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DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTURAS:
Oseas
6, 3-6
Romanos 4, 18-25
Mateo 9, 9-13
El
comportamiento y la predicación de Jesús con
frecuencia son intencionadamente provocados, al confrontar
al perfeccionismo oficial encarnado por la clase dirigente
hebrea compuesta de fariseos, puritanos, de intelectuales
arrogantes ("escribas"), de clero político
("sacerdotes") y de políticos y magistrados
corruptos ("los ancianos"). Su auditorio estaba
formado de una colección de casos considerados irrecuperables
por la moral rabínica ordinaria: prostitutas, pecadores,
emigrantes, enfermos, "gente que no conoce la ley ni
los profetas", como expresamente los catalogan los fariseos.
En
esta "mala compañía" Jesús
sin ninguna alteración se preocupa y cura con amor.
De la perícopa evangélica de Mt.9, 9-13 surge
la figura de un publicano, Mateo, odiadísimo representante
de una clase perennemente detestable, los cobradores de impuestos.
Un odio reforzado en Israel a causa del significado que tenían
los impuestos para un hebreo: eran el signo visible de la
opresión imperialista de Roma y de la humillación
política y religiosa a la cual estaba sometida la nación
hebrea. Jesús elige precisamente a este personaje de
no muy limpia profesión para que pertenezca a la comunidad
de sus discípulos y a la natural objeción farisaica,
él replica con un elemental proverbio popular y con
una motivación teológica tomada de la Biblia
("no son los sanos los que necesitan del médico,
sino los enfermos"). Se trata de un texto clásico
del profetismo, es más, se puede hablar de una tesis
específica y constante de toda la reflexión
profética. La formulación preparada por Oseas,
el profeta del siglo VIII A.C. muy notorio por su dramática
experiencia familiar (cc. 1-3 de su pequeño volumen
de oráculos), es extremamente lineal: el Señor
"quiere el amor y no el sacrificio, el conocimiento de
Dios más que el holocausto" (Oseas 6,6: I Lectura).
Samuel ya había recordado a Saúl: "¿Acaso
al Señor le agradan los holocaustos y sacrificios tanto
como obedecer la voz de su Señor?, eh aquí que
obedecer es mejor que el sacrificio, y ser dulces es más
que la grasa de los carneros" (I Sam. 15,22). Amos, contemporáneo
de Oseas maldice con ironía casi blasfema el culto
hipócrita de los grandes santuarios de Betel y de Galgala
(4,4-5; 5,4-6). Carneros, terneras, toros, corderos, cabras,
incienso, sábados, fiestas, manos extendidas al cielo,
etc. son una mísera farsa, dirá después
el grande Isaías (1,10-20), cuando estas manos están
manchadas de sangre y por atrás se levanta la voz de
los oprimidos, de los huérfanos, de las viudas y de
los pobres. La lista de textos polémicos en contra
de un culto que no está ligado a la vida y a la justicia
podría continuar en Mi. 6, 6-8; en Jer. 6,20; 7,21-23;
y el en Sal. 40; 50; 51
La
negación no es absoluta, como si se quisiera cancelar
toda forma de liturgia, sino es más bien relativa,
ya que se esfuerza por restituir al culto su función
de ser el eje de la entera existencia. El mismo Jesús
había dicho: "Ay de vosotros fariseos, que pagáis
el diezmo de la menta, de la ruda y de toda hortaliza, y dejáis
a un lado la justicia y el amor a Dios. Esto es lo que había
que practicar, aunque sin omitir aquello" (Lc. 11,42).
La exigencia fundamental de Jesús y del profetismo
consiste en este enlace indivisible entre fe y existencia,
entre culto e historia, con la cual se impide a la religión
el ser una isla sagrada dominical, o todavía peor,
una extraviada y alienante sobrevivencia mágica.
San
Pablo a los romanos escribe: "os exhorto pues hermanos,
por la misericordia de Dios, a que os ofrezcáis a vosotros
mismos como un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios: tal
será vuestro culto espiritual" (12,1). Por consiguiente
no es correcto examinar la propia conciencia solamente apoyándose
sobre la base de abundantes prácticas religiosas, ni
tampoco medir la propia religiosidad ni la de todos los demás
sobre la observancia de preceptos cultuales o sobre la distribución
de sacramentos. La liturgia será el centro coordinador
y fecundador de lo cotidiano y de lo semanal, solamente si
está ligada por una relación de coherencia y
continuidad. De otra forma, "Si pues, al presentar tu
ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que tu hermano
tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante
del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano;
luego vuelves y presentas tu ofrenda" (Mt. 5, 23-24).
Esta
cohesión entre existencia y culto constituye la fe
auténtica, presentada por San Pablo en el apasionado
elogio a Abraham trazado en el c. 4 de la carta a los Romanos
(II Lectura). En efecto, para celebrar el esplendor de la
fe del patriarca que "no vaciló" ni siquiera
frente a la "muerte" de las esperanzas terrenas
y racionales (v. 19), el apóstol apela a una frase
de Gn. 15,6: "Abraham creyó y esto le fue acreditado
como justicia". El verbo que San Pablo examina es precisamente
el verbo acreditar, que en el lenguaje ritual designaba la
ofrenda válida presentada según todas las prescripciones
canónico-litúrgicas. El sacrificio perfecto,
válido y agradable a Dios no es tanto, en el caso de
Abraham, un holocausto animal o una ofrenda de incienso, sino
que es más bien su confianza en el Señor, su
apoyarse sobre él en la "justicia", es decir,
en la fidelidad, en la alianza que le fue propuesta. Nuestra
total y gozosa adhesión cotidiana al Señor que
nos llama, es lo que nos será realmente acreditado
y no nuestros falsos e ilusos cálculos de mérito.
SUGERENCIAS
PASTORALES
1.
La página evangélica es un ejemplo esencial
de catequesis sobre la verdadera religión bíblica.
Jesús la explica:
-
con un proverbio ("no tiene necesidad de médico
los sanos sino los enfermos")
- con una cita bíblica (el texto de Oseas de la primera
lectura)
- con una declaración cristológica sobre su
misión frente a los pecadores y no frente aquellos
que se consideran justos.
Las
tres líneas convergen todas en la exaltación
de una fe hecha de amor y de donación, es más,
como dice el original del texto profético citado
por Jesús, hecha de hesed, una actitud de fidelidad,
de ternura, de misericordia y de justicia. En Mt. 23,23,
Jesús llama "a la justicia, a la misericordia
y a la fidelidad las prescripciones más graves de
la ley". Se trata del amor gratuito y salvífico
que se extiende a todos, que coenvuelve a todos hasta la
donación total, la cual Dios "acredita como
justicia", es decir, como un acto perfecto, religioso
y litúrgico. San Efrén, el sirio, escribía:
"Él partió el pan con sus propias manos
para significar la ofrenda de su cuerpo; mezcló la
copa con sus manos para significar la ofrenda de su sangre.
Él mismo se ofreció en sacrificio" (De
Azymis II, 7). Y sobre la vertiente del discípulo,
Agustín en La Ciudad de Dios continúa la idea:
"Este es el sacrificio de los cristianos: formar todos
juntos un mismo cuerpo en Jesucristo. Este misterio lo celebra
muy frecuentemente la Iglesia con el sacramento del altar
y enseña que en aquello que ofrece, es ella misma
quien se ofrece" (X, 6).
2.
La página evangélica también es un
ejemplo de lucha contra el legalismo y la rigidez sectaria
que pueden ser tentación para la comunidad cristiana.
San Mateo está alerta en la polémica con el
judaísmo rabínico que había endurecido
la espiritualidad precedente, que ciertamente era más
abierta. Un dicho del Pirquê 'Abôth, que es
un tratado talmúdico, atribuía a esta visión
de la religión a Simón el justo (II siglo
A.C.): "el mundo subsiste por la fuerza de tres cosas:
la ley, el culto del templo y las obras de misericordia"
(I, 2). Aunque sea de una forma limitada se alcanza a entrever
el esfuerzo de unir culto y vida. El riesgo de un rigorismo
puritano y sacral también puede sufrirlo la comunidad
cristiana. "La acogida y la comunión eclesial
y de los pecadores paganos suscitan críticas que
encuentran oídos en el ala más intransigente
del judeo-cristianismo de la iglesia de Mateo. Él
nos responde apelando a la práctica de Jesús,
convalidada por una relectura de la tradición bíblico-profética"
(R. Fabris).
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Aviso
legal.
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