| III
DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTURAS:
Isaías
9 1,4
1 Cor. 1, 10-13.17
Mateo 4,12-23
Jesús
aparece en el primer escenario de su predicación pública,
Galilea, la región en la cual Él había
vivido hasta ahora casi la totalidad de su existencia terrena.
Mateo siempre atento al trasfondo veterotestamentario en la
interpretación del mensaje y de las obras de Jesús,
se refiere a un texto mesiánico célebre, tomado
del llamado "libro del Emmanuel" de Isaías:
es el himno de la liberación de Is. 9, del cual la
liturgia de hoy nos ofrece las primeras dos estrofas. La tierra
de los gentiles, la Galilea, efectivamente llena de concepciones
helenísticas, es de pronto invadida por una luz inesperada.
Luz y alegría ocupan la primera estrofa de Isaías
(vv.1-2). La luz opaca las tinieblas, símbolo
de la nada (Gn. 1, 2) y de la muerte, y comienza
así una nueva creación totalmente dominada por
la alegría. Esta misma se expresa a través de
dos imágenes opuestas, que quieren abarcar la existencia
entera de una nación, en sus fases pacífica
y bélica: la alegría primitiva de la cosecha,
símbolo de la paz y la de la victoria en la guerra.
Libertad
y paz por el contrario son los temas de la segunda estrofa
del himno de Isaías (vv. 3-4). Los símbolos
de la esclavitud: el yugo, el barrote y el látigo del
vigilante son destruidos, como en la noche triunfal en la
cual Gedeón había vencido a los Madianitas (Jue.
7-8). Así nace la paz mesiánica que ven
los cristianos todavía como en germen en Cafarnaum,
la pequeña ciudad principal de la parte septentrional
del lago de Tiberíades, y en la cual Cristo, lanza
su primer anuncio y forma su primera "pequeña
grey" de discípulos. El anuncio está contenido
en una breve síntesis que después será
llamada técnicamente Kerigma, un mensaje lineal y esencial
dirigido a todos los hombres de buena voluntad: "Conviértanse,
porque el reino de los cielos ya está cerca "
(Mt. 4, 17).
Son
dos vertientes de esta primera palabra pública de Jesús.
Principalmente la vertiente teológica. El reino de
los cielos, es decir el proyecto que Dios quiere actuar mediante
Cristo en el mundo y en la Historia, está empezando
a tomar forma y el hombre recibe un llamado muy firme a colaborar
con él. Pero para poder ofrecer su colaboración,
el hombre primero debe convertirse. Ésta es la vertiente
humana de la propuesta de Jesús. Antes de aceptar abiertamente,
el hombre debe invertir su camino, dejar los caminos secundarios
y dispersos, y debe precisamente "retornar" a Dios,
como dice el verbo hebreo de la conversión; o mejor
todavía, debe cambiar de mentalidad y de visión
según el significado del verbo griego usado por el
evangelio.
A
este llamado responden los humildes y los pobres. Así
como el Señor le dijo a Abraham: "Sal de tu país,
de tu patria y de la casa de tu padre" (Gn. 12,1),
de la misma manera una mañana se les dirige unas palabras
inesperadas a estos pescadores que "lanzaban sus redes
al mar": "síganme, los haré pescadores
de hombres". Contrariamente a la práctica de los
rabinos y los doctores de la Ley, Jesús es el que toma
la iniciativa y no los discípulos. Jesús mismo
se los recordará en la última cena: "Ustedes
no me han elegido a mí, sino que yo los he elegido
a ustedes" (Jn. 15,16). La vocación al
discipulado es por consiguiente un don que tiene exigencias
que no son fáciles; es un éxodo, es un erradicarse
de una situación ya instalada, quizás amada
y hasta en ocasiones soportada, para embarcarse en una aventura,
en un riesgo con Dios.
También
Pablo, escribiendo a los Corintios les recuerda su vocación
de predicar el evangelio, pero no con la sabiduría
de las palabras, "para no hacer ineficaz la cruz de Cristo"
(1Cor. 1,17: I lectura). Así se introduce
el aspecto negativo de la traición del discípulo
que, en vez de integrarse totalmente a la construcción
del Reino se queda atorado en el pantano del egoísmo,
del orgullo y de las redes del poder. La comunidad cristiana
de Corinto, en efecto, se había dividido en un grupo
de sectas y de pequeños grupos dominados por varios
líderes o patrones. Como escribía Thomas Merton,
"el cuerpo de Cristo queda reducido a ser un cuerpo de
huesos despedazados". Pablo reacciona con vigor reclamando
el regreso a la autenticidad de la vocación cristiana,
ésta debe dar a la comunidad eclesial su esplendor
original en la individualidad de Cristo, a la cual pertenecen
todos los cristianos, en el valor salvífico puesto
únicamente en la cruz de Cristo, y en el bautismo,
única fuente de vida. Cristo todavía llama y
dirige este mismo mensaje. Aunque la comunidad cristiana se
vea envuelta en la oscuridad y en las contradicciones, sin
embargo debe escuchar de nuevo las mismas palabras de Pablo
y retomar el camino nuevamente siguiendo a su Maestro.
SUGERENCIAS PASTORALES
1.
Jesús aparece sobre la escena pública del
mundo anunciando su primer mensaje, centrado sobre el discurso
del "reino de los cielos," una expresión
que se repite 33 veces en san Mateo. Este discurso indica
el señorío activo de Dios, su acción
salvífica que se revela y se realiza en la historia
a través de la palabra, la acción y la persona
de Jesús. La primera indicación que recibimos,
es por consiguiente, la confianza en un Señor que
nos guía y nos sostiene, que viene a nuestro encuentro
y a nuestra historia para transformarla en luminosa y abierta
a lo eterno.
2.
El segundo contenido del mensaje de Cristo esta ligado a
la conversión, la decisión urgente y seria,
a colaborar con Dios para la realización de su reino.
Los discípulos llamados y ya listos para seguir a
Jesús, son el emblema de esta adhesión-conversión.
Cada domingo cuando oímos el anuncio del Reino en
la liturgia, debemos sentir la urgencia de esta opción
decisiva. F. Mauriac observaba: "si quieres el descanso
del alma y la felicidad, cree. Si quieres ser discípulo
de la verdad, ¡entonces busca!" (Los cinco
rostros de la angustia, Reggio Emilia 1979 p.97). La
existencia cristiana es tensión, movimiento, y en
esto está su paz. En su Diario 1928-1958 el escritor
francés Julen Green anotaba que: "mientras no
se deje de estar inquieto se puede estar tranquilo"
(Journal 1928-1958, Paris 1961, p.759).
3.
En este itinerario hacia la alegría y la luz (I lectura)
es fundamental la unidad, es decir el amor recíproco,
cantado por san Pablo en la segunda lectura. "La Iglesia,
una, santa, católica y apostólica es la Iglesia
de Jesucristo. La comunión de Cristo es su misterio.
La Iglesia de Jesucristo se caracteriza en el mundo por
la unidad en la libertad, por la santidad en la pobreza,
por la catolicidad en la opción por los más
débiles y por el apostolado en el sufrimiento"
(J. Moltmann, La Chiesa nella forza dello Spirito, Brescia
1976, p. 463).
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Aviso
legal.
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