1-9
A
la revelación de Dios, celebrada casi constantemente
en la liturgia cuaresmal (ver, por ejemplo, el leccionario
del domingo pasado), debe corresponder la adhesión
del hombre: palabra de Dios y palabra humana se deben entrecruzar
en un diálogo libre y espontáneo. Es el sentido
de la liturgia de hoy. Se abre con un texto célebre
de la Tradición Eloísta, una vasta obra teológica
del siglo VIII a.C. contenida en el actual Pentateuco. Diversamente
de la más antigua Tradición Yavista que confía
el nombre de Dios, Yahvéh, a la humanidad entera (Gen
4, 26), nuestra tradición relaciona sólo con
la persona de Moisés y con el nacimiento de Israel
como pueblo, la revelación del nombre impronunciable
por los hebreos. En todo el mundo semítico el nombre
es la realidad misma que se indica con el mismo nombre. El
conocimiento del nombre de una persona comporta una especie
de poder sobre el ser del que se conoce así la esencia
y la energía. En las religiones mágicas, conquistar
el nombre de la divinidad significaba tener la posibilidad
de manipular y de dominar, para ventaja propia, la potencia
de Dios, reduciéndolo así a un fragmento con
el que el hombre sólo ganaba. La interpretación
de este trozo del Éxodo se revela, ahora, extremadamente
riesgosa para el diálogo Dios-hombre. Según
la etimología más teológica que filosófica
ofrecida por el v. 14, Dios se revela no en un sustantivo,
sino en un verbo, o sea, en una forma dinámica y no
estática e inerte como lo es un ídolo. La raíz
verbal "hwh" significa "ser", "hacer
ser". Ahora bien, la frase "Yo soy el que soy"
puede ser interpretada como una definición del ser
divino. Las explicaciones son múltiples: la filosofía
cristiana intuía el Ser perfectísimo de Dios,
otras lo veían como un argumento polémico contra
los ídolos, siendo Dios "aquel que es verdaderamente"
mientras los dioses son "nada" (1 Cor 10, 19); otros
todavía piensan en "aquel que es siempre el mismo",
o sea la persona que es por excelencia fiel a las promesas
hechas a Israel, otros, traduciendo "eterno", sugieren
la realidad "el que es (o está) siempre".
Pero,
de las cosas que podemos concluir de la estructura mental
y socio-lingüística de los semitas debemos, más
que nada, optar por una respuesta negativa de parte de Dios.
El verdadero Dios se rehúsa a revelar lo desconocido
de su esencia, como le sucedió a Jacob después
de su lucha cerca del río Yabboq: "Jacob le preguntó:
¡Dime tu nombre! Le responde: ¿Por qué
me preguntas el nombre?" (Gen 32, 30). Yahvéh
es, por eso, solamente una alusión al encuentro entre
el hombre y Dios y no una realidad para poder poseer y manipular
según los intereses y fines humanos. ¿A caso
se acaba aquí el diálogo entre Dios y el hombre?
En realidad nosotros sabemos que el nombre Yahvéh de
ninguna manera deja un vació apelativo: pues viene
lleno de significado ya que evoca la intervención de
Dios en la historia de Israel en este momento crucial. "A
Moisés que pregunta: ¿Cuál es tu nombre?
Dios le responde, pero su misma respuesta implica que el hombre
no puede apropiarse de Yahvéh o tener control sobre
él. Dios estará presente en Israel con su fuerza
salvífica, no porque Israel hubiera conocido su nombre
secreto y las técnicas adecuadas para esclavizarlo,
sino solamente porque, en su misericordia, Yahvéh quiso
revelar su presencia en Israel" (J. Plastaras).
La
epopeya del éxodo, convertida en artículo de
fe del Credo de Israel (Dt 26, 5-9) y palabra de Dios revestida
de historia, ahora la medita San Pablo según los módulos
del "midrash" cristiano. Se trata, entonces, de
una verdadera y propia lectura cristiana de la Biblia. El
diálogo Dios-hombre está tomado aquí
en todo su dramatismo. Al don de Dios que, a través
del "bautismo" del Mar Rojo, ha engendrado un nuevo
pueblo libre y que, a través del "alimento espiritual"
del maná y la"bebida espiritual" del agua
sacada de la roca, ha nutrido a su pueblo, responde la "murmuración",
o sea la infidelidad de Israel. Evidentemente para San Pablo
la página bíblica se convierte en un"prototipo"
de la experiencia de cada creyente, sobretodo del cristiano:
"esto sucede como ejemplo y para advertencia nuestra"
(v. 11). También el camino de los cristianos es como
un desierto, lugar de las tentaciones. También para
ellos puede vislumbrarse en el horizonte el deseo de intentar
un diálogo con la divinidad más cómodo
y hecho a nuestra imagen, interrumpiendo así el diálogo
con el Dios viviente. El llamado de San Pablo es, entonces,
muy simple: el desierto de nuestra vida debe ser, en cambio,
el lugar de la intimidad. Propiamente como había cantado
Oseas: "Ahora, lo atraeré hacia mi, lo conduciré
al desierto y le hablaré a su corazón"
(2, 16).
Con
Jesús, la palabra definitiva del Padre, la exigencia
de la respuesta a la invitación y a la palabra de Dios
se convierte en algo radical y urgente. San Lucas lo subraya
en la perícopa de hoy con dos instrumentos, la crónica
y la parábola. En el centro de la crónica están
dos episodios de "terror": una represión
brutal de la policía romana a la intervención
en el Templo (13, 1) y la tragedia de las dieciocho víctimas
en el derrumbe de la torre de Siloé (13, 4): Jesús
no quiere alinearse con los que aman ver en las desgracias
el dedo de Dios juez. Estos muertos no eran ni más
"pecadores" ni más "culpables"
que los demás. Su acontecimiento tiene, en cambio,
un significado propio para nosotros que somos espectadores
distantes: la historia es breve y con frecuencia destrozada
por lo imprevisto; no se pueden dejar caer en el vacío
las llamadas y los mensajes de Dios porque pueden ser definitivos.
Ahora resuena la palabra "conviértanse" y,
en lugar de llevarla a cabo, la dejamos caer en la indiferencia.
Después de esta palabra puede surgir el silencio y
el hombre puede ser abandonado por Dios en su soledad. A esta
crónica se le une la parábola de la higuera
que no dio frutos (13, 6-9). El núcleo de este texto,
completamente original en la redacción de San Lucas
(cfr. Mc 11, 12-14 y Mt 21, 18-19 por la evidente diversidad),
y en el diálogo entre el dueño de la viña
y el campesino dominado por la espera y la paciencia. Entre
el Padre (el patrón) y el campesino (Jesús)
se establece una relación de intercesión por
la humanidad indiferente y árida (la higuera). Tenemos
siempre junto el Padre un mediador que intenta unir a los
hijos en un diálogo que el hombre ignora o quiere apagar.
Él quiere que su trabajo de "tres años"
no sea inútil (v. 7) y suplica al Padre esperar todavía
un año más para que finalmente este árbol,
que es la humanidad, pueda florecer y fructificar una respuesta
de amor y de justicia. Pero, el final queda, por algunos versos
todavía sombríos: "Si no, lo cortaré"
(v. 9).
SUGERENCIAS
PASTORALES
1. Dios se revela como un ser dinámico,
no como un objeto terrible. Dios se revela como salvador,
como juez exigente, como llamado a la humanidad. La liturgia
de hoy quiere que el fiel busque purificarse de todas las
"idolatrías", de todas las falsas nociones
de Dios. El filósofo I. Manzini escribía:
"Nada resulta más alejado de la historia que
un Dios falseado que adorna de sagrado las formas morales,
económicas y sociales ya hechas".
2. "Con Dios" nos debemos siempre
"encontrar o desencontrar" porque él se
mete en el camino de cada hombre. El Israel de la esclavitud
lo ha encontrado como liberador, el Israel del desierto
se ha encontrado con él acusándolo, el Israel
del tiempo de Cristo ha permanecido indiferente para producir
frutos. A Dios no se le huye y esperamos que el nuestro
sea un encuentro dirigido hacia un abrazo (Lc 15). "Te
he amado con piedad, con furia te he adorado. Te he violado,
arruinado, blasfemado. Todo podrás decir de mi, menos
que te he evitado" (G. Testori, "En tu sangre",
Milán 1973, p. 16).
3. Para obtener con Dios un encuentro-abrazo
es necesario seguir un camino, la "conversión",
uno de los puntos clave de la predicación de Jesús.
Es necesario seguir el camino del encuentro y no aquel camino
antiguo del desencuentro. Es necesario "fructificar".
El mensaje cristiano no es un llamado suave a la espiritualidad
sino es un riguroso compromiso moral, humano y religioso.
4. Dios, sin embargo, es "paciente
y misericordioso, lento a la ira y rico de gracia y de fidelidad"
(Ex 33, 6). Dios deja pasar otro año a nuestros "tres
años" de inutilidad y de vacío (evangelio).
Él espera siempre que, en el horizonte del camino,
reaparezca el hijo amado. Temor y esperanza se funden en
esta liturgia. Temor por la justicia y esperanza por la
bondad de un Dios que "perdona hasta la milésima
generación".
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Aviso
legal.
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