Ciclo A

II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

Isaías 49 3.5-6
1 Cor. 1, 1-3
Juan 1, 29-34

Una premisa. Es muy notorio que el énfasis del leccionario ‘per annum’, está ligado a dos líneas que se cruzan en el ámbito de las perícopas bíblicas del día de hoy. Una línea horizontal enlaza sistemáticamente el evangelio a la primera lectura del antiguo testamento (en este año el evangelio será el de San Mateo). Una línea vertical, por el contrario, nos invita a una lectura continuada de las cartas paulinas, (en el ciclo litúrgico A, se van sucediendo selecciones de la primera carta a los Corintios, a los Romanos, a los Filipenses, y de la primera carta a los Tesalonicenses). En algunos casos se pueden considerar juntas las tres lecturas, también en estos domingos ‘per annum’, es más exacto mantener en el análisis, una línea de separación entre el epistolario paulino y las demás lecturas.

Iniciamos, por consiguiente, con un breve encuadre de la primera carta a los Corintios, de la cual hoy se lee la introducción (vv. 1-3: I lectura). La lectura pertenece al ciclo de los grandes textos paulinos: menos solemne que la carta a los Romanos, pero sin embargo, más personal y apasionada, cargada del estilo imprevisible del apóstol, siguiendo siempre las huellas de Cristo que es el centro de su corazón. El escrito, compuesto probablemente alrededor de la pascua del año 57 (cfr. Act.18; 1 Cor 5, 6-8; 16, 8), es sin duda ninguna, una verdadera radiografía de la "comunidad" más amada por Pablo, y también, la más difícil y la más indomable en la experiencia del apóstol (2 Cor.).

Las coordenadas geográficas (metrópoli central o el tráfico mediterráneo), o también, desde el aspecto sociológico (ciudad cosmopolita, socialmente hecha pedazos en dispendios absurdos), o desde el aspecto cultural (capital religiosa e ideológicamente histórica), o finalmente desde el aspecto moral (corrupción y "dolce vita" del bajo imperio), crean a la comunidad cristiana una serie de problemas, que actualmente se vuelven a proponer a la pastoral de los grandes centros urbanos occidentales como son: la división en pequeños grupos, el permisivismo sexual, las relaciones con los no creyentes, la ideología cristiana, la liturgia, la unidad y el pluralismo, los estados de vida, las relaciones políticas, y finalmente el destino del hombre.

Pablo trata de dar una respuesta a todas estas interrogantes y les ofrece también algunas pistas pastorales destinadas a la "Iglesia de Dios que está en Corinto" (v.2), es decir a la iglesia local reunida por el llamado de Dios en cada punto del mundo.

En el saludo inicial, formulado en griego ("gracia") y en hebreo ("paz"-shalom), Pablo se presenta como el apóstol de Jesucristo y describe la comunidad de los creyentes como santa, es decir consagrada al ministerio y al testimonio a través del bautismo con que Dios ha sellado a los fieles, uniéndolos a la persona de Jesucristo.

Según esta carta, cualquier creyente y el Mesías, se encuentran en el centro de las dos lecturas "horizontales". El fragmento del antiguo testamento, conocido como el segundo poema del siervo del Señor (Is.49, 3-6), presenta una figura oscura y misteriosa que solamente se aclarará con Cristo. Es el siervo que habla en primera persona presentándose con su misión legítima, como lo hicieron los demás profetas en la presentación de su propia vocación. Se trata de un llamado a la salvación y a la revelación de la "gloria" y de la "luz" de Dios, no sólo refiriéndose a Israel (v.5), sino a todas las naciones que "invocan su nombre" (v.6). También Cristo es señalado por el bautista: "Eh aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo "(Jn. 1,29: evangelio)". El horizonte de la misión de Cristo es igualmente universal: "el Cordero" (término que en arameo es idéntico al de "Siervo"), es el siervo sufriente e inocente que toma sobre sí el pecado no sólo de Israel sino de la humanidad entera. En efecto en el cuarto poema del siervo se lee: "era como un cordero conducido al sacrificio, como una oveja que frente a sus asesinos, permaneció muda y no abrió su boca (Is. 5, 7). Y esta alusión nos envía ahora hacia el cordero pascual (Ez. 12, 1-28), que el evangelista San Juan identifica explícitamente con Cristo elevado en la Cruz, "cuyos huesos no fueron quebrantados" (Jn. 19, 36), tal como ocurrió en la celebración nocturna de la liberación del éxodo.

Junto a la figura del enviado definitivo de Dios, que tiene en sí mismo la efusión perfecta y carismática del espíritu (Is. 11, 2; 61,1) y que se convierte así en la Presencia más alta de Dios sobre la tierra, se destaca la persona del bautista, "el testigo de Cristo" por excelencia. De hecho en el evangelio de hoy hay una frase del bautista que podría ser la definición ideal del creyente: "yo he visto y he dado testimonio de que este es el hijo de Dios" (v. 34). M. Delbrêl, auténtica fiel, y contemporánea nuestra, escribía: “una vez que hemos conocido la palabra de Dios (que en Jesucristo se ha hecho carne), no tenemos derecho de no recibirla. Una vez que la hemos recibido no tenemos derecho de no dejarla encarnar en nosotros. Una vez que se ha encarnado en nosotros no tenemos derecho de conservarla sólo para nosotros: nosotros. Desde ese mismo momento, pertenecemos a aquellos que la esperan".

SUGERENCIAS PASTORALES

1. “Eh aquí el que quita el pecado del mundo": la definición del bautista nos presenta a Jesús como el libertador del hombre, de las fuerzas del mal. El drama del pecado radical del mundo no pierde su fuerza sino que ahora se enfoca en un plano distinto. Para cada cristiano el problema central debería de ser el que D. Bonhoeffer nos propuso, a un año de distancia de su martirio bajo el nazismo, a saber: "el problema que nunca me deja tranquilo, es el de saber qué cosa sea verdaderamente para nosotros el cristianismo, y también quién sea el mismo Cristo… el problema es: ¡Cristo, frente a un mundo adulto!. El interrogante del cristiano es precisamente Cristo, el que cuestiona: "quién es Él y qué es Él para mí".

2. El que ha conocido a Cristo como lo conoció el bautista, lo anuncia al mundo, pero muchos de nuestros hermanos no se atreven, o no quieren escuchar este anuncio, y entonces podría valer también otra afirmación sugestiva de D. Bonhoeffer: "en vez de que le hables a tu hermano sobre Dios, ¿porqué no le hablas a Dios sobre tu hermano?". Anuncio y oración por el mundo son dos vías del testimonio cristiano.

3."La Iglesia de Dios que está en Corinto": la Palabra y la Presencia de Dios se ubican en el tiempo y en el espacio. Cristo también es hombre, el Siervo sufre y vive la difícil existencia del hombre. El bautista exclama: “después de mí viene un hombre". La encarnación es el misterio central de nuestra fe. Así como el Hijo inicia el camino de nuestra existencia, de la misma manera nuestra respuesta a Dios debe ser debe ser concreta y cotidiana, debe ser trabajo y donación, compromiso y justicia. En uno de los dichos rabínicos del Talmud hay una expresión particularmente clara y llamativa: "Si mientras plantas un árbol, te llegan a decir: ¡ha llegado el Mesías!, termina primero tu trabajo y después vas a saludar al Mesías" (Pirqê Abôth de r. Natan 31; Taanith 5).

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