Ciclo A

IV DOMINGO DE CUARESMA

LECTURAS:

1 Samuel 16, 1b.4a.6-7.10-13
Efesios 5, 8-14
Juan 9, 1-41

Junto al simbolismo del “agua” que dominaba el leccionario bíblico de la semana pasada ahora se propone el de la luz. El texto central es naturalmente la gloriosa narración teológica de la “obra” que Jesús realiza en el ciego de nacimiento (Jn. 9, 4). Lo que conducirá nuestro breve análisis de hoy está basado en la historia de una conversión (más que historia de una curación). El evento constituye un solo movimiento del gran proceso al que se sometió Jesús, cuyo dramático y exitoso final es la cruz; sobre el plano de la fe, en realidad, los verdaderos acusados son los judíos y su pecado, y la cruz se transforma en la sede del triunfo liberador de Cristo.

El contexto ofrecido por el evangelista se refiere a la fiesta de los Tabernáculos que traería gloriosamente a la memoria la estancia de Israel en el desierto (Jn. 7, 1). En aquel día el sacerdote sacaba de la piscina de Siloé el agua lustral que había que derramar sobre el altar de la tarde, antorchas y braceros, puestos sobre los muros del templo, iluminaban fantásticamente la ciudad santa.

El agua de Siloé y la luz serán los componentes del milagro de Jesús. Además, “el abrir los ojos a los ciegos” era ya en la teología veterotestamentaria un elemento específicamente mesiánico (Is. 6, 9-10; 29, 9-12; 35,4). Jesús se presenta precisamente como el día (v.4), como “luz del mundo” (8,12), como verdad luminosa a la cual toda la humanidad está invitada a acercarse con urgencia y decisión. Isaías 8, 6-7, cantaría después a la fuente de Siloé como el agua que corre mansamente, es decir como signo de la secreta, pero eficaz protección divina, bien diversa del agua que prorrumpe en los grandes ríos de las superpotencias militares y políticas. El evangelista, por su parte construye forzando la real etimología, una clara interpretación mesiánica con el nombre hebraico de la fuente: “Siloé que significa ‘enviado’ v.7. Y san Agustín lo comenta: “Ustedes ya saben quien es el enviado: si él no hubiera sido enviado, ninguno de nosotros hubiéramos sido desviados del pecado. El ciego lavó entonces sus ojos en aquella fuente que se traduce ‘enviado’ y fue bautizado en Cristo”.

Es natural, por consiguiente, que en el evento del ciego la tradición cristiana vio las etapas de la regeneración pascual, mientras la liturgia dejó por muchos siglos esta perícopa como preparación catequística al bautismo. En efecto, el ciego que de las tinieblas alcanza el esplendor de la luz, es de alguna forma el modelo de la fe en crecimiento y en maduración. Para el ciego, el primer grado de este itinerario es el reconocimiento de Cristo como hombre; en Siloé se le presenta como Enviado; descubrirá después en Jesús al profeta; sucesivamente lo verá como aquél que viene de Dios” y finalmente lo confesará: “Hijo del hombre y Señor” postrándose a sus pies en un acto de culto como si fuera un fiel. En efecto el fragmento se cierra con la adoración y la aclamación litúrgica ‘Kyrie’. A este progresivo acercamiento hacia la luz corresponde negativamente, la progresiva ceguera de los judíos símbolo de la incredulidad y del rechazo de la fe.

La liturgia de hoy es por consiguiente, una gran reflexión sobre el bautismo cristiano: En la narración se marca seis veces que aquel hombre había nacido ciego y ahora “ve”. También en el diálogo nocturno con Nicodemo, Jesús había declarado: “Si uno no renace del agua y del espíritu no puede ver el reino de Dios” (Jn. 3,5). Quizá ya en el N.T. y seguramente en la iglesia primitiva el bautismo se llamaba iluminación (phôtismòs). De esto da testimonio también la segunda lectura (Ef. 5, 8-14) en la cual a un pasado de tinieblas, se contrapone la luz; a la somnolencia de vida, el vigor de la acción a favor de la “bondad, la justicia, la verdad”; al secreto se opone el descubrimiento. Y bajo el fondo campea la figura luminosa del Salvador: “Cristo te iluminará”. (v.14 cfr.1, 18; 2 Cor 4, 4-6). Puede sugerir también un simbolismo bautismal de la consagración real de David, que sobre todo se refiere a la celebración de la elección de Dios de los “más pequeños” (I Sam. 16,11: I lectura); también este mismo simbolismo lo encontramos en la consagración real, sacerdotal y profética del creyente. Él se convierte, como el ciego de nacimiento, en testigo fiel de la luz, porque es “hijo de la luz” (Ef. 5,8).

“Nuestra luz puede recibir esplendor de la llama de Cristo para estar en grado de participar a los demás nuestra consolación y nuestra seguridad. El vive como fuente de luz en medio de nosotros, y por medio de su esplendor las cosas se iluminan, de manera que Cristo nos hace ver tanto a los hombres como al mundo” (K. Barth).

SUGERENCIAS PASTORALES

1. Si el fragmento del ciego de nacimiento exalta la inmersión en Siloé- “enviado”-Cristo, si el simbolismo de la luz es signo de la palabra que nos salva, si la consagración de David es signo de la elección, si Pablo celebra las obras de la luz opuestas a aquellas de las tinieblas, es obvio que el leccionario entero de este día pueda ser una interpretación bautismal en el espíritu de una continua catequesis cuaresmal.

Subrayemos solamente un dato. La costumbre cultural occidental y su relativa tradición teológica nos empujan a ver en el agua bautismal, sobre todo el signo de la purificación y de la liquidación del pasado. Ahora, en el lenguaje bíblico, para el cual el agua es un símbolo decisivo de vida y de fuerza en la existencia cotidiana, el aspecto dominante es positivo: El bautismo es sobre todo comunión con Dios, es vida nueva, es un acercamiento a beber de las fuentes de la vida de aquel que es la fuente misma de la vida, es “entrar en el reino”. Este es el aspecto primario que es necesario resaltar.

2. El camino de la fe del ciego de nacimiento es un itinerario que pasa de la oscuridad a la luz: por lo tanto es necesario “crecer en la conciencia de Dios” para no reducir los ritos a una mera magia. El aspecto catequístico-espiritual es fundamental para la comunidad que está llamada a anunciar la Palabra.

3. Es aspecto ético es a sí mismo fundamental. Ciertamente las obras no nos “hacen ganar la gracia, como lo quieren ciertos voluntarismos “pelagianos”. Sino como nos enseña Pablo, las obras fluyen de la fe y de la gracia, ni son su espía, ni el indicio de su presencia. Como aquel que ama está orientado a obrar con gestos de amor, así también el que cree dirige naturalmente su existencia sobre la ley del amor y del evangelio. “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amo y nos envió a su hijo como propiciación por nuestros pecados. Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.” (1 Jn. 4, 10-11).

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