| DOMINGO
DE RAMOS DE LA PASIÓN DEL SEÑOR
LECTURAS:
Isaías
50, 4-7
Filipenses 2, 6-11
Marcos 14, 1-15,47
La
liturgia de hoy nos presenta a manera de un comentario la
narración de la pasión de San Marcos que es
un texto extraído del Libro de las Consolaciones de
Isaías y un himno de la iglesia primitiva que San Pablo
insertó en la carta de los Filipenses.
En
el contexto del anuncio de esperanza y de consolación
del Segundo Isaías (Is. 40-55) se insertan los cuatro
Cantos del Siervo de Jahweh en los cuales la Iglesia siempre
ha visto una prefiguración del Mesías y sobre
todo de su pasión.
En
efecto el tercero de los cuatro cantos que leemos en este
domingo es una composición autobiográfica que
narra la experiencia de persecución de la que fue víctima
el profeta. Este sufre persecuciones y violencia al ser el
que anuncia la palabra de Dios a los desesperanzados (v.4),
a los cuales se les presenta como modelo de constancia y de
esperanza. El profeta que es el sabio por excelencia porque
es el portador de la palabra de Dios, es golpeado en la espalda
con un trato reservado solamente a los perezosos y a las bestias
(Job.16, 7-11; Prov.10, 13; 19,29).
El
himno cristológico de la carta a los Filipenses probablemente
era en sus orígenes una profesión de fe muy
antigua de uso litúrgico que San Pablo inserta en la
carta para invitar a los cristianos de aquella comunidad a
vivir según un estilo inspirado en la vida de Cristo.
Para
poder subrayar el sentido de la experiencia terrena de Jesucristo,
es preciso partir de la preexistencia y de la divinidad (v.6).
El mismo desde su condición se ha rebajado y se ha
"despojado" de si mismo haciéndose "esclavo",
tal como el hombre es esclavo del pecado y compartiendo inclusive
la muerte (vv.7-8), es decir, la radicalidad extrema de la
realidad humana. A partir de que el sujeto era Jesús,
de ahora en adelante el himno describe la intervención
de Dios en esta historia y por consiguiente el sujeto será
el Padre.
"Por
esto" el Padre lo ha exaltado por encima de todo (v.
9) lo ha hecho objeto de adoración universal (v.10)
y le ha dado el título de "Señor"
(v.11), término con el cual la Biblia griega traducía
Jahweh (Kyrios). La profesión de fe en la divinidad
de Cristo está en estrecha conexión con su experiencia
terrena. En la pareja terminológica "condición
de Dios" - "semejante al hombre" y "siervo"
- "Señor" está escondido el misterio
de Jesucristo nuestro Señor. Precisamente porque Cristo
ha pasado por toda la experiencia humana, el hombre puede
ser recuperado por Dios y reconquistado en su totalidad.
Y
paralelamente sólo la experiencia de Jesús y
en particular la experiencia de la cruz nos permiten encontrar
a Dios que se revela en su Hijo.
Guiados
por estas dos claves de lectura ahora nos podemos acercar
y leer la narración de la pasión. Vamos a buscar
a un hombre tratado como un bufón, rechazado por sus
contemporáneos y que por el contrario habla en el nombre
de Dios (primera lectura), y un hombre que a través
de toda su experiencia mostrará el verdadero rostro
de Dios, porque solamente Él puede decirle a Dios Abbá
Padre (segunda lectura).
Primero
que nada San Marcos nos presenta dos escenas: la de Betania
(14,3-9) y la de la Pascua (14,22-24). La primera unción
signo de reconocimiento mesiánico, Jesús la
liga a su muerte y a su sepultura; en la escena pascual por
el contrario, Jesús acepta libremente su muerte como
sacrificio por nuestra salvación. El evangelista "incluye"
estas dos revelaciones con el texto del complot del Sanedrín
y el acuerdo entre Judas y el Sanedrín (14,1-2 . 10-11)
y también con el anuncio de la traición de Judas
y con la negación de San Pedro 14,17-21. 25-31). Este
complejo narrativo presenta a Jesús como el Mesías
de la cruz que muere por nuestra salvación, pero que
es rechazado, traicionado y abandonado.
Con
el arresto (14, 43-51) Jesús queda abandonado por sus
discípulos que huyen asustados. La narración
del jovencito que huye desnudo se parece al tipo de comportamiento
de quien hasta este momento ha seguido a Jesús, pero
que todavía no ha logrado entender el misterio que
encierra verdaderamente este hombre.
La
pregunta sobre la identidad de Jesús que ha servido
como hilo conductor por todo el evangelio de San Marcos comienza
ahora a recibir una respuesta definitiva. La cruz dirá
verdaderamente quien es él. Durante el proceso (14,
52-65) Jesús revela su verdadera identidad. Por primera
vez dice claramente que él es el Hijo de Dios. Frente
a esta revelación destaca sin embargo el rechazo y
la condena del Sanedrín y la negación de San
Pedro (14,66-72).
En
forma casi irónica también la autoridad romana
reconoce la verdad de Jesús solamente en los motivos
de la condena. En una coreografía que reclama las apariciones
públicas del rey con un ministro a la derecha y otro
a la izquierda, así es crucificado él (rey de
los judíos). Sin embargo ante la cruz San Marcos coloca
el vértice temático del evangelio. Ahora es
posible profesar verdaderamente el reconocimiento de Cristo.
Ahora es posible la fe. El centurión romano antes que
nadie reconocerá que aquel hombre crucificado es el
Hijo de Dios (15,39).
Para
profesar nuestra fe limpia junto con el centurión romano
también nosotros debemos ver la cruz para reconocer
al Hijo de Dios, para limpiar nuestra fe de los ídolos
que nos hemos construido quizá manipulando, conforme
a nuestros esquemas, al mismo Dios de la cruz.
El
Dios de la cruz se nos presenta como el Dios que se "despoja"
y condivide la situación del hombre. Esta es la lectura
de su experiencia terrena según la profesión
de fe del himno de los Filipenses. El Dios de la cruz no es
el dios que está allá arriba al cual debemos
arrancar la vida eterna, sino el Dios que viene acá
abajo para ofrecernos su comunión. El se ha hecho nuestro
hermano y llamándonos a hacernos hermanos los unos
de los otros, porque de esta forma estaremos en comunión
con él. El camino de la salvación se convierte
entonces en el camino del compartir y de la solidaridad que
se enfrentan al egoísmo y al individualismo.
El
Dios de la cruz tampoco es el Dios que nos separa del mundo,
o que cancela la experiencia de esta historia humana, se trata
más bien del Dios que ha venido a la historia del hombre
para darle un significado. Tampoco la muerte es un fracaso
o un final, sino un momento decisivo así como para
Cristo ha sido el momento de la completa adhesión a
Dios. El camino de la salvación por consiguiente, no
es el camino del desinterés por este mundo o de la
fuga para buscar cualquier cosa, sino más bien la vía
por la cual se vive la historia a través de su verdadero
valor. Una historia que Dios ha hecho su historia de salvación.
Finalmente
el Dios de la cruz no es tampoco el Dios que lleva cuenta
de todo, no es el Dios que juzga según la justicia
del hombre, sino que más bien es el Dios misericordioso
y disponible que espera que el hombre regrese a él
como el padre de la parábola de Lc. 15. No se trata
de un Dios que esté planeando ajusticiar a los malvados,
sino que espera que todos puedan salvarse. El Dios de la cruz
no quiere que ninguno se pierda (Jn.3, 17). El camino de la
salvación por consiguiente es el camino de la misericordia,
el camino que huye de los juicios superficiales, es el camino
que tiende a levantar al hombre, el camino que se preocupa
de perder a los menos posibles.
Esta
liturgia también es una invitación catequística
concreta al estudio y a la meditación del ciclo evangélico
"Pasión-Pascua", una de las primeras enseñanzas
de la predicación cristiana apostólica, uno
de los primeros artículos de fe del credo cristiano
(1 Cor.15, 3-5; Hech.13). Se trata de páginas destinadas
a los creyentes que celebran litúrgicamente la pascua
del Señor. Los Hechos de los apóstoles (4,24-31)
presenta la conmemoración de la Pascua en un contexto
de oración. Por consiguiente no se trata de una mera
biografía o de una narración dramática
que pretenda despertar emociones y sentimientos. Por el contrario
se trata de una narración "profética"
que trata de revelar en los hechos reales la presencia salvífica
de Dios, que habiéndose convertido en hombre a través
de su Hijo, de ese modo puede salvar al hombre mismo. San
Marcos en particular nos ofrece este texto fuertemente kerigmático
no obstante la óptica "del secreto mesiánico".
La objetividad de los hechos es dura, realista y escandalosa.
Pero esta paradoja se convierte en un anuncio de salvación.
En efecto es precisamente a partir de la cruz como nosotros
podemos tener la más plena y la más alta adhesión
a la fe. La pasión se convierte entonces en el verdadero
thesaurus credentium como escribía la Imitación
de Cristo. O como sugería una glosa de San Agustín
la narración de la pasión "dirigida por
la fe, debe dirigir la fe".
SUGERENCIAS
PASTORALES
1.
El Dios de la cruz es el Dios "despojado" (segunda
lectura) solidario con el hombre hasta la frontera extrema,
que es la frontera de la muerte. De esta cercanía
extrema nace una diferente concepción de Dios. El
no está allá arriba, aislado en su espléndida
esfera trascendente, sino que se hace solidario y hermano.
De esta cercanía extrema nace también una
diferente concepción del hombre. La "carne"
y la historia del hombre tienen un sentido, contienen una
semilla de divinidad y de eternidad que está creciendo
y floreciendo. El mundo y el hombre ahora son santos y consagrados
por el paso de Dios. Ha nacido "la historia de la salvación".
De esta cercanía extrema también nace una
diferente concepción del destino. La visión
de un Dios juez queda sustituida por la de un Dios que ama
y que se entrega para rescatar del mal a su hermano más
débil. Escribía J. Moltmann en su espléndida
obra El Dios Crucificado: "Al Dios de la libertad,
al verdadero Dios no se le conoce por la potencia y por
la gloria que el manifiesta en el mundo, sino por su impotencia
y agonía sufrida sobre el madero de la vergüenza,
sobre la cruz de Jesús. Los dioses del poder y de
la opulencia que viven en el mundo y en la historia, están
en el lado contrario de la cruz, porque precisamente en
su nombre fue crucificado Jesús".
2.
Frente a la cruz de Cristo desfila la humanidad con su respuesta:
está el rechazo dramático de Judas, el odio
implacable del poder de los sanedritas, la fragilidad traidora
de Pedro, el temor del jovencito anónimo, y sin embargo
está también la cumbre del amor y de la fe,
como la del centurión romano que acoge en su profesión
de fe las palabras reveladoras pronunciadas por Jesús
durante su proceso (Mc.15, 39). Así concluye el itinerario
de todos los creyentes: "verdaderamente éste
era Hijo de Dios".
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Aviso
legal.
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