Ciclo A

VIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

Isaías 49, 14-15 1
Corintios 4, 1-5
Mateo 6, 24-34

En el leccionario de hoy también debemos reservar una posición de prestigio a la perícopa del Sermón de la Montaña cuya lectura prosigue de un modo continuo y lineal. La sesión de hoy se abre con un loghion de Jesús sobre la riqueza vista como tentación idolátrica. La alternativa, por consiguiente, es radical: O Dios o mammona. Cabe hacer notar que el vocablo mammona deriva de la misma raíz de nuestro amén, que es 'yo creo', es el verbo hebraico de la fe. Se trata de poner la total confianza en algo muerto; es un poner la confianza no en Dios viviente sino en una realidad inerte. El compromiso no es posible, la decisión se hace necesaria y la triste historia de muchos hombres consiste en adorar a este fetiche que como escribía L. Sciascia en su obra Cándido, "puede ser bello pero está irremediablemente muerto, es la misma muerte". El resto del fragmento, en antítesis, desarrolla la confianza en Dios, una confianza gozosa, libre y serena.

El texto está tejido sobre las motivaciones tradicionales de la teología bíblica de la alianza. Para quien se abandona a Dios toda la vida se transforma en un itinerario feliz y bendito (Sir. 30,2-31,2). No se trata por lo tanto de apegarse a la cultura del trabajo ni a la idea de una nostálgica vida del campo, ni mucho menos de un simple grito a favor de la ecología. Este optimismo es una pastoral de un amor teológico e interior. El tema se expresa en el v.25 que se centra sobre el verbo "no preocuparse" referido a la realidad elemental de la subsistencia, el alimento y el vestido (según el esquema bíblico: Gn. 28,20; Dt. 10,18; Sant. 2,15-16). La mirada benéfica de Dios creador y padre vela sobre la vida del hombre. El tema se ilustra con dos ejemplos semíticos de corte sapiencial. Dios, "padre celestial", provee el alimento a todos los animales (ver el bellísimo Sal. 104/103); Dios se preocupa por los lirios del campo, símbolo de la belleza y del esplendor de la naturaleza (el lirio por consiguiente es la sigla floral del cántico: 2,1.16; 4,5; 6,2; 7,3), y de la hierba del campo, símbolo por el contrario, del aspecto efímero del ser (Sal. 37,2; 90,5-6; 103,15-16; 129,6; Is. 40,6-8; 51,12). Por lo tanto, el discípulo que se deja envolver por la obsesión de la comida y del vestido revela una fe incierta, débil, que hace injusto el amor paterno de Dios: Así se convierte en uno de los oligopistoi, es decir, "de poca fe" (Mt. 8, 26; 14, 31; 16,8). El fragmento se cierra con la doble continuación del tema (vv.31-34 "no preocuparse" al cual se añade un llamado positivo que orienta el texto hacia una nueva directriz (v. 33).

El llamado se fundamenta en buscar el reino de Dios y su justicia. Esto transforma este fragmento, de un texto sapiencial tradicional a una página "cristiana" orientada al tema central de la predicación de Jesús. En el interior de las experiencias de la vida y en el interior de las propias expectativas hay que construir una escala de valores. La construcción del reino de Dios le da sentido a toda la existencia. Una persona que toda su vida y todas sus decisiones se basan en el "alimento" o en el "vestido" se encontrará "preocupada", humanamente pobre, espiritualmente vacía, y como los ricos, incapaz para el reino de Dios. La búsqueda de los verdaderos valores le da sabor a todo el resto, da sabor a la vida, crea paz y esperanza. Por consiguiente, no se trata de una fuga utópica de la realidad histórica, ni de una alienación respecto a las exigencias de la existencia, del trabajo y del compromiso social. La búsqueda del Reino de Dios debe ocurrir en la historia; se trata de una "justicia" que fecunda en la humanidad entera, es una propuesta efectiva que encarna la voluntad del Padre en las obras de cada día.

Hemos visto que la simbología teológica que usa Jesús en el discurso de hoy es exactamente la del Padre. El segundo Isaías en uno de sus pasos más célebres (I lectura) introduce la simbología materna llena de ternura y de amor instintivo. En el A.T. el afecto de Dios por su pueblo se expresa con el adjetivo "misericordioso" que resulta empobrecido por las traducciones. También en el Corán se inicia cada sura o capítulo con este título dirigido a Dios; por el contrario, su verdadero significado está relacionado con el "seno" de una madre que no puede hacer otra cosa que amar a su hijo a quien no puede "olvidar". Este mismo tema lo desarrolla también la encíclica Dives in Misericordia del Papa Juan Pablo II. "El cuadro ideal para darle forma a nuestra respuesta a este amor, podría ser todavía una vez más la pequeña escena de la plegaria llena de confianza del Sal. 131: Me mantengo en paz y silencioso, como niño en el regazo materno. Mi deseo no supera al de un niño" (v.2). Así encontramos el motivo de la confianza característico de la perícopa evangélica y expresado luminosamente por el dulcísimo salmo responsorial (Sal. 61/62).

La página paulina tomada de la lectura continua de la I Cor. merece una palabra especial. San Pablo hace dos declaraciones relacionadas entre sí y que se refieren al ministerio apostólico, conforme a un tema que se va desarrollando en el c.3 y que continuará por todo el c.4. La primera afirmación es una definición del apóstol como "ministro" y como "ecónomo", es decir administrador de los bienes y de la palabra de salvación para los hermanos. No se trata por consiguiente de un autócrata, no es un privilegiado sino un siervo que debe ser fiel al encargo recibido. La segunda afirmación se refiere al juicio sobre el ministro: El premio y la condena no están relacionados al triunfo o al rechazo de los hombres sino a la suprema instancia de Dios que ve la fidelidad interior y la donación auténtica. El triunfo de un predicador no es automáticamente el sello de Dios. La última aprobación, la "alabanza" verdadera, es la que da el Señor que "pondrá a la luz los secretos de las tinieblas y las intenciones del corazón". Ningún otro tiene derecho ni está autorizado para juzgar y evaluar al fiel; el único es el Señor.

SUGERENCIAS PASTORALES

1. Hoy el cristiano es invitado a construir una escala de valores genuina de decisiones, en contra del bienestar de la civilización con sus agresiones continuas. Pesadillas, estrés y angustia nacen de esta búsqueda maniaca de fetiches, de cosas, de dinero, y de gozos inmediatos. Las cosas y la alegría cobran sentido solamente cuando son puestas en un auténtico cuadro de valores "Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aunque alguien posea abundantes riquezas, éstas no le garantizan la vida." (Lc. 12,15) Aquel que ata su corazón a las cosas muertas se hace partícipe del destino de aquellas. Como decía el poeta francés P. Valery: "Oh flaca inmortalidad negra y dorada… cráneo vacío y risa eterna"

2. El reino de Dios y su justicia deberían ser más frecuentemente el contenido gozoso del anuncio cristiano. Nos liberaría así de los conflictos de la política, de las falsedades y de los compromisos. Una voz libre para el reino es una semilla tirada sobre la tierra pedregosa de la historia que a veces se fecunda y puede crecer un árbol fructífero. A propósito de esto queremos señalar una página de H. U. Baltasar: "Quien se encuentra en la búsqueda, obedece la palabra de Dios al reflexionar y al hablar de Dios y del hombre, se le presenta la difícil tarea de recorrer el mismo sendero que pasa entre dos enormes formas de tiranismo. Una de estas formas, la más antigua, se remonta a Constantino y consiste en el sometimiento del poder político al servicio del Reino de Cristo, y que hoy por hoy resulta sin valor ya que la iglesia finalmente ha perdido todo poder. Por el contrario, la otra forma consiste en la identificación del progreso técnico del mundo con el desarrollo del Reino de Dios. Ambas formas son sólo aspectos de un mismo integralismo, el primero clerical y el segundo laico. Ambas formas procuran darle al reino del crucificado una fuerza terrena porque ambas juntan el reino terreno y el reino divino. Los antiguos han sometido el tiempo ante el trono de una eternidad teniéndolo bajo su poder; los modernos siguen el tiempo convencidos de que con eso conseguirán la salvación" (El todo en la parte, Milán 1260 p.1).

3. En el leccionario de hoy aparece en una grande teofanía el rostro amoroso de Dios Padre y Madre. En Jesucristo, Dios da testimonio de su amor infinito por nosotros. Él desciende casi "incógnito entre nosotros para hacer brillar su amor. Debemos reconquistar el aspecto de la intimidad con Dios, debemos reencontrar el abandono gozoso y orante, debemos volver a sentir el gozo del diálogo y de la comunión con Él. "La mística no es una experiencia estática y privilegiada, es la plena madurez de la fe" (Th. Merton).

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