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DOMINGO DE CUARESMA
LECTURAS:
Jeremías
31, 31-34
Hebreos 5, 7-9
Juan 12, 20-33
El
llamado de San Pablo a los Corintios (2 Cor 5, 20) podría
ser el mensaje fundamental de la liturgia de hoy: "¡Les
suplicamos en nombre de Cristo: déjense reconciliar
con Dios!". Jeremías, con una página que
es uno de los vértices del A.T. (31, 31-34), propone
el cambiar el antiguo pacto del Sinaí por una nueva
alianza con el Señor. Cristo mismo retomará
este tema en la última Cena (Lc 22, 19-29), la carta
a los Hebreos citará integralmente el texto de Jeremías
(Heb 8, 8-12) y San Pablo volverá a recordarlo a los
Corintios (2 Cor 3, 3-6).
El
acento recae todo sobre el adjetivo "nuevo". En
efecto, la alianza Dios-hombre que tiene tintes casi político-bélicos
del Sinaí, queda sustituido por una relación
basada en su raíz sobre "el corazón",
es decir sobre la interioridad. A las mesas o altares de piedra
de antes, se sobreponen las mesas de carne del corazón
humano transformado. A la imposición casi extrínseca
(v. 34) se opone el "conocimiento" interior (Jer
5,5; 8, 7; 24, 6-7) que consiste en una adhesión de
la voluntad, de la inteligencia, del afecto y de la acción.
A la ley se sobrepone la gracia; al pecado le sigue el perdón;
al temor la comunión íntima que crea una armonía
profunda entre personas conocientes y conocidas. A la psicología
del amor nupcial (Oseas) se acompaña ahora la transformación
total de nuestro ser penetrado por Dios (1 Cor 15, 28).
El Don de la nueva alianza en el N.T. se realiza en la persona
de Jesús. Él a través de su muerte y
glorificación se hace "causa de salvación
eterna para todos aquellos que lo obedecen". La expresión
pertenece a un texto particularmente difícil de la
solemne homilía que es la Carta a los Hebreos (5, 7-9:
segunda lectura). El texto es un verdadero y propio tratado
cristológico en miniatura. La pasión se describe
conforme a la categoría de "sacrificio".
Es una ofrenda total de sí mismo, una ofrenda con muchos
trabajos, "una ofrenda sufrida", como decía
un exegeta con un juego de palabras, una ofrenda que se sostiene
por una profunda adhesión a la volunta del Padre. La
misma interpretación está presente también
en la oración de Jesús en Getsemaní:
"Padre mío, si este cáliz no puede pasar
de mí sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad"
(Mt 26,42). Este sacrificio de vida que hace Cristo lo escucha
el Padre y lo transforma en gloria y resurrección.
La "obediencia" del cordero que se inmola (Is 53,7)
se convierte en la raíz de la glorificación
y, por lo tanto de nuestra salvación. La idea está
presente también en el célebre himno de Filipenses
2: "se humilló a sí mismo haciéndose
obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Por eso Dios lo
ha exaltado" (2,8-9). Sólo que, según su
perspectiva, el Autor de la Carta a los Hebreos ve la "exaltación"
de Cristo como su introducción al tema del Sacerdote
perfecto (v. 9). El término evoca la consagración
sacerdotal según (Ex 29 y Lev 8). Él nos reconcilia
con Dios no "como los otros sumos sacerdotes que debían
ofrecer sacrificios por sus propios pecados y por aquellos
del pueblo. El ha hecho esto, de una vez por todas, ofreciéndose
a sí mismo" (Heb 7,27).
La
nueva alianza entre Dios y el hombre y el sacrificio perfecto
y glorificante son tomados por San Juan con un término
fundamental de su léxico teológico, La Hora.
El Evangelio de la liturgia de hoy es un ejemplo iluminador.
Es en la "Hora" que se abre frente a Jesús,
donde se necesita descifrar el significado de su persona y
el significado del misterio pascual. Al comienzo de la semana
de la "hora" pascual, la pregunta que se hacían
los griegos es la misma pregunta nuestra: "queremos ver
a Jesús" (v. 21). Y Jesús responde con
sufrimiento pero con decisión como en Getsemaní
(Mc, 14, 36). "Yo por eso he venido a esta hora"
(v. 27). La "hora" es el ámbito privilegiado
en el cual se puede entender y amar a Jesús en su realidad
de Salvador.
En
el resto del cuarto Evangelio la "hora" es por excelencia
la hora de la cruz y la gloria pascual que está conectada
con ella. En este momento el concepto (la Hora) se precisa
con siete declaraciones o imagines. Las enumeramos sólo
por subrayar que son también una clara presentación
de la celebración pascual que dentro de poco la liturgia
comenzará. Sobre todo el símbolo del "grano
de trigo" (v.24), pequeña parábola presente
también el los sinópticos en otra forma (Mc
4, 3-9. 26. 31) y en Pablo con otro significado (1 Cor 15,
35-44). La muerte desemboca sobre la fecundidad maravillosa
de la salvación pascual. "Perder-odiar la vida"
por "conservarla para la vida eterna" (v. 25) es
la expresión radical con la cual Jesús presenta
la donación de su propia vida para sembrar ya ahora
en la humanidad el germen de la vida divina. En la liturgia
de la Iglesia primitiva y particularmente en San Juan, la
glorificación es el término más frecuente
para indicar la pascua de Cristo. El Padre ratifica sobre
la cruz la función salvadora del que es la presencia
de la Gloria, es decir, la realidad misma de Dios. Paralela
a esta expresión está aquella del v. 32, la
elevación-exaltación sobre la cruz. Esta es
la fuerza que atrae la humanidad entera hacia Cristo (Jn 6,
44; ver la meditación sobre la serpiente de bronce
en Jn 3, 14-15). La voz del cielo es el signo de una teofanía,
que se presenta también como un trueno: La "hora"
de Jesús es la más grande revelación
de Dios al hombre ("esta voz ha venido por ustedes).
Según
el esquema procesal típico de San Juan, la "hora"
se presenta también como el juicio (v. 31) definitivo
del mal. Hasta este momento el mal celebra su triunfo, incluido
también su triunfo sobre la cruz donde parece alcanzar
su máximo dominio. En realidad sobre la cruz, Cristo
se convierte en el destructor, el juez y el rey que triunfa
sobre el mal.
La
séptima definición de la "hora" es
precisamente la que viene como la anotación final del
evangelista, la muerte (v. 33). Una muerte que no es la puerta
del abismo de la nada, sino una muerte que es "pasaje",
"pascua" hacia la gloria de la divinidad (Jn 8,
28). Y con Cristo pasará de la muerte a la vida toda
la humanidad liberada.
SUGERENCIAS
PASTORALES
1.
En la Pascua (paso) de Cristo entre Dios y el hombre se
establece como un puente de comunicación. Es la alianza
nueva que ya no está hecha con sacrificio de animales,
sino con la oblación del Hijo, víctima y sacerdote.
El primer punto de reflexión nos guía al tema
del sacrificio de Cristo que nos salva y nos compromete.
"Es decir que la carta a los Hebreos expresada, es
un Credo compartido por todo el Nuevo Testamento. La solidariedad
de Jesús con el hombre que sufre y que es pecador,
está fundada sobre la fidelidad radical de Jesús
a Dios y entre ambas (solidaridad y fidelidad), hasta llegar
a la muerte, al sacrificio de la vida. Dios le responde
a Jesús creativamente aceptando el ofrecimiento de
su vida" (Schillebeeckx). El sacrificio es, creativo
y salvífico. También el sacrificio nuestro
como miembro del Cuerpo de Cristo "que completan en
nuestra carne aquello que falta a los padecimientos de Cristo
en favor de su Cuerpo que es la Iglesia" (Col 1, 24).
2.
El sacrificio de Cristo no se lleva a cabo solamente en
su muerte sino en el acontecimiento pascual completo: Jesús
no es tanto un mártir ejemplar que muere por un ideal
humanitario. Él, pasando a través de la solidariedad
extrema a las cualidades más humanas que son (la
muerte y el dolor), pone en estas mismas, el germen de la
eternidad y de la vida (la resurrección y la exaltación).
Por esto toda la visión cristiana es contemporáneamente
realista y optimista, es carne y espíritu, es grano
muerto y espiga madura, es perder para encontrar, es vida
terrena y vida eterna, es humillación para la glorificación,
es muerte y vida, es humanidad y divinidad. No debemos reducir
la fe a la sola dimensión horizontal del compromiso
concreto contra el mal y la angustia y ni siquiera reducirla
a una cierta larva espiritual que se proyecte hacia un horizonte
nebuloso y lejano. La visión cristiana de la vida
es como la cruz de Cristo conforme al pensamiento de San
Agustín: el brazo horizontal acoge a toda humanidad
y a toda su realidad, mientras el vertical nos guía
hacia Dios. Sin embargo los dos brazos están íntimamente
conectados en el corazón de Cristo hombre y Dios.
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Aviso
legal.
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