| XIII
DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTURAS:
2
Reyes 4, 8-11.14-16
Romanos 6, 3-4.8-11
Mateo 10, 37-42
El
verbo acoger disperso seis veces en el fragmento de San Mateo
tomado del "discurso sobre la misión" que
Jesús presenta a sus discípulos, constituye
el tema dominante de la liturgia de la palabra de este domingo.
Es más, entre la primera y la tercera lectura hay un
nexo lateral: "la mujer trabajadora" de Sunem que
acoge con premura al profeta Eliseo, representa el dicho que
Jesús dice: "quien recibe a un profeta como profeta,
tendrá recompensa de profeta" (Mt. 10,41). La
hospitalidad para los orientales es la expresión de
un diálogo, de una apertura, de una atención
para los que están solos, errantes o abandonados.
El
salmo del pastor (Sal. 23) al final tiene el símbolo
de la copa espumante y de la mesa del banquete precisamente
para recordar que es muy hermoso ser huéspedes del
Señor mientras Él "cena con nosotros y
nosotros con él" (Ap. 3, 20). Es un recibimiento
cargado de delicadeza como la que estaba reservada a Eliseo
que dentro de su nomadismo, encuentra en Sunem el agradable
calor de una casa. Cabe hacer notar la fineza de la pequeña
escena diseñada por el libro de los Reyes: en aquella
habitación fresca y limpia, la pareja de esposos ancianos
habían preparado con amor cada detalle desde la cama
hasta la mesa, de la silla a la lámpara, de tal manera
que el profeta pudiera "retirarse", encontrando
así el silencio para su reflexión y para su
cansancio físico y psíquico y así poder
tomar de nuevo su itinerario misionero.
Por
consiguiente hay una primera acogida, simple y espontánea,
destinada a los hermanos solos, comprometidos en actividades
destinadas al bien de todos o de los pobres. Es una hospitalidad
que no pasa sin dejar huella. Para la pareja de Sunem será
el don tan esperado de la descendencia, que era deseada por
los hebreos como signo de su victoria sobre la muerte, a través
de la continuación de la vida en la carne y en el tiempo
de la propia estirpe ("el año próximo en
esta misma estación, tendrás en tus brazos un
hijo", 2 Re. 4,16). Para todos siempre habrá la
oportunidad y el gran gozo de dar. "Es mucho más
bello dar que recibir", exclamaba San Pablo a los ancianos
de Éfeso citando un dicho de Jesús desconocido
para los evangelios (Hech. 20, 35).
Pero
hay una acogida todavía más gozosa, la que tiene
como raíz no sólo un deseo de caridad, de filantropía,
y de apertura social, sino la convicción de que detrás
de la fisonomía de cada criatura se esconde el rostro
mismo de Cristo. Hay tres clases de personas sobre todo que
encierran en sí una fuerte presencia del Señor:
son los profetas, los justos y los sencillos. No importa la
calidad personal que ellos tengan, basta la calificación
esencial de personas "enviadas" (Mt. 10,40), porque
como decían los rabinos contemporáneos de Jesús,
"el enviado es como si fuera el que envió en persona".
No importa tampoco si no los reconocemos rápidamente
como emanaciones de Cristo. En el c.25 San Mateo nos recuerda
que los justos se asombrarán en el juicio porque detrás
de los vestidos rotos de enfermos, perseguidos, prisioneros,
hambrientos y marginados se escondía precisamente el
mismo Cristo. Estos no habían hecho ruido, ni habían
trabajado por estar deseosos de una recompensa celestial,
sino solamente por aquel amor "que no se vanagloria,
ni se infla y no busca su propio interés" (1Cor.
13, 4-5). Tampoco es importante el gesto o el don que nosotros
podamos ofrecer. Aún un vaso de agua fresca, es decir
la más urgente y simple exigencia de un caminante palestino
se convierte en una cooperación a la evangelización
y tiene una "recompensa" divina (10,42).
Finalmente
hay una acogida definitiva, se trata del seguimiento de Cristo,
característica definitiva no sólo de los apóstoles
sino, según San Mateo, de todos los cristianos ("Haced
discípulos a todos los pueblos" ordena Jesús
en el solemne final del evangelio en 28, 19). Esta acogida
está descrita en las frases iniciales de la perícopa
evangélica de hoy (10, 37-39) y está expresada
con la paradójica radicalidad típica de la predicación
de Jesús. Es necesario confiarse totalmente a Cristo
y enfrentarse al riesgo que implica dicha acogida, riesgo
que habla también de martirio, de donación completa
y sin reservas. El famoso filósofo danés Kierkegaard,
escribía que "el discípulo quiere ser y
se esfuerza por ser aquello que admira y la finalidad de la
admiración está en la necesidad de ser y de
querer ser la persona admirada". Pero esta renuncia no
tiene un fin en sí misma: lo explica el paralelismo
antitético de los verbos encontrar-perder (10,39).
La acogida de la cruz no es un mero ejercicio acético,
y mucho menos una abnegación masoquista de "flagelantes"
fanáticos, sino por el contrario orienta hacia el verdadero
"encuentro", hacia la alegría de la donación
por la construcción de un mundo nuevo. No se trata
de un simple "perder" sino de un "perder para
encontrar" como Cristo que "por el gozo que se le
proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia
"
(Hb.12, 2).
La
primera y necesaria etapa hacia la acogida de Cristo se cumple
en el bautismo, al cual está dedicado el fragmento
del c.6 de la carta a los Romanos (II lectura). El cristiano
repite esta experiencia aceptando en la fe el misterio pascual
de Cristo: "muerto por nuestros pecados, sepultado y
resucitado" (1Cor. 15, 3-5). En el sepulcro de agua de
la fuente bautismal entra el hombre viejo anterior con sus
debilidades y miserias y ahí debe morir, dejando atrás
los vestigios de su mal. Pero de aquel sepulcro sale como
criatura nueva y esplendorosa, capaz de caminar en una vida
nueva (vv.4) "viviendo para Dios". Esta solidaridad
total con Cristo y su experiencia, constituyen nuestra auténtica
"acogida" del que amándonos, nos acogió
primero (1 Jn. 4,19) y así "estaremos siempre
con el Señor" (1Tes. 4,17).
SUGERENCIAS
PASTORALES
1.
La acogida es un componente estructural de la comunidad
cristiana. Es indispensable verificar hoy esta apertura,
esta sensibilidad, esta exigencia del evangelio aún
en las conductas más concretas. Los eslabones de
la cadena de la acogida y de la solidaridad parten desde
"la persona más sencilla", desde la más
"pequeña", que al mismo tiempo es una acogida
del eslabón supremo, es decir, el eslabón
de Dios mismo.
2.
La vocación cristiana también es una separación
radical de las ataduras que nos conectan al pasado. Es una
opción dolorosa que nos hace poner en discusión
tantas realidades que aceptamos antes tranquilamente, tanta
comodidad y finalmente pone en discusión hasta nuestro
deseo de "encontrar la vida".
3.
Acogida y separación se unen en la plenitud del amor.
El amor es pobreza y liberación del poseer y del
egoísmo. También es una búsqueda amorosa
del pobre, del extranjero, del marginado, del emigrante,
del encarcelado, de la persona sola y del anciano.
4.
Todo el discurso misionero de Mt. 10 es también un
llamado a la autenticidad de la vida, según el Espíritu
y según la misma humanidad. San Pablo a propósito
de la vida según el Espíritu escribe en la
carta a los Romanos: "Considérense muertos al
pecado pero vivos para Dios en Cristo Jesús".
Para entender una vida auténticamente humana queremos
recordar la lírica de C. Kavafis, uno de los mejores
poetas de la Grecia contemporánea: "Si no puedes
tener la vida que deseas, búscala por lo menos dentro
de ti. No la estropees con la superficialidad de tu trato
con la gente, ni con muchas palabras ni en un vaivén
frenético. No la estropees llevándola a merced
del cotidiano juego inútil de las actividades sociales
y de las invitaciones, porque la puedes convertir en una
vida empalagosa". (Cincuenta y cinco Poesías,
Turín 1968, p.59).
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Aviso
legal.
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