Ciclo A

XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

Isaías 22, I9-23
Romanos 11, 33-36
Mateo 16, 13-20

La famosa parte "eclesial" del c.16 de San Mateo forma el trasfondo de un oscuro cambio del poder en el vértice de la política en el reino de Judá (I lectura). En el único oráculo de Isaías destinado a una persona privada, la figura de Eliakim se convierte en el emblema de un nuevo poder confiado por Dios al hombre. Eliakim substituye a la intrigante Sebná en el cargo de primer ministro del Rey Ezequías. El profeta atento intérprete de la historia y de los signos de los tiempos nos invita a descubrir en los hombres de nuestra Iglesia y de nuestra historia la presencia salvífica de Dios quien ha decidido tener la necesidad de los hombres. Ahora Cristo confía a San Pedro, "piedra sobre la cual edificaré mi Iglesia"las "llaves", símbolo del poder y que también son una copia de los verbos cercanos "abrir y cerrar", signo de la función de la autoridad del gran visir oriental (Mt 16,18).

Es natural que no podamos en unas cuantas líneas recoger tantos y tan complejos problemas propuestos por la perícopa "petrina" de Mt 16, 13-20 que se leen en el evangelio de hoy. Existen cuestiones literarias"del evangelio del primado" sobre la autenticidad de Jesús (es decir, el origen de parte de Jesús mismo y no de la Iglesia primitiva de los vv.18-19). Hay una cuestión exegética ligada a la interpretación de las tres metáforas, la piedra (v.18), las llaves (v.19ª) y el binomio "atar-desatar" (v.19b). También existe una cuestión teológica sobre la relación entre la eclesiología de San Mateo propuesta por este texto y la eclesiología de Cristo y sucesivamente de San Pablo ("ningún otro fundamento sino Cristo Jesús" I Cor. 3,11).

Para un creyente que se siente vinculado a una comunidad no genéricamente espiritual sino encarnada en la historia y en las estructuras humanas, sería muy significativo y relevante profundizar estos interrogantes, enriquecerlos con nuevos conocimientos, iluminarlos con un mayor conocimiento a través de subsidios exegéticos y teológicos. Dando por supuesto este trabajo preeliminar, subrayamos el valor de los tres símbolos de los vv. 18-19, recordando que la característica de una fe histórica y "profética", como seria en este caso la bíblica, es la inserción profunda en la historia, lugar privilegiado de la revelación y de la salvación divina. Por consiguiente la encarnación es la raíz y la justificación del ministerio de San Pedro. Un ministerio que es un "fundamento" de roca conforme al nombre Kefa que Jesús mismo atribuye a Simón. Esta metáfora constructiva habla precisamente de unos cimientos irremovibles sobre los cuales gravita toda la construcción de los elegidos de Dios ("Iglesia" es la "convocación" que Dios hace a su pueblo"). Sólo Jesús y Pedro reciben este nombre en el N.T. Solamente ellos deben cumplir esta función no centralizante sino unificadora y defensora, haciendo de la Iglesia un organismo operante y armónico. "Dándoles un fundamento, Jesús no ha querido dejar a sus seguidores aislados y dispersos sino que ha querido reunirlos en una comunidad organizada" (O. da Spinetoli).

Las llaves de una casa, de una ciudad, de un tesoro, de la lectura de un texto, son el símbolo del poder en acción, ya sea que se trate del campo administrativo o del jurídico o del campo de la enseñanza. De ahora en adelante San Pedro deberá ser el canal a través del cual la palabra de Cristo, su acción salvífica y todos sus dones de amor continúan difundiéndose en la comunidad cristiana. Y el atar y desatar que es un símbolo jurídico, se convierte en la concretización de las "llaves". Las intervenciones del apóstol son interpretaciones y actualizaciones en el tiempo y para los hombres, de la voluntad salvífica de Cristo y de su juicio contra las estructuras mundanas perversas, no son puramente interpretaciones legales o rituales. No se trata solamente de una evocación del poder de perdonar los pecados que ahora ha sido dado "a los hombres", como dice la curiosa frase de Mt 9,8 después de la curación del paralítico (cfr. por el contrario Mc 2,12). Es una declaración más vasta sobre la función de amonestar, de exhortar, de formar y de salvar que San Pedro y la Iglesia (Mt 18,18) deben ofrecer a la comunidad de los fieles.

Este servicio que San Pedro debe dar a la Iglesia tiene su fuente en Cristo, que él mismo en la fe (y no en la "carne" ni en la "sangre") sabe reconocer como "Cristo el Hijo de Dios viviente" (v.16). La Iglesia recibe su primera configuración en Cesarea de Filipo. "Dios quiere santificar y salvar a los hombres no individualmente y sin ninguna relación entre ellos, sino que quiere construir con ellos un pueblo" (Lumen Gentium, 9).

Delante de este misterio de salvación que se actúa en la realidad de nuestra carne y de nuestro tiempo, brota de los labios del creyente la oración de alabanza. Podría ser la solemne doxología final con la cual San Pablo cierra la sesión en la carta a los Romanos dedicada a la "cuestión judía" (II lectura). Incluso la especulación más aguda y rigurosa queda vencida frente a la trascendencia de Dios. Solamente Él con su lógica perfecta e incomprensible para la mente humana sabe colocar cada origen, cada existencia, cada dinamismo de la realidad. Confiándose a "sus caminos" podremos encontrar sentido, paz y salvación. Y precisamente sus caminos pasan a través de los de su Iglesia.

SUGERENCIAS PASTORALES

1. El texto evangélico de hoy sostenido por el modelo simbólico de Isaías, es una especie de declaración-institución y de catequesis solemne sobre el papel eclesial de San Pedro. Su valor eclesial, mucho más allá de la discusión sobre su valor "papal", se convierte en un texto precioso para entender el proyecto eclesial de los evangelios, sobre todo el de San Mateo. Todavía se podría una vez más regresar a la lectura y a la profundización de la Lumen Gentium. Naturalmente esta reflexión debe transformarse en un examen de nuestra fidelidad al proyecto eclesial querido por Cristo.

2. La Iglesia es el signo histórico del Reino y es también su expresión visible, aunque los confines del reino pasen a través de líneas invisibles que son las líneas de los corazones. Hoy debemos contemplar y amar esta arquitectura del espíritu construida por Cristo partiendo de la sucesión apostólica del Papa y de los obispos, pasando a través del sacerdocio ministerial y del sacerdocio común, celebrando el esplendor de los carismas y la armonía de la unidad en un fundamento común, viviendo la gozosa posibilidad del perdón y del encuentro eucarístico.

3. Ciertamente así como Cristo salva y juzga, así también la Iglesia en su nombre "ata y desata". El simbolismo de las llaves y del "atar-desatar" (I lectura) se mueven exactamente en la misma línea. Sin embargo, definitivamente se debe enfatizar en el tema del perdón. Jesús les había amonestado: "Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas que cerráis a los hombres el Reino de los Cielos. Vosotros ciertamente no entráis, y a los que están entrando no los dejáis entrar (Mt 23,13). La Iglesia debe denunciar el mal y la injusticia, pero su destino primario es el de anunciar como lo hizo su Señor: "El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la buena nueva" (Mc. 1,15).

4. La Iglesia tiene como único punto de referencia a Cristo el Hijo del Dios viviente, profesado hoy por San Pedro y por toda la Iglesia. Como oración para esta jornada hemos seleccionado la anáfora de Giacomo Di Sarug usada en la liturgia sirio-antioquena: "Te ofrecemos, Oh Hijo a tu Padre y Tú te acoges a Tí mismo con el Padre y el Espíritu: Tú eres el que ofrece y que también recibe la ofrenda; Tú eres la ofrenda y el que es honrado por la ofrenda; Tú eres la primicia y también el pontífice; Tú eres el que muere y resucita a los muertos; Tú eres ofrecido por nosotros a Tí mismo; Tú eres quien te recibes a Tí mismo de nuestras manos".

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