Ciclo A

XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

Ezequiel 33, 7-9
Romanos 13, 8-10
Mateo 18, 15-20

Ezequiel fue el poeta barroco y surrealista, "párroco" de los emigrantes hebreos deportados a Babilonia, creador de visiones y de símbolos fantásticos y apocalípticos y también capaz de atender a sutilezas como si fuera un jurista. La vida y la predicación de Ezequiel se encuentran divididas por el evento más trágico de Israel: la caída de Jerusalén bajo la armada de Babilonia (586 A.C.).

Antes de esta línea de división, su palabra es de una dureza implacable y manifiesta comportamientos tan extraños que casi llegan a lo patológico y también su palabra está dirigida a eliminar falsas ilusiones y a anunciar la ruina total de la nación hebraica. Cuando llegó del fin de reino de Judea, su palabra se transforma en un mensaje de esperanza y de reconstrucción. La perícopa de la liturgia de hoy pertenece a esta segunda fase (cc.25 ss). Ezequiel se presenta de una manera paralela a la del inicio de su vocación (3,17-19). Él es como un centinela que tiene la función de espiar el horizonte de la historia distinguiendo muy bien los signos ocultos, las huellas misteriosas, los amaneceres de la vida y los atardeceres de la muerte para comunicarle al pueblo, que es la comunidad de Israel. Su responsabilidad es fundamental y todavía se detiene frente a la libre elección de los ciudadanos que pueden permanecer indiferentes u hostiles a sus alarmas. Oseas escribía que el profeta es como el trompetista del ejército que "debe soplar fuerte la corneta" (Os.8, 1). Ezequiel precisa esta función militar enfatizando la importancia y el riesgo que reviste la misión profética frente a sus propios hermanos.

La misma responsabilidad le corresponde ahora a toda la comunidad cristiana, según la norma de la llamada Regla de la Comunidad recogida por Mateo en el cuarto Discurso de Jesús que constituye el esqueleto de su evangelio. Mateo está atento de una manera muy particular a la organización y al gobierno de la Iglesia. Ahora en este ámbito es indispensable preparar instrumentos pastorales que permitan el mantenimiento de la limpieza de la Iglesia, de tal manera que ésta permanezca siempre "sin arruga y sin mancha" (Ef.5, 27). Aquí se presenta la propuesta gradual para la corrección fraterna que refleja evidentemente una particular metodología pastoral (en el secreto, delante de testigos, delante de la Iglesia, la "excomunión") que sin duda hay que actualizar en los nuevos y diferentes contextos culturales. En el fondo de este enorme deseo de pureza en la caridad se encuentra el don del atar y desatar, confiado por Cristo a San Pedro (Mateo 16,18) y posteriormente a toda la comunidad apostólica (18,18). El reino es una institución de gracia; por consiguiente el poder eclesial expresado semánticamente en los dos verbos atar y desatar, también indicados por los verbos juaninos "retener-perdonar", están ordenados exclusivamente a la santificación. El exégeta Dupont escribe: "Mateo se preocupa principalmente del deber de la caridad pastoral, que deriva de la presencia de los cristianos pecadores en la Iglesia. Ellos son personas débiles que no podemos permitir que se pierdan, es más, hay una expresa petición para tener la máxima disposición para conducirlos por el sendero de la fidelidad". No por nada el contexto de esta perícopa nos propone la figura del pastor que corre ansiosamente a la búsqueda de la oveja descarriada. Solamente cuando la persona obstinada es tan orgullosa se le rechaza en forma total, es cuando el evangelio la llama "blasfemia contra el Espíritu Santo" y es cuando la Iglesia debe permanecer cerrada a los pecadores. Sin embargo esto se hace solamente después de un gran esfuerzo de múltiples ayudas y de catequesis.

De la liturgia de hoy nace un gran compromiso pastoral comunitario por los más alejados, un gran compromiso para ayudar en las limitaciones y los errores que son comunes a la vida de las personas y de la Iglesia. Nace también una celebración de la misericordia que no obstante la autenticidad que exige la fe, se opone a todo rigorismo excesivo. El poder de "atar y desatar" es ante todo un aceptar-perdonar más que una denuncia al pecado, como nos enseña el resto del c.18. Y también cada uno de los fieles, en la medida que se perdonen, serán "absueltos" por Dios: "Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Mientras más unida se encuentre la comunidad, es decir, sin divisiones, su oración se elevará a Dios de una manera más agradable. El amor se convierte así en el centro coordinador del culto y de la vida y es la actitud específica de la existencia cristiana.

El tema del segundo himno paulino a la caridad (Rm.13, 8-10: II Lectura) viene después del inalcanzable texto de 1 Cor.13. El apóstol considera al amor como la base de los mandamientos y de los consejos, es decir, de la parte existencial y moral de la carta a los Romanos. La caridad es el elemento coordinador de todo el cuadro ético sin el cual se convertiría en un desintegrado cúmulo de preceptos, o en un árido manual de imposiciones legalistas. "El amor es la plenitud de la ley" (v.10).

SUGERENCIAS PASTORALES

1. El tema de la corrección fraterna es clásico en la tradición cristiana y también sabemos que su ejercicio se convierte en un arte y supone humildad recíproca, amor auténtico, delicadeza y sensibilidad interior. Este compromiso en la práctica es un diálogo pastoral en el interior de la comunidad de los fieles que recibe esta ayuda para que la Iglesia sea mejor, así como lo presentan Ezequiel y San Mateo. El acto de la corrección fraterna no es solamente personal o puramente eclesial, sino que está sellada por la autoridad misma de Dios. Precisamente porque "Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva" es obvio que la acción pastoral debe conducirse sin hipocresías, sin petulancias, sin orgullo y sin luchas de poder.

2. El mal es una semilla siempre presente en el hombre aunque sea creyente. La Iglesia lo puede absolver en el perdón sacramental, pero en ocasiones la persona misma cae en el drama del rechazo, de la dureza, del fracaso en el acto de su propia conversión. Este realismo cristiano ciertamente no conduce a la Iglesia al fariseísmo, su mismo Señor ha elegido ser "amigo de publicanos y pecadores" (Mt.11, 19). Invita a la Iglesia a fortalecer su bondad, justicia y amor en el compromiso y en la superficialidad. La estrella polar que hace caminar a la comunidad cristiana sobre el camino recto es el amor auténtico, como nos exhorta San Pablo en su breve reflexión sobre la fidelidad al Decálogo.

3. El evangelio de hoy asocia tanto la dimensión horizontal como la vertical. La presencia de Dios ocurre precisamente donde hay una presencia de fraternidad. En el Talmud el rabí Hanina ben Teradion afirmaba: "Cuando dos están juntos y en medio de ellos se encuentra la palabra de la Toráh, la presencia divina se encuentra en medio de ellos" (Aboth III, 3). R. Fabris observa con precisión: "El énfasis en esta palabra evangélica no está tanto en la plegaria de la comunidad sino en la concordia, literalmente el griego lo traduce como un reencuentro: 'sinfonía' o 'sintonía', que es efectiva en la oración de los hermanos… Una comunidad reconciliada y orante es el lugar de la definitiva presencia de Dios que se revela como Salvador y Señor en Jesús" (Mateo, Roma 1982, pp. 392-393).

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