Ciclo A

V DOMINGO DE CUARESMA

LECTURAS:

Ezequiel 37, 12-14
Romanos 8, 8-11
Juan 11, 1-45

“Yo soy la resurrección y la vida”: Esta solemne autodefinición que hace Jesús cuando San Juan nos narra la resurrección de Lázaro, es el motivo unificador de la liturgia de hoy. Jesús el Mesías (I domingo de cuaresma); Jesús-gloria de Dios (II domingo); Jesús-agua viva (III domingo); Jesús-luz (IV domingo) y Jesús-vida, son las etapas de la grande catequesis bíblica cuaresmal y bautismal.

La catequesis se va preparando desde la visión surrealista del profeta “barroco”, Ezequiel (I lectura). Una magnífica escena de movimiento, de creación bajo la irrupción del Espíritu de Dios. Sobre unos huesos secos, áridos y muertos se entreteje la carne, es decir la vida, de aquí surge un pueblo nuevo, inmenso, vivo, a pie firme, listo para el gran regreso a la tierra de Israel (Ez. 37.12). Entre aquellos esqueletos calcificados está la historia de una humanidad muerta, pecadora, rebelde, como el antiguo pueblo de Israel, allí está también todo “sepulcro blanqueado”. Junto con el profeta el hombre invoca: “Ven, espíritu de los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos para que vivan” (Ez. 37, 9). Solamente entonces “conoceremos que Él sólo es el Señor” (v.14).

La perícopa extraída del Himno dedicado al espíritu de vida hace eco también a este mensaje de vida y de esperanza y que constituye el capítulo central de la carta a los Romanos (c. 8: II lectura). En el “cuerpo muerto a causa del pecado” se efunde “el espíritu, que es vida”; en la fragilidad pecadora, entra la eternidad liberadora; en la caducidad, la estabilidad; en la muerte, la vida. “El espíritu de aquel que ha resucitado a Jesús de entre los muertos dará vida a vuestros cuerpos mortales” (Rom. 8,11).

Así pues, tenemos ya listo el esquema de interpretación de la escena de Betania, el pueblito de Lázaro, como todavía lo llaman en árabe. El trasfondo está constituido por un enfrentamiento, que es casi un proceso, entre “la luz y las tinieblas”, que ahora está viviendo sus últimas fases, antes del grande sacrificio en Jerusalén (“su hora no ha llegado todavía”). Después de una introducción, la narración está construida de dos cuadros seguidos en los cuales Jesús, por una parte, pretende que se cumpla en Lázaro el ciclo de la muerte, y por otra, también quiere dejar espacio para la iniciativa divina sola. Principalmente el diálogo entre Martha y María, está delineado según una estilo muy común en el cuarto evangelio y muy utilizado en la literatura apocalíptica. El coloquio parte de una revelación en sí misma muy clara, pero a la vez ambigua para el que escucha (“tu hermano resucitará”), a la cual sigue la incomprensión de Martha (“se que resucitará en el último día”). Jesús propone una segunda revelación más luminosa (“yo soy la resurrección y la vida”), poniéndose a sí mismo sobre el plano del “Yo soy”, que sólo corresponde a Dios (Ex. 3: “Yo soy el que soy”). El fiel, plenamente iluminado, responde con una triple profesión solemne de fe: “Tú eres el Mesías, el hijo de Dios, aquel que debe venir al mundo” (v.27).

Ahora se llega a la segunda escena decisiva, la resurrección. Jesús de quien repetidamente recordamos su conmoción ante la muerte de su amigo y del dolor de las hermanas, ahora se detiene frente a la roca excavada y cubierta por la loza sepulcral. La muerte se ha cumplido: el cadáver lleva ya “cuatro días” (v.39), cuando según las creencias rabínicas el cuerpo regresaba definitivamente al polvo y el “soplo vital” que lo había animado, ahora era llamado por Dios (Cohelet 3,20; 12,7). Jesús como perfecto hombre de oración eleva sus ojos al cielo en una plegaria de acción de gracias al Padre y de revelación para la humanidad.

De hecho Cristo no tiene que pedir nada porque todo le ha sido dado, pero debe proclamar al mundo su unidad con el Padre: “para que el mundo crea”. Resuena entonces la palabra de Cristo “¡Lázaro, ven fuera!”. Es la palabra que todo creyente escucha saliendo de la fuente bautismal precisamente en el momento de pasar de una vida anterior a una existencia nueva. La palabra que cada creyente oirá al fin de su vida: “los muertos oirán la voz del hijo de Dios y aquellos que la han escuchado vivirán… Vendrá la hora en que todos aquellos que están en los sepulcros oirán su voz y saldrán: Los que hicieron el bien para una resurrección de vida, y los que hicieron el mal para una resurrección de condena” (Jn. 5, 25. 28-29). Con este grandioso signo Jesús ha anticipado y descrito la fuerza liberadora de su resurrección. Ahora “irá hacia su muerte, que después será vida gloriosa para Él y para nosotros los bautizados en su resurrección” (san Juan Crisóstomo).

SUGERENCIAS PASTORALES

1. El filosofo estoico Epicteto escribía: “para el hombre sería una maldición no morir, como para la espiga no llegar a su maduración y no ser cosechada” (diatribas c.II, 6). El poeta austriaco M. Rilque, por el contrario comentaba así sobre la muerte: “observa, las casas que habitamos se van, nosotros solos dejamos atrás todo, aire que se cambia…” (Elegie Duinesi, Torino 1978 p. 73). La actitud del hombre frente a la muerte oscila entre dos extremos, de composición y de desesperación. El leccionario de hoy es una pequeña catequesis cristiana sobre la muerte como comunión con Cristo resucitado. Es una esperanza todavía oscura, pero que cada vez debe ser más anunciada tanto a nosotros como a todos los demás hombres.

2. M. Proust, el celebre romancero francés autor de la Búsqueda del Templo Perdido, escribía: “el tiempo huye como la arena dejándonos rápidamente las manos vacías… quedan solamente los recuerdos, hojas que flotan en el escondido bosque. Es la vida que dejamos atrás a nuestras espaldas ”. Es muy evidente la actitud nostálgica del escritor y su increíble melancolía, que también es la característica de muchos hombres de nuestro tiempo. El leccionario de hoy y la lectura cristiana de la vida son por el contrario puentes sobre el futuro, sobre el “después”, sobre la esperanza del encuentro y de la comunión plena con Dios. La vida cristiana es proyecto, es tensión, dinamismo, camino hacia el día pleno de la pascua universal cantada por san Pablo en Rm. 8 y 1 Cor. 15.

3. “Morimos solos. Mientras la vida desde el seno materno es siempre comunión…, la muerte suspende la ley de la comunión. Los hombres pueden acompañar a los moribundos hasta el último umbral en que pueden sentirse acompañados, sobre todo si es la comunidad de los santos la que lo acompaña en la fe en Cristo; sin embargo tendrá que pasar la puerta estrecha, solos y aislados. La soledad explica lo que actualmente es la muerte: es precisamente la consecuencia del pecado (Rm. 5,12). Cristo ha tomado sobre sí la muerte por los pecadores, que debido a ellos, ha sido radicalmente extrema… mientras que toda la riqueza del amor se juntaba en este punto de unión. No existe, por consiguiente, sobre la tierra, comunión en la fe que no derive de la extrema soledad de la muerte de cruz. El bautismo que sumerge al cristiano en el agua, lo separa de la amenaza de la muerte para llevarlo a la verdadera fuente de la comunión con Dios y con la vida.” (H.U. von Baltasar, Córdula, Brescia 1968, p.3)

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