Ciclo A

XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

Isaías 56, 1. 6-7
Romanos 11, 13-15.29-32
Mateo 15, 21-28

Es muy fácil enfocar el tema que coordina la liturgia de la palabra de hoy. La actualización ideal del tema podrían ser constituidos por la Declaración conciliar sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas y alguna página de la Gaudium et Spes.

En la proclamación del Tercer Isaías que se lee en la primera lectura encontramos una página del prólogo que es muy explícita: "A los forasteros… los colmaré de alegría" (56,6). A esta página se puede también unir aquella todavía más atrevida, contenida al final del libro de este profeta post-exílico que no puede concebir la comunidad hebraica en el estilo integrista de Esdras y Nehemias: "De entre los forasteros haré sacerdotes y levitas "(Is 66,21).

También el milagro de Jesús se orienta en esta línea universal. La mujer cananea tiene en verdad una fe "realmente grande" (Mt 15,28), que es una acotación propia sólo de San Mateo. También la perícopa de San Pablo tomada de la escena de la carta a los Romanos, en la cual se afronta el "problema judaico", es indirectamente una celebración de la universalidad de la salvación que, partiendo de Abraham, se difunde en bendiciones para todos los pueblos de la tierra (Gn 12,3).

Todavía para unirse a esta tesis, que fácilmente puede reconocerse como algo esencial para el cristianismo, se necesita pasar a través de algunas dificultades no marginales, "ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer… (Gal 3,28). Isaías que abre el Templo a todos los pueblos como "casa de oración" (56,7) exige la "no profanación del sábado", las peregrinaciones al "monte santo" de Sión son actos típicos que pertenecen al patrimonio cultural y tradicional hebraico. También el comportamiento de Jesús que frente a la mujer cananea vuelve a tomar los cánones de la ortodoxia judía, demuestra así que Jesús no es un ser desencarnado sino que está en continuidad con su cultura y su ambiente. Él implícitamente declara que la salvación "viene solamente de los judíos" (Jn 4,22) y, según el lenguaje oriental lleno de colorido, etiqueta a la mujer como "un perro" infiel. Igualmente San Pablo, "el apóstol de los gentiles" (Rom 11,13), no ignora que la raíz que sostiene al árbol de la Iglesia es hebraica (ésta es precisamente la imagen del olivo usada en el c. 11 de la carta a los Romanos) y define a Cristo "como servidor de los circuncisos" (Rom. 15,8).

Esta limitación debe entenderse exactamente sin la ligereza integralista que siempre puede resurgir. También la Iglesia primitiva ha vivido dramáticamente el problema de la admisión de los paganos a la mesa del nuevo pueblo de Dios, como dan fe el libro de los Hechos de los Apóstoles, el documento del Concilio de Jerusalén (Hech. 15) y la polémica paulina con los judeo-cristianos. Es indispensable redescubrir la apertura radical del cristianismo a toda criatura sin ninguna discriminación. Y así como nos enseña repetidamente San Mateo, también es indispensable sostener que el "verdadero Israel" ya no pasa a través de sus límites raciales, sino que solamente pasa en el ámbito de la fe. Es indispensable hacerse sensibles a los altos valores diseminados en religiones, cultura, mundos sociales diferentes de aquellos que son tradicionalmente cristianos. Es indispensable superar las barreras de los grupos de la comunidad que restringen el anuncio del evangelio a toda persona (Mt 28,19) invitando también a las personas del oriente y del occidente a que se sienten a la mesa del Reino de Dios (Mt 8,11). Es indispensable cuestionar a nuestras Iglesias cristianas sobre el riesgo del encerramiento en una comunidad de "puritanos" aferrados a unas tradiciones conservadoras. Es indispensable cambiar de uniones abstractas con pueblos lejanos y no fastidiosos, hacia verdaderas "curaciones" y verdadero diálogo con los vecinos que sufren, marginados y olvidados y con aquellos que un escritor católico contemporáneo llama "vecinos distantes".

También es muy justo, precisamente como lo ha hecho Cristo, que estemos tan encarnados en nuestra realidad y sin estar soñando, de tal forma que no reneguemos ni echemos a perder nuestros propios valores en un sincretismo tenue e indiferenciado. Es muy justo mantener la pureza de las "raíces" sobre las que hemos nacido. Es justo seguir el plan de salvación de Dios que pasa a través de la primera promesa y de la Iglesia, "instrumento universal de salvación".

Un exégeta anota que también en el milagro "Jesús pide a la mujer el reconocimiento de la prioridad de Israel para la salvación, porque ésta no es una ideología, sino que se inscribe en una historia" decidida y actuada por Dios" (J. Radermakers).

SUGERENCIAS PASTORALES

1. El tema del diálogo es ciertamente un reto que hay que tomar y en este compromiso la comunidad cristiana debe abandonar todo egoísmo. El mensaje cristiano es amor y respeto para cada hombre. El mensaje cristiano está destinado a cada hombre y no solamente a una secta de puritanos. El mensaje cristiano es apertura a todos los valores de la humanidad. Precisamente en esta línea se debe colocar el compromiso ecuménico.

2. El diálogo es una experiencia fundamental de la comunidad cristiana y debe ser conducido con inteligencia, amor y de forma gradual. El método del diálogo debe evitar los escollos del rigorismo integralista y también el del sincretismo casi indiferente. "El diálogo debe ser, sí, una pasión, pero puesta a prueba por el rigor de la mente y del espíritu", anotaba en su diario F. Mauriac.

3. El diálogo supone por lo tanto paciencia y espera, ya sea de parte del cristiano que debe condividir los tiempos de Dios y de sus caminos, que jamás son simplistas ni tampoco irrespetuosos de la libertad humana, así como también de parte de los destinatarios que deben aprender a escuchar y a ponderar con el deseo de la búsqueda. Precisamente la búsqueda amorosa y continua es un signo de humildad y de apertura interior que permite el encuentro al menos con los compañeros de viaje aunque no sean compañeros de habitación.

4. La liturgia de hoy nos invita también a unas formas precisas de dialogo que proponemos a continuación: La relación con los hebreos a quienes están destinados "los dones y la llamada de Dios" según la expresión paulina de la segunda lectura; la actividad misionera libre de todas las formas de proselitismo; la lucha contra las barreras de las razas, del color, de las pieles y de las culturas; la atención a los pobres y a los marginados, no precisamente "porque nos gritan a la espalda", como dicen los apóstoles del evangelio de hoy, sino porque ellos tienen por lo regular "una fe verdaderamente grande".

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