Ciclo A

IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

Sofonías 2, 3; 3, 12-13
1 Corintios 1, 26-31
Mateo 5, 1-2

"Busquen al Señor, ustedes los pobres de la tierra": Es el anuncio que el profeta Sofonías dirige a un Israel sumergido en el letargo político, social y religioso, antes que apareciera en el horizonte los deseos de cambio del rey Josías (629-609 a.C.) A través de estos proverbios de Sofonías que buscan la justicia y la unidad (2,3), nace la nueva humanidad, "un pueblo humilde y pobre" (3,12), pero totalmente dedicado a la realización del gran diseño de amor que Dios quiere construir con el hombre sobre la tierra.

El oráculo de Sofonías, una de las descripciones más luminosas del "espíritu de pobreza" en el A.T., encuentra la misma explicación en la grande proclamación programática de las Bienaventuranzas (evangelio). Éstas están dirigidas a un mundo de personas abiertas y disponibles, que no se encuentran ancladas en la fuerza de su propio prestigio, o en el poder de sus bienes, o en los tronos que ocupan. Son precisamente los que la Biblia llama "los pobres del Señor" y que Jesús coloca en el vértice de la lista de las bienaventuranzas. La perspectiva de fondo de la actitud religiosa propuesta por Cristo, se define por tres expresiones muy semejantes entre sí: "los pobres", "los limpios de corazón" y "los misericordiosos".

"La pobreza en el espíritu" evoca una disposición integral en la persona. La precisión que hace Mateo "pobres de espíritu", en relación con la de Lucas: "bienaventurados vosotros los pobres" (Lc. 6, 20), muy lejos de ser una espiritualización evasiva de las bienaventuranzas, con lo que se harían menos realistas y más inofensivas, por el contrario puntualiza el sentido radical pretendido por Jesús: Su propuesta requiere de un compromiso continuo y sistemático, para adherirse plenamente al proyecto que Dios realiza en la humanidad y en la historia, a fin de no dejarse llevar de la tentación de la 'autoafirmación' que la riqueza-idolatría le sugiere al hombre.

Bienaventurados también "los puros de corazón". El "corazón" es la conciencia, la sede de los pensamientos, de la voluntad y de los afectos humanos, y también es el punto de partida de nuestras decisiones, y por consiguiente de nuestras acciones. La pureza es la transformación del "corazón de piedra" insensible y obtuso, en un "corazón de carne" vivo y palpitante (Jer. 31,31-34). También son llamados bienaventurados los "misericordiosos", aquellos que no tienen más defensor que Dios para poder defender sus derechos; son aquellos que Israel considera los ciudadanos privilegiados de la tierra prometida. Sobre esto nos da una síntesis muy clara el salmo responsorial. Las demás bienaventuranzas son aclaraciones de un comportamiento global, que transforma al cristianismo en una religión de tensión y de totalidad que lo libera de modelos coercitivos, y también toma y a la vez supera todos los valores contenidos en cada uno de esos modelos.

Todo discípulo de Cristo descubre el valor de la "aflicción" por la injusticia (V.4), la miseria y los obstáculos opacan el plan divino. Su dolor se convierte en misterio de fecundidad y de salvación que elimina los impedimentos que el mal opone al triunfo del reino. La aflicción tiene su origen muy preciso en la "persecución por causa de la justicia" (v. 10). En efecto, el auténtico creyente está completamente consagrado a la justicia, que no es solamente el deseo de una existencia social más humana, sino que es el compromiso para la construcción de un mundo nuevo de relaciones, en el cual Dios pueda salvar plenamente al hombre.

Esta justicia, que es la salvación del hombre integral, es un don y es una gracia. Más aún, es un compromiso y una conquista: "hambre y sed" (v. 6) son las necesidades primordiales y elementales del hombre, pero sobre todo es el deseo de realizar la palabra de Jesús "buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura" (Mt. 6, 33).

Esta opción genera persecución, y Mateo lo expresa en dos bienaventuranzas (v. 10-11) a las cuales está unida la promesa de la alegría cristiana (v. 12). "Misericordia" (v. 7) y "paz" (v. 9) que son otros dos compromisos que debe sostener la existencia cristiana. "Misericordia" significa caridad recíproca y activa, significa perdón. Hacer la paz, significa por el contrario, quitar toda enemistad con el Creador, restaurando el designio de armonía que Dios ha trazado en su proyecto sobre el hombre y sobre el universo: es decir, la armonía entre el hombre y Dios, entre el hombre y la mujer y por consiguiente con su semejante, y finalmente, la armonía entre el hombre y el cosmos (Gen. 2).

Las bienaventuranzas no son un conjunto de leyes y de normas que una vez que se han observado escrupulosamente ponen en paz al hombre y le aseguran la salvación; Tampoco son una lista de los deberes cristianos que hay que cumplir y presentar a Dios. Las bienaventuranzas celebran la prioridad de la gracia de Dios que escoge a los pobres para actuar su designio salvífico, porque "Dios ha elegido aquello que en el mundo es considerado como necio… como débil… como innoble… y despreciado…, para que ningún hombre pueda gloriarse delante de Dios ( 1 Cor. 1, 27-29: II lectura); son una verificación del compromiso de cada conciencia cristiana, que debe fundarse sobre una piedad genuina, que no se gloría de su propia sabiduría, de su propia riqueza y fortaleza, sino que es más bien un humilde reconocimiento del poder y de la bondad de Dios: "el que se gloríe, gloríese en el Señor" (1 Cor. 1, 31).

Por esta razón hay un hilo conductor que une todo el leccionario de hoy: se trata de la celebración de lo que debemos llamar la suma libertad de Dios en sus elecciones. Se trata precisamente de que el reino de Dios se entreteje en la historia y en el mundo, revolucionándolo y transformándolo precisamente a través de un pueblo de pobres, de gente sencilla, de los humildes y finalmente de los marginados que tienen el corazón abierto y sincero.


SUGERENCIAS PASTORALES


1. Es notorio que ante las bienaventuranzas se han creado dos frentes de interpretación. La primera las explica como una utopía destinada a una minoría de "hombres perfectos" y de "hombres espirituales", tal como decía Lutero, la ética del reino, imposible para el "reino" mundano e institucional; o como decía erróneamente A. Schweitzer en su perspectiva del inminente fin del mundo con la moral de la emergencia.

Por el contrario, conforme a una segunda línea interpretativa, el Sermón del Monte es un decálogo evangélico y un proyecto de vida cristiana propuesto a todos para el aquí y el ahora. Esta perspectiva, inaugurada ya por san Agustín, es la más correcta. Por lo tanto, la lectura de las Bienaventuranzas debe ser ocasión para un genuino examen de conciencia de nuestro propio "ser cristiano".

2. Los pobres están al principio de las bienaventuranzas y son el centro de la espiritualidad veterotestamentaria (1 lectura); ellos son "los clientes", es decir los protegidos de Dios, y ellos solamente se confían totalmente a Él. Las bienaventuranzas en efecto tienen "un doble aspecto: don y compromiso, buena noticia para los pobres, y programa de vida para los humildes y de corazón puro. La revelación de la voluntad de Dios es la siguiente: El hombre es liberado para obedecer integralmente al único Señor y también es liberado para amar de manera activa e incondicional al prójimo sin discriminaciones étnicas o religiosas" (R. Fabris, Mateo, Roma 1982 pp.110-111).

3. La elección de Dios, que como repite san Pablo en la primera carta a los Corintios, privilegia a los pobres, a los débiles, a los que no son "nada", debe transformarse también en la elección de la Iglesia. "El Magnificat" explica a la perfección la espiritualidad de la liberación. Es un texto de acción de gracias por los dones del Señor y expresa humildemente el gozo de saberse amado por Él. (Lc. 1, 47-49); al mismo tiempo es uno de los textos de mayor contenido político y liberador del N.T. Esta acción de gracias y este gozo están estrechamente unidos a la acción de Dios que libera a los oprimidos y humilla a los poderosos (Lc. 1, 52-53). El futuro de la historia está con el pobre y el explotado. La liberación es obra del Señor quien salva la historia, pero ésta se realizará en el oprimido y a través de él. La espiritualidad de la liberación tendrá como punto de partida la espiritualidad de los anawim (Nota del traductor: Nombre en hebreo dado en el A.T. a los "pobres de Jahweh" es decir, el "resto de fieles" que vivían en una total dependencia de Dios)" (G. Gutiérrez, Teología Della liberazione, Brescia 1972, p. 207).

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