Ciclo C

IV DOMINGO DE CUARESMA

LECTURAS:

Josué 5, 9ª. 10-12
2 Corintios 5, 17-21
Lucas 15, 1-3. 11-32

El diálogo entre Dios y el hombre (ver el Domingo anterior), tantas veces quebrantado, puede ser restaurado por el amor de un Dios que es Padre "pródigo" en misericordia en la relación con el hijo "pródigo" en el pecado y en el rechazo. La liturgia de hoy es, por tanto, el canto de la "reconciliación". Una reconciliación "eficaz y pascual" como subraya la primera lectura (Josué 5). El texto es la página de apertura de la vida de Israel en la tierra prometida y de la libertad. El pasaje de la esclavitud está cumplido. Tras las espaldas están los viejos signos del amor de Dios. Ahora están los signos nuevos y vivos encarnados en los dones de la tierra de Palestina. El pasado está borrado también de sus miserias como declara la "absolución" casi sacramental y eficaz pronunciada por Dios mismo: "Hoy he alejado de ustedes la infamia de Egipto" (v. 9). Y la Pascua, la fiesta de la liberación (Ex 12) se convierte en el ámbito en el que se celebra y se actualiza este abrazo renovado entre el Israel libre y su Dios Salvador.

Pero es, sobretodo, en esa obra de arte lucana que es la parábola del "Padre pródigo de amor" (Lc 15) donde se concretiza y se concluye el acontecimiento de la reconciliación entre Dios y el hombre. Jesús, que está orgulloso de "comer con los pecadores" porque quiere donarles la plenitud del gozo y de la libertad que llena el vació de su alma, traza en esta parábola una historia universal e inolvidable en la que todos se reconocen y en la que toda palabra venida del exterior parece provocar una frescura y una gran intensidad del mensaje interior. La primera escena (vv. 11-19) es sólo un prólogo al verdadero centro del drama humano de este joven. Esta, de hecho, no es la parábola de una crisis, sino la historia de un regreso. El verbo bíblico de la conversión ("shub" en hebreo, "metanoein" en griego) está aquí escenificado en su primer etapa. Esto indica, de hecho, una inversión del camino como hace el pastor beduino que en el desierto se da cuenta que sigue una pista que aleja del agua, del oasis. O como la nave que sigue una ruta fuera del mapa que la guía. Es "nuestro caminar lejos de ti, Señor", como decía San Agustín, buscando otro camino, de otra experiencia. El vértice de la escena está, sin embargo, en esa decisión, es esa palabra: "Me levantaré y "regresaré" a mi padre". La rectificación del camino ha sido hecha, se abandona el pasado, el camino recorrido hasta ahora se pierde en el horizonte, el hombre adulto, maduro y consciente ha decidido de "regresar" al dios que siempre lo ha esperado.

Y henos aquí en la segunda escena de la parábola (vv. 20-24) dominada por la figura del padre que todos los días observa un camino desierto, que espera contra toda esperanza. Dios nos espera a nosotros que hemos vagado como ovejas descarriadas (Lc 15, 4-7): es Él el personaje central de la parábola que se revela siempre más como la historia de un amor indestructible. Apenas se perfila en el horizonte la figura del hijo, el padre corre a su encuentro para abrazarlo. Como dicen sus palabras (v. 24), es una muerte que se convierte en vida, una pérdida por caminos equivocados que se transforma en re-encuentro gozoso, una celebración auténtica y plena de la reconciliación. En el cansancio sufrido del "convertirse para regresar" no se vaga sin una meta: un Padre está en vela para acogernos en ese banquete en el que él mismo nos servirá" (Lc 12, 37).

El último cuadro de la parábola (vv. 25-32) delinea la figura del buen pensador que, satisfecho de su aclamada honestidad, mantiene la conversión como una realidad necesaria sólo para los demás, a los que él ve con ojos altivos desde el pedestal de su reconocida fama. Su oración es la del fariseo de todos los tiempos "persuadido de ser justo y que desprecia a los demás": "Te doy gracias, Oh Dios, porque no soy como los demás, rapaces, injustos, adúlteros. Yo ayuno dos veces a la semana y pago el diezmo de todo lo que compro" (Lc 18, 11-12). Está, por eso, firmemente convencido de estar acreditado en relación con Dios; no es necesario reconocer ninguna culpa en su indiscutible honestidad. Pero la acusación de San Pablo es implacable para ellos: "todos son constituidos pecadores" (Rom 5, 19). También aquellos que permanecen en la casa del Padre tienen necesidad de escuchar la voz de Jesús: "Hombre, te son perdonados tus pecados" (Lc 5, 20) porque "todos han pecado y están privados de la gloria de Dios" (Rom 3, 23).

La página de Pablo a los Corintios es, en cambio, la reflexión pastoral sobre el tema presentado en forma de parábola por Jesús. Está insertada en la sección que la 2ª. Carta a los Corintios dedica a la descripción teológica del ministerio apostólico (2, 14 - 6, 10). La reconciliación está vista, sobre todo, como "re-creación" del creyente (v. 17) según una idea expresada también en el evangelio de San Juan (c. 20) bajo el símbolo del "soplar" de Jesús sobre sus discípulos. Nace así una cadena de relaciones que atan a los apóstoles a quienes está confiado el ministerio de la reconciliación con Cristo y, por su medio, con el Padre (v. 18).

El apóstol debe lanzar este anuncio de reconciliación a todo el mundo (v. 19) porque ésta es su misión específica. De hecho, "por encargo de Cristo nosotros somos embajadores" (v. 20) según la declaración hebrea tradicional, donde "el embajador es como quien lo envía", "es como si Dios exhortara por medio de nosotros". La eficacia de nuestra palabra es por eso como la de Dios mismo y opera plena y realmente la reconciliación del hombre con Dios. Nosotros verdaderamente "exhortamos en lugar de Cristo: reconcíliense con Dios". El poder de salvación que él ha infundido en su encarnación ahora repercute y continúa eficazmente en el ministerio apostólico de la reconciliación. Esta reconciliación destinada a toda la humanidad se actúa "objetivamente" a través de la muerte y la resurrección de Cristo (Rom 5, 10), pero debe ser extendida "subjetivamente" a través de la diaconía apostólica, a todos los hombres que seguirán en la escena de la historia. Aquí está la raíz y la justificación del sacramento de la reconciliación. "La reconciliación no puede ciertamente repetirse o prolongarse en su fundamento, o sea, en la muerte y resurrección de Cristo; sino que debe actualizarse y extenderse renovando al mundo, o sea, a los hombres, a través de la obra de los "embajadores de Cristo". Mientras que para indicar "nuestra" reconciliación ya concluida San Pablo usa el aoristo (Rom 5, 9-10), en cambio cuando se refiere a la reconciliación del mundo se expresa con una forma imperfecta (2 Cor 5, 19)". (F. Büchsel).

SUGERENCIAS PASTORALES

1. Esta liturgia de la Palabra es un canto a la "reconciliación", que es una necesidad fundamental del hombre pecador, y una "necesidad" irrenunciable de un Padre que ama. El notable filósofo y místico ruso Berdjaev escribía: "Existe un deseo humano de Dios, pero también existe un deseo del hombre. Dios es el deseo más grande del hombre. Pero el hombre también lo es para Dios. Dios tiene necesidad del hombre, Dios quiere que no solamente Él sino también el hombre sea el amado y el amante". La reconciliación es, pues, un "diálogo de amor" restaurado.

2. La "reconciliación" es un "pasado abandonado". Israel en Guilgal siente como se le quitó de sus espaldas el "oprobio de Egipto". "El hijo estaba muerto y ha regresado a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado". Dios -anota San Pablo- "no les hace ver a los hombres sus culpas… porque las cosas viejas son del pasado". El arrepentimiento, la conversión, la vida nueva, la decisión moral personal son la raíz auténtica de la reconciliación.

3. La "reconciliación" es un "futuro" de "criatura nueva" (segunda lectura). Es gozo y fiesta de Dios y del hombre (evangelio), es pascua (primera lectura). El documento preparatorio sobre "La reconciliación y la penitencia" del Sínodo de los Obispos 1982 observa: "Así la persona humana es reconducida a su verdad más pura y es hecha capaz de vivir sus exigencias en una auténtica libertad. De hecho, reconciliado con Dios, el hombre no está ya disperso ni dividido en sí mismo, sino que re-encuentra su unidad interior y su verdadera libertad, que lo hace capaz de un servicio responsable a Dios y a los hermanos" (n. 18).

4. San Pablo recuerda el ámbito "eclesial" de la "reconciliación" que está postulado por nuestra pertenencia al Cuerpo de Cristo contra quien se dirigen nuestros pecados, es una exigencia de la dimensión social de nuestros pecados contra el prójimo. Aunque se celebre individualmente, la reconciliación sacramental tiene siempre una atmósfera eclesial que deberíamos valorar muy bien en el nivel litúrgico y pastoral.

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