Ciclo A

XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

I Reyes 19, 9.11-13
Romanos 9, 1-5
Mateo 14, 22-23

"Danos Señor, tu presencia de paz". La invocación antifonal del salmo responsorial delinea la atmósfera de la liturgia de la palabra de este domingo. Tempestad y paz, estrujamiento y serenidad silenciosa, se encuentran en estos dos cuadros llenos de movimiento (I Re y de Mt 14).

Elías, cuyo nombre significa ("Yahvé es Dios"), es ya un programa y un testimonio. Repitiendo el itinerario de Israel, llega al monte Oreb-Sinaí en donde debía encontrarse con el Señor en una repetición de la teofanía mosaica. Huyendo de Jezabel, la reina que lo perseguía sin tregua, Elías se transforma en una vía hacia el descubrimiento del verdadero rostro de Dios. El gran profeta tiene necesidad de ser educado en la fe y de conocer a Dios no precisamente conforme a esquemas “tempestuosos” o “como los del Sinaí”, sino según la genuina realidad de Dios simbolizada en la suave brisa de la tarde. En la soledad de la montaña, el profeta “fogoso” (Sir. 48,1) busca a Dios en el viento impetuoso que sacude los montes, en el fuego y en el terremoto, es decir, lo busca según los esquemas personales y tradicionales. Las apariciones de Dios se ubican en medio de incendios, tempestades, grandes terremotos, que eran como su cuadro natural (“El Señor hace oír su voz majestuosa en medio de un fuego devastador, entre pesadas nubes, tempestades y granizadas furiosas“ (Is 30,30), inclusive la oración más antigua del Salterio, el Sal. 29, tiene como coreografía el enceguecedor resplandor de una tempestad.

Dios no se quiere presentar al hombre de la manera como emerge de la primera imagen. Dios aparece en la tranquilidad y en la paz de la brisa. Y Elías, cubriéndose el rostro, porque "ningún hombre puede ver a Dios y permanecer vivo" (Ex 33,20), sabe que el Señor es intimidad, simplicidad, paciencia y dulce presencia, espíritu y vida. El Señor no comparte la impaciencia y el espíritu aguerrido de los hijos del Zebedeo, ni de todos los fanáticos de todos los tiempos: “Señor, ¿quieres que pidamos que baje fuego del cielo y los consuma?” (Lc 9,54). La palabra de Dios, “el libro de la paciencia de Dios” (San Agustín), resuena como una fuerte invitación al optimismo realista, a no quemar las etapas, y a esperar con paciencia la gestación penosa del hombre nuevo y todo esto, en medio de la historia que tiene más sangre de cuanta tiene la vida y la libertad, en medio también de nuestra experiencia personal que con mucha frecuencia conoce más el pecado que la santidad, en el aparente triunfo del mal y en el inexplicable escándalo del dolor inocente. El Dios educador y paciente, que se ha definido así mismo como madre, maestro, guía, esposo y padre, aplaza su juicio porque: “El quiere la vida y no la muerte del pecador” (Ez 18,23). “Con vuestra perseverancia salvareis vuestra almas dice Jesús en Lc 21,19. La paciencia y el amor hacia el mundo (Jn 3, 6-17), no son otra cosa que el eco de los mismos sentimientos de Dios sobre la tierra frente al lento y tormentoso acercamiento de los hombres hacia El.

La paz que lleva consigo la aparición de Cristo se contrapone a la tempestad, el pánico y el temor, aunque aparezcan en la escena del evangelio. Comentando este texto escribía Orígenes: “Si algún día llegamos a encontrarnos en paz con las tensiones siempre inevitables, recordemos que Jesús nos ha obligado a embarcarnos y quiere que lo precedamos en la otra orilla. Cuando en medio de los sufrimientos hallamos pasado hasta la tercera vigilia de noche oscura que impera en el momento de la tentación, luchando lo mejor posible y vigilando para evitar el naufragio de la fe, estamos seguros que al llegar la cuarta vigilia, cuando la noche ya esté pasando, llegará el día y con él llegará el Hijo de Dios, para hacernos el mar apacible y para poder caminar sobre sus olas”.

La narración de San Mateo está trazada según el esquema de las apariciones pascuales: “Soy yo, no tengan miedo”, ésta es una expresión típica de las teofanías pascuales. San Pedro dirigiéndose a Jesús, por dos veces lo invocó con el título de la fe pascual, Kyrie “Señor”. “Los fieles que estaban en la barca (que por lo tanto tiene un valor de símbolo eclesial) “se postran” adorando al Señor resucitado y repitiendo la profesión de fe del Centurión delante de la cruz: “Verdaderamente éste era el Hijo de Dios” (Mt 27,54). Este texto se transforma ahora en una aparición a los apóstoles y a la Iglesia primitiva en dificultades y con “poca fe”. La ayuda misericordiosa y la intervención de Cristo resucitado para salvar a esta comunidad que está en crisis y en búsqueda y que está representada por su portavoz, San Pedro, está casi ahogándose confiado solamente a sus propias fuerzas que no pueden salvarlo. Aquélla mano tendida hacia Pedro no representa solamente su salvación personal sino también la nuestra.

Prosigue después la reflexión de la carta a los Romanos cuando se lee el prólogo de una nueva sesión que está dedicada al misterio de Israel. A pesar de que San Pablo siempre fue racional y culturalmente un hebreo, siente compasión, con esperanza y ternura por el problema del destino de la nación elegida. Sobre todo en la perícopa de hoy (9, 1-5), propone en términos conmovedores y muy limpios la cuestión de la incredulidad de Israel. El “gran dolor”, “la aflicción continua” que San Pablo tiene “en el corazón” (v.2) por su misma estirpe según la “carne” lo lleva finalmente en el v.3 a pronunciar una paradójica auto-maldición: “Pues desearía ser yo mismo maldito, separado de Cristo, por mis hermanos, los de mi raza según la carne”. Este párrafo se convierte en un canto de la grandeza de Israel de la cual el apóstol presenta ocho privilegios inestimables y siempre crecientes, que son: adoptados como hijos, gloria, alianza, legislación, culto, promesas, patriarcas y sobre todo “Cristo según la carne”. San Pablo ama y adora a este Cristo que en la doxología final (v.5) aparece como Dios, dominador de todo y bendito por todos los siglos.

SUGERENCIAS PASTORALES

1. Elías recibe una nueva misión muy clara sobre el sentido de su vida a través de una teofanía pedagógica construida en etapas. Dios no solamente es el fuego que hasta ahora había anunciado el profeta, sino también es la tierna brisa del amor y del silencio. Elías descubre un nuevo aspecto del misterio de Dios precisamente en los principios mismos del Israel (El Sinaí), en la soledad del desierto y bajo el signo del viento “que no sabe de donde viene ni a donde va” (Jn 3,8). Es necesario volver con frecuencia a la raíz de nuestra vocación a través del silencio. Es necesario retomar la sustancia de nuestra misión. Es necesario ver otra luz en el misterio de Dios y de nuestro yo. Y es precisamente así como tenemos la paz y la fuerza para emprender el camino de nuestra existencia, es decir, la que los teólogos de la tradición oriental llaman la esiquia (“el silencio”). El famoso teólogo ortodoxo ruso P. Evdokimov escribe: “Todo movimiento cesa y la oración misma cambia de naturaleza”. “El alma ora fuera de la oración” (San Isaac). La esiquia es el silencio del espíritu, es su reposo más allá de cualquier oración, la paz que supera toda paz. Se trataría de estar cara a cara frente a la eternidad, cuando Dios viene al alma y el alma emigra hacia Dios” (La Edad de la Vida Espiritual, Bolonia 1968, p.263).

2. Elías aprende en su reflexión a superar la simplificación de Dios, y por lo tanto, descubre un complicado misterio; por esto pierde la visión unilateral de Dios y de los hombres. Como se ha dicho en el comentario, hoy estamos invitados a superar la simplicidad, el fanatismo sectario, el integralismo, el autocompadecimiento farisaico y la superficialidad. Hoy estamos invitados a ser abiertos, humildes, tolerantes, discretos y dulces como el Dios de la brisa. La tempestad y la violencia bruta no son Dios, es más, como nos enseña el evangelio de hoy, se trata del mal que Jesucristo serena, como si se tratara de un fuerza demoníaca.

3. La cristofanía evangélica es la celebración de la fe como una lámpara en la noche, en la tempestad, en la zozobra y en el temor. El itinerario del creyente puede ser como el de Cristo: “Un camino sobre el mar” del mal, sin ningún tropiezo, si nuestro ojos y nuestro corazón están fijos en Él. Escribía D. Bonhoeffer: “El Sí y el Amén son el terreno seguro sobre el cual nos apoyamos. Continuamente perdemos de vista la razón por la cual vale la pena vivir, en este nuestro tiempo tan revuelto. Se nos ha concedido vivir continuamente cerca de Dios y en su presencia y por consiguiente, no hay nada imposible para nosotros porque para Dios tampoco hay nada imposible. Ninguna potencia terrena nos puede hacer daño sin el valor de Dios; Y la miseria y el peligro solamente nos llevan más cerca de Dios” (Resistencia y Rendición. Milán 1969, p.283).

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