Ciclo A

IX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

Deuteronomio 11, 18.26-28
Romanos 3, 21-25.28
Mateo 7, 21-27

El Deuteronomio es el quinto libro de la Toráh (la Ley) y constituye la base de la fe hebraica. El título griego que lleva (“segunda ley”) no es tan bueno ya que uno piensa de inmediato en un código o en un manual legislativo. Resulta más sugestivo el título hebraico ‘Las Palabras’, ya que es como una colección de Homilías, una especie de “predicación acerca de la ley” (Von Rad), con una declarada finalidad de ritualizar la alianza de Israel con su Dios. Esta solemne y apasionada meditación puesta en boca de Moisés, ilumina por consiguiente dos temas esenciales de la teología del Antiguo Testamento: el diálogo entre el Señor y su pueblo y el don lleno de entusiasmo de la tierra prometida, la tierra de la libertad, (el volumen tiene la estructura de los tratados orientales de alianza entre una gran potencia y un vasallo) (cfr. El himno a la tierra de Dt. 8, 7-10). La escena que constituye la primera lectura de hoy concluye el proyecto de este libro y es una insistente invitación a Israel para que vuelva nuevamente su amor a su Señor y a su ley.

El hombre debe hacer de la ley el eje fundamental de toda su existencia. “El corazón y el alma” indican la conciencia y el ser profundo del hombre; “la mano” alude a la acción, mientras que “el pendiente entre los ojos” sugiere la función normativa de la ley en el ámbito intelectual y volitivo. Los hebreos conservadores, aún los contemporáneos, materializan este llamado tan vital reduciéndolo a una mera rúbrica al vestirse con las filacterias. El hombre, continúa el Dt., seguirá siendo siempre árbitro de su destino (vv. 26-28). A sus frágiles manos se confía el destino de la bendición divina en la obediencia, o también el de la maldición en el rechazo. Para los apóstatas es muy grande la tentación de abandonar al Señor de la alianza, para seguir la aventura de otras divinidades “desconocidas”. Israel por consiguiente puede construir su futuro sobre la “roca” que es el Señor o sobre la arena inestable de la idolatría que no es más que una proyección del propio egoísmo y de las propias ilusiones. “Ante los hombres están la vida y la muerte; a cada uno le será dado lo que más le agrade” (Sir. 15, 17).

Jesús recuerda la misma libertad en las dos parábolas gemelas que están colocadas en la conclusión de su “Toráh”, que es el discurso del nuevo Moisés sobre un nuevo Sinaí (cc.5-7). Fundamentalmente, e igual que en el Deuteronomio, se enfatiza en el compromiso. La autenticidad de la fe se mide con el compromiso vital frente a su Palabra, no con el entusiasmo carismático (“Señor, Señor!”), ni con un impecable pragmatismo religioso (“profetizar”), ni tampoco por una efervescente exterioridad y triunfalismo (“expulsar demonios y hacer milagros”, c.7,22). Esta es la única vía para establecer un auténtico parentesco con Cristo: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc. 8,21). “La religión” cristiana corre el riesgo de convertirse para muchas personas en un habitus mental o cultural que es tomado pasivamente por quienes “nos llamamos cristianos”, y que traducimos con un conjunto de hermosas ceremonias, de normas complejas y de tradiciones. Cristo nos llama a la solidez, a la fe llena de obras, a una religión no fundada en seguridades mágicas o sobre fórmulas repetidas que cansan. El arquitecto imprudente confía en las palabras vanas, en el sentimentalismo inestable, en las corrientes móviles de la moda o de la opinión pública. El creyente genuino decide edificar sobre la roca que es Cristo (Mt. 16, 16) y no precisamente con materiales que caducan, como ocurre en la especulación de la industria de la construcción. A la hora de las pruebas, de las dificultades y de las tempestades de la vida, no acabarán con un compromiso sólidamente fundado en el mensaje de Jesús. Esto lo confirma la imagen paulina del edificio construido sobre el cimiento “Cristo, construido con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno o paja” (1 Cor. 3, 10- 13).

Con este Domingo comienza la lectura de una breve selección de fragmentos de la obra teológica más importante de San Pablo, su carta-credencial a la comunidad de Roma. Si las lecturas anteriores habían presentado el aspecto del compromiso humano, como la parte antropológica, ahora se pone el énfasis sobre la dimensión teológica, que por otra parte siempre tiene el primado en todas las reflexiones paulinas. El hombre se presenta delante de Dios en su radical dimensión de miseria y pecado y como ya se ha mencionado en capítulos anteriores, se revela la ira divina que está destinada ya sea al hebreo como también al pagano, porque “todos han pecado” (3,23).

Ahora en cambio con Cristo, se abre la era de la revelación de la justicia salvadora, don inmerecido que el hombre recibe del amor de Dios. Esta es la tesis del versículo final de nuestra perícopa (v.28): “El hombre está justificado por la fe independientemente de las obras de la ley”. Este es el centro de la teología paulina. La justificación, es decir, la salvación del hombre no se genera a fuerza de obras humanas (la ley bien observada), sino a través de la apertura a la fe y de una manera “gratuita” (vv. 22 y 24). La justificación no solamente es un privilegio o necesidad de algunos cuantos, sino que es un don universal, porque todos sin distinción son pecadores (v.23). La justificación liberadora no se deriva del “instrumento de expiación” frío y material puesto sobre el arca de la alianza en la cual el sacerdote esparcía la sangre de las víctimas expiatorias, sino que se deriva de un “instrumento de expiación” vivo, Cristo crucificado y su sangre derramada por nosotros.

SUGERENCIAS PASTORALES

1. El leccionario se rige por imágenes de dualidad: La vía de la bendición y de la maldición (Dt.), del pecado y de la fe (Rm.), de la construcción sobre roca o sobre arena (Mt.). En la raíz de estos símbolos está la opción del hombre, la opción por la bendición, por la fe y por el compromiso de quien quiere permanecer con Dios. La libertad es el gran don y el gran riesgo sobre la cual el hombre es llamado a realizarse. En contra de toda tentación de reducir el don de la libertad, ya sea bloqueándola o condicionándola aunque “tenga por objeto el bien”, la Biblia nos hace un llamado a respetar la libertad de cada hombre. Debemos ayudar al hombre a crecer en la plenitud de su conocimiento y de su voluntad para que pueda realizar después su opción. Esta opción debemos respetarla aunque no la podamos compartir, participando del mismo optimismo de Dios que espera en todo momento hasta que el hombre lo busque, posiblemente pasando a través de itinerarios absurdos.

2. El canto de la fe de la obra maestra de San Pablo es ahora tomada por San Mateo, teniendo presente el verbo hebraico de la fe: el amén, que literalmente significa “construir, basarse, apoyarse” sobre una roca, sobre un fundamento estable. Cuando uno se abandona en la fe y en el amor de Dios, es muy espontáneo que nuestras obras sean una práctica asidua de la palabra del Señor que se ha recibido con la adhesión de la fe. Junto a la educación para la libertad, es indispensable la educación para la fe.

3. En el leccionario de hoy se subraya también el aspecto oscuro del rechazo. En el Antiguo Testamento la lluvia torrencial que se desencadena contra el muro enyesado de los falsos profetas (Ez. 13,9-14) es un símbolo del juicio de Dios. San Pablo habla de la privación de la gloria de Dios que es oscuridad, ira y silencio. El Deuteronomio introduce el tema de la maldición. El juicio de Dios y de su palabra pone al descubierto la frágil existencia de un aparente triunfo, que es vacío delante de Dios.

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