Ciclo A

V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

Isaías 58,7-19
I Corintios 2,1-5
Mateo 5,13-16

Con frecuencia, Jesús se revela como un predicador fascinante: Ligado a lo concreto de la experiencia cotidiana, y que sabe conducir a sus oyentes casi inadvertidamente hacia una propuesta nueva e interior. El Sermón de la Montaña, que la liturgia está proponiendo para la reflexión de la iglesia a lo largo de estas semanas, con frecuencia está animado con estos toques de vida sencilla y simbólica, conectados a la experiencia práctica de los palestinos. La sal y la luz, el sabor y la luminosidad respectivamente transforman la masa amorfa de una comida, o bien transforman la inmensidad de las tinieblas. Los creyentes deben, por consiguiente, conservar el sabor genuino de su Credo sin diluirlo en la indiferencia.

El compromiso misionero debe ser continuamente luminoso y no esconderse en el encerramiento de una secta o de unas catacumbas; por su parte la sal se aplica a las heridas para cauterizarlas y desinfectarlas, así se eliminan los microbios y por otro lado se preserva la comida de la descomposición.

Los creyentes deben ser esta inalterada fuerza de transformación y de purificación que lleva a la humanidad a ser totalmente genuina. Según un estudioso, Jesús posiblemente estaría pensando en la sal de grano, "sal de la tierra" de la cual estaban llenas las playas del saladísimo Mar Muerto. Por otra parte, la imagen atrae la atención sobre la idea de la luz y del calor porque con estos granos de sal los palestinos alimentaban la llama de sus chimeneas. El cristiano, por lo tanto, más que ser sabor y purificación de la comunidad humana, también debe ser el calor que mata el frío, la soledad y el egoísmo.

La luz es el símbolo mesiánico, como nos indica Isaías en el libro del Emmanuel: "El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; sobre aquellos que habitaban en tierras tenebrosas brilló una grande luz" (Is 9,1). La luz cancela las tinieblas, símbolo de la nada y de la muerte (Gn 1,2). Esta figura nos recuerda también a Jerusalén, la ciudad elevada como un faro de luz, que atrae corrientes vivas de pueblos de todos los ángulos de la tierra: "El monte de la Casa de Yahvéh será asentada en la cima de los collados y se alzará por encima de las colinas. Confluirán a él todas las naciones, y acudirán pueblos numerosos. Dirán: "Venid, subamos al monte de Yahvéh a la casa del Dios de Jacob, para que él nos enseñe sus caminos y nosotros sigamos sus senderos. Casa de Jacob, en marcha, caminemos a la luz de Yahvéh" (Is. 2, 2-5). Por eso, la Imagen de la luz hace que Jesús recuerde una ciudad que sobresale por encima de la cresta de un monte, punto ideal de referencia para todos aquellos que caminan en la noche, y que se han dispersado por caminos que no tienen fin. Una ciudad que no se esconde en el fondo de un valle, ni se confunde con lo plano de una llanura, sino que aparece como una ciudad que es una señal erigida para todos los pueblos.

La misión de la comunidad cristiana, consiste en ser una referencia concreta para todos aquellos que buscan y esperan "las obras buenas, para dar Gloria al Padre que está en los cielos". Este ese es el mensaje escondido en las otras dos lecturas. El tercer Isaias profeta anónimo del silgo VI-V A.C., cuyos escritos fueron recogidos en el volumen del profeta clásico de Israel, Isaías, retomando un tema muy apreciado por la teología profética, ve la luz de los fieles en el compromiso cotidiano de las "obras" de justicia y de amor, (Is 58, 8.10) (ver por ejemplo al profeta Amos). No se puede concebir una separación entre el culto y la vida; no se puede concebir tampoco, una fe que no se encarne en los hechos como repartir el pan con los más hambrientos, y como poner su casa a disposición de los que no tiene techo. De otra manera el culto se transforma en una farsa y la fe en una presunción o en una forma de magia. En el centro de la enseñanza bíblica, sobre todo la enseñanza profética y paulina, el Concilio Vaticano II tiene un texto significativo que recupera con toda propiedad la temática de las lecturas bíblicas de hoy: "Esta es la verdadera liturgia, el culto verdadero que los creyentes dan a Dios, y en este sentido la iglesia los invita a participar en todas las obras de caridad, de piedad y de apostolado, a través de las cuales se hace manifiesto que los fieles de Cristo, no son de este mundo y todavía mas, son la luz del mundo y dan gloria al Padre delante de los hombres" (Const. Sobre la Liturgia N.15).

Precisamente ésta, es más bien la actitud de San Pablo en su predicación a los Cristianos de Corinto. Su metodología de "testigo de Cristo" (2,1) no estaba apoyada sobre el refinamiento de las formas o de la temática, sino que era un servicio humilde, para hacer resplandecer los cuatro componentes de la fe genuina: el testimonio de Dios (V.1), Jesús Crucificado (V.2), la manifestación del Espíritu (V.4), y el poder de Dios (V.5). Esta es "La ley fundamental del apostolado" (Lyonnet), esta es la fuerza del testimonio cristiano, que muy lejos de ser un sistema filosófico o político, se funda sobre la "energía" del espíritu que opera la conversión y la transformación de la existencia humana. "Con la fuerza del Espíritu, vuestra fe, libre de toda sospecha de suficiencia y de pura habilidad verbal, indicará a los hombres el camino de la salvación" (Teodoreto de Ciro).


SUGERENCIAS PASTORALES

1. Si los discípulos se desaniman en la tarea de ser sal y de darle sabor al mundo, son por ese mismo hecho, rechazados por la humanidad que "los expulsa y les da una patada". La protesta de un discípulo gris, incoloro, o burócrata de lo sagrado, es una anticipación de la condena misma de Dios: "¡Conozco tu conducta: no eres ni frío ni caliente! Ahora bien, puesto que eres tibio, ni frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca". (Ap. 3, 15-16). El mundo tiene derecho de esperar un testimonio genuino y eficaz de parte de los discípulos.

2. El limpio testimonio de la justicia y de la paz, es el Kerygma más atractivo que el cristiano puede proclamar. A partir de aquella irradiación de luz, los hombres son conducidos a la fuente misma de la luz: Dios. Sin mimetismos y también sin orgullos integralistas, los cristianos tienen al alcance de la mano, la gran palabra que convierte y que ha sido puesta en sus labios. El poeta árabe contemporáneo Ebrat en-Na'ini nos enseña a los cristianos que: "como la luz no es el sol, pero sin embargo proviene del sol, así el hombre es signo de Dios, aunque no sea Dios mismo. Nosotros somos los rayos luminosos de la verdad, no así Dios, que es la verdad absoluta. Como la luz del sol, no es el sol".

3. La pureza de la fe y del testimonio son signo de que nuestro mensaje tiene sus raíces en Dios, como hoy subraya San Pablo. La técnica y las estructuras son quizá medios preciosos, pero nunca podrán ser el fin, porque la Iglesia no es una sociedad jurídico-sacral sino una "viva comunión con un Señor vivo". El primado es por consiguiente el de la fe y de la caridad, el fundamento es Jesucristo crucificado, la fuerza no está en los mecanismos promocionales, sino en el poder de Dios. El llamado a la pureza espiritual de la fe, o de la contemplación del amor, constituye el llamado constante y primario de cada Iglesia.

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