Ciclo A

XXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

Jeremías 20, 7-9
Romanos 12, 1-2
Mateo 16, 21-27

El hilo conductor de la historia de Jeremías, del mismo Jesús, de Pablo y de cualquier discípulo cristiano, es la ofrenda de la existencia entera, conforme a las tres líneas que nos ofrecen las perícopas de hoy. Esta ofrenda se presenta en la "confesión" más célebre de Jeremías que ya encontramos y puntualizamos en el leccionario del domingo XII del tiempo ordinario y sólo puede ser rechazada "satánicamente" (Mt. 16,23) según la "mentalidad" y la "voluntad" de Dios (Rm. 12, 2). La voz del profeta nos produce un sobresalto por la amargura casi desesperada que contiene. Él recuerda, con una metáfora muy audaz, la hora decisiva de su vida: su vocación. En ese día, el Señor lo "sedujo" (20,7) tratándolo con una fascinación irracional como si sedujera con falsas promesas a un inexperto o a un incapaz (ver Jer. 1, 18-19). Jeremías se deja llevar de una forma muy simple por quien lo maneja. Casi llegando a la blasfemia, Jeremías acusa a Dios de villanía y engaño porque su ministerio profético solamente le ha dado "oprobios y menosprecios" (v. 8) ya que debe anunciar siempre y solamente desgracias y proclamar "violencia y opresión". La tentación de renunciar es muy fuerte y se convierte casi en una decisión: "No pensaré… no hablaré más" (v.9); pero la palabra de Dios es un incendio que quema hasta los huesos y que el hombre no puede apagar, como exclamaba San Pablo: "pobre de mí si no predico el evangelio" (1Cor. 9,16). Y así el profeta regresa a su "martirio" cotidiano consumiéndose por aquella palabra que lo quema.

Mateo inicia dos grandes partes de su evangelio con la expresión: "a partir de este momento Jesús comenzó…". Por una parte unifica el ministerio público de Jesús en Galilea (4, 17 - 16,20) y la parte actual lleva a la ofrenda total de la pasión y de la cruz.

Hay dos protagonistas de esta última sesión: Jesús y los discípulos en su camino hacia Jerusalén. El esquema literario de estos capítulos presenta este nexo (Jesús y los discípulos) poniéndolos siempre bajo la luz de la cruz. A los anuncios de la pasión (16, 21; 17,22-23; 20,17-19) sigue siempre un episodio centrado en los discípulos al que adjunta una enseñanza para ellos mismos y que tiene como sujeto la renuncia y el servicio (aquí está la tentación "satánica" de San Pedro). Este es el último tema del texto de los vv. 24-27 de la perícopa evangélica de hoy. Aquí veremos que se desarrolla una teología de la donación o "crucifixión" cristiana a través de tres afirmaciones. La primera (v.24) tiene como tema la cruz y es una invitación explícita a aceptarla hasta el martirio (como lo hizo Cristo) y que por otra parte, refleja la situación de la iglesia de Mateo perseguida por el judaísmo. "A vosotros se os ha dado la gracia no solamente de creer en Él, sino de padecer junto con Él" (Fil. 1,29). La segunda afirmación (v.25) está unida al paralelismo "salvar-perder" y "perder-encontrar". La renuncia y la donación no son un fin en sí mismas, no son un puro ejercicio ascético, sino que están orientadas hacia "encontrar el tesoro" del reino (Mt. 13,44).

Dándolo todo se encuentra todo en una dimensión definitiva. Esta última afirmación (v.26) está construida por una terminología de tipo económico ("ventaja", "ganancia", "perder", "cambio") y vuelve a tomar el tema muy valorado por Cristo de la decisión radical, libre de todo obstáculo o reticencia. Ninguna realidad, aunque fuera la más espléndida, puede equipararse al gran don de la propia persona arraigada en el reino de Dios.

Este también es el discurso de San Pablo en la declaración inicial de la sección exhortativa y moral de la carta a los Romanos (cc.12ss). El único culto del hombre justificado a través de la fe está constituido por el "ofrecimiento de nuestros cuerpos". El cuerpo es el centro de las tres reacciones fundamentales que unen al hombre con Dios, con su hermano y con las realidades de la tierra. La oblación genuina que hay que presentar a Dios no comienza con una secuencia de ritos obligatorios perfectos; es más, Dios refuta la compensación de ejercicios cultuales cuando no existe una actitud religiosa global que se verifique en la existencia diaria y personal. La teología profética proponía ya una relación indestructible entre la oración y la vida, entre la liturgia y la justicia (Os. 6,6; Is. 1, 10-20; Jer. 6,20; 7,21-25; Mi. 6, 6-8). Nuestro cuerpo se transforma en "Templo del Espíritu Santo" precisamente con la donación de la existencia entera (1Cor. 6,19) en el cual se celebra el "culto espiritual" perfecto. Y para ofrecer esta liturgia auténtica es necesario tomar una decisión.

Según la visión de la Biblia y de los judíos, la historia se desarrolla entre dos grandes eras, el "siglo presente" y el que habrá de venir. El presente se encuentra bajo el signo de la incertidumbre, de la fragilidad, de lo transitorio y del pecado. Cristo con su venida al mundo ha instaurado el reino futuro hecho de esperanza, de alegría y de paz. Este todavía no se realiza plenamente, pero el creyente puede encontrarlo ya en el tejido de la realidad presente y efímera en donde se encuentra escondido como una semilla. Para donarse a Dios, afirma San Pablo, es necesario no caer en la inercia de "este siglo" (v.2,) sino más bien proyectarse en un descubrimiento continuo dinámico y comprometido del futuro que la voluntad de Dios ya ha revelado e iniciado.

SUGERENCIAS PASTORALES

1. El camino del profeta y del discípulo es un camino de la cruz que conoce la oscuridad, el abandono, el silencio y hasta tal vez la "mors turpissima crucis", tal como dice el título de un ensayo exegético de M. Hengel sobre estas páginas. La lógica del seguimiento se traduce también en la lógica del "renunciar" y del "perder", la lógica de la libertad en donde se juega todo para poder obtener todo, que es Cristo. El mensaje de la donación y de la renuncia no son un fin en sí mismos, sino que se alimentan en el amor y se abren a la Pascua.

2. La catequesis litúrgica de hoy exalta también la vía de la gloria. Jeremías, habiendo llegado al abismo de su Getsemani, oye la palabra de Dios como un fuego que lo sacude y lo transforma. El ofrecimiento del "cuerpo" que propone San Pablo se hace "agradable" a Dios. Cristo sugiere un "perder" pero para "encontrar" y el final de la perícopa evangélica es una mirada luminosa a la Pascua y al juicio libertador (v.27). La solidaridad con Cristo sufriente desemboca en la solidaridad con Cristo glorioso. El dolor cristiano no es desesperado. El cristianismo no es una efervescencia de narcosis sino una fidelidad al rol cotidiano, al compromiso del cuerpo, a la amargura de la confrontación. Pero el yugo es ligero y suave, el sacrificio es aceptado y agradable a Dios, y el sufrimiento se transforma en un fuego de amor.

3. Después de la confesión de San Pedro sobre Jesús, de la lectura del Evangelio de la semana pasada, hoy tenemos la confesión de Jesús sobre San Pedro. El error del discípulo es el de "pensar no según Dios sino según los hombres". La lógica de las posesiones y del tener se enfrenta a la del amor y de la donación. "El concepto del amor se da en aquella leyenda hebraica que dice: un campesino se encuentra con otros en una hostería, después de haber permanecido largo tiempo en silencio, se dirige a uno de sus compañeros y le preguntó: por favor dime: ¿me quieres o no? El otro respondió: te quiero mucho. Y alternó el campesino: tú me dices que me quieres mucho y ni siquiera sabes de qué tengo necesidad. Si tú verdaderamente me amaras, lo sabrías. En efecto, amar a los hombres significa conocer sus necesidades y sufrir sus penas" (De la Leyenda del Baal Shem, fundador del movimiento espiritual de los Chassidim, recogida por M. Buber).

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