Ciclo A

XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

Sirácide 27, 30-28, 7
Romanos 14, 7-9
Mateo 18, 21-35

"Perdona las ofensas a tu prójimo y cuando pidas perdón, se te perdonarán tus pecados" (Sir 28,2: I lectura). "El Señor perdona tus pecados... no nos trata como merecen nuestras culpas, ni nos paga según nuestros pecados" (Sal 102: salmo responsorial). "Pues lo mismo hará vuestro Padre celestial con Ustedes si no perdonáis de corazón a vuestros hermanos" (Mt 18, 35: evangelio). "Perdona Señor nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden" (Padre Nuestro). A través de estas ideas tomadas de la liturgia de hoy se puede reconstruir con facilidad el hilo conductor de la reflexión propuesta a la asamblea cristiana: el perdón recíproco.

El Sirácide, "escriba" judío de principios del siglo II A.C. nos propone este compromiso. Su obra llega hasta nosotros en su traducción griega realizada por su nieto y fue reconstruida en una parte muy amplia a partir del hebreo original a través de recientes descubrimientos arqueológicos. Él podría definirse como un "conservador Iluminado" que busca actualizar la reflexión acerca de las demandas de una sociedad en evolución y que entiende los modelos y aportes "Iaicos", basándose en una teología sapiencial tradicional. El párrafo sobre el perdón y el rencor está redactado al estilo de la reflexión sapiencial y busca hacer confluir en la religión las necesidades concretas e inmediatas de la vida. El rencor en las confrontaciones con los hermanos se ubica como un obstáculo que interrumpe el diálogo con Dios (28, 3-7).

Esta dimensión "teológica" del perdón se presenta también en la parábola de la oración eclesial de Mt 18: la principal cláusula de la "Regla de la Comunidad Cristiana” es precisamente la de la corrección fraterna y del perdón. La radicalidad de Jesús no tolera precisiones legalistas, en cambio, presenta una opción fundamental que es la clave de lectura de este tema de la moral social cristiana.

Algunos textos bíblicos concedían el perdón hasta tres veces (Gn 50, 17; Am 2, 4; Jb 33, 29). San Pedro se presenta muy audaz reclamando el perdón hasta siete veces, pero Jesús, recordando el terrible canto de violencia pronunciado por Lámec en Gn 4, 24, exige el perdón ilimitado que se expresa a través de la cifra exorbitante de "setenta veces siete " (18, 22).

Y Jesús añade una parábola demostrativa basada en tres escenas y dos protagonistas: siervo y patrón (vv. 23-27); siervo y otro siervo (vv. 28-31); y patrón y siervo (vv. 32-34) a la cual sigue la aplicación de Jesús (v. 35). Toda la narración se fundamenta en la contraposición de los dos comportamientos: la deuda del servidor es inmensa, sin embargo, para el rey es suficiente un gesto de buena voluntad y lo perdona inmediatamente. El servidor, por su parte, tiene un colega con una deuda muy pequeña (cien denarios), sin embargo, su exigencia es implacable y no conoce la espera ni la tardanza ni la tolerancia. Dios en su infinita misericordia supera las expectativas de los hombres perdonándolo todo. El hombre revela su mezquindad comportándose como un tirano ofendido y tratando despiadadamente a su hermano por una deuda ridícula. Por eso, el discípulo de Cristo debe estar atento y dispuesto a perdonar reconociendo que él, antes que nada, fue perdonado de sus pecados por Dios mismo: "¡perdonados, perdonamos!", decía San Agustín. "Bienaventurados los misericordiosos, porque hallarán misericordia " (Mt 5,7).

Concluimos en este domingo la lectura de la selección de textos tomados de la carta a los Romanos. El último texto pertenece a la sección parenética (exhortativa) del escrito paulino y es como fondo necesario para comprender la afirmación precedente sobre el perdón. En la base de nuestra experiencia de amor y de vida está “Cristo que ha muerto y ha vuelto a la vida" (14, 9). La Pascua de Cristo es la fuente de toda la existencia cristiana "tanto de los vivos como de los muertos". San Pablo vuelve a tomar con pasión un tema que él ha continuado y desarrollado en ésta y en otras cartas: la pertenencia del fiel a Cristo en su existencia entera. Es como un abandono místico y laborioso a una corriente viva que nos conduce a Dios. "Con Cristo estoy crucificado y ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20).

SUGERENCIAS PASTORALES


1. No hay duda sobre la catequesis a la que nos invita hoy el leccionario. Se trata del compromiso del perdón dispuesto, ilimitado y generoso. Esta es la norma del comportamiento de Dios, y ésta debe ser la norma del comportamiento del discípulo. La parábola y el mismo debate entre Jesús y Pedro que la precede, tienen el fin de señalar el cambio de una concepción cuantitativa a una visión cualitativa del perdón. El verbo central es elein, "tener piedad, amor", que es la raíz del perdón que supera las leyes de la justicia rígida, de los intereses y del rigor inflexible. No existen límites o ‘casos’ cuando se juzga con amor. Nuestro modelo debe buscarse en el estilo de Jesús que acoge y rehabilita gratuitamente a los pecadores.

2. Todas las lecturas bíblicas de hoy son un llamado a romper la lógica de la venganza, la cadena del odio, la prisión del rencor y de la ira. Constituyen un llamado a reencontrar el amor y la generosidad, recordando nuestra pertenencia a Dios como imagen suya que somos: "Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos". En cada instancia de la vida, en la alegría y en el dolor y hasta en el bien y en el mal, el hombre no puede cancelar esta huella de Dios en él. La palabra creadora de Dios está oculta en cada hombre. El cristianismo exalta el esplendor del hombre sin detenerse; aunque el pecador pisotee su dignidad humana, siempre tenemos que esperar de él y de su capacidad de conversión. "Siempre debemos apoyarnos en Dios y en el hombre, más allá de la toda desilusión", afirmaba el filósofo francés E. Mounier.

3. Con este domingo se concluye la lectura antológica de la carta a los Romanos, la obra maestra teológica de San Pablo. Con cierto énfasis el exégeta alemán P. Althaus sostenía que: "Los grandes momentos de la Iglesia han estado marcados por los grandes momentos de la carta a los Romanos". Pensamos en el célebre comentario de Lutero que trazó el surco de división en el ámbito de la comunidad cristiana de Occidente. El pastor francés de M. Boegner, iniciando con la Carta a los Romanos la traducción ecuménica de la Biblia en lengua francesa, auguraba que "el texto paulino que es la raíz del choque teológico con Lutero, sea también la base del encuentro".

Para que el encuentro se realice, es importante que los cristianos mediten y profundicen con más frecuencia este escrito fundamental del cristianismo con uno de los muchos subsidios actuales escritos en lengua italiana (0. Kuss, ed. Morcelliana; P. Althaus, ed. Paideia; U. Vanni, ed. Paoline; G. Barbaglio, ed. Borla; H. Schlier, ed, Paideia).

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