Ciclo A

XXVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

Ezequiel 18, 25-28
Filipenses 2, 1-11
Mateo 21, 28-32

En relación con la introducción a la carta a los Filipenses que habíamos comenzado el domingo pasado, hoy continuamos la lectura de este cálido escrito paulino. La perícopa que meditamos hoy merece una posición de privilegio porque constituye uno de los textos clásicos de la cristología neotestamentaria. Se trata del himno pascual recogido en los vv.6-11 del c.2 y que muy posiblemente fue cantado en la liturgia de Filipo. Antes de citarla, San Pablo introduce una serie de cuatro “si…”, que presenta como una súplica afectuosa pero a la vez presionante, acerca de todo lo que es santo y lo que para él es más valioso. Es un llamado a la unidad en la humildad, la humildad que obstaculiza una especie de caries (Os.5, 12) que tritura la comunidad religiosa y que es la división sectaria. Lo que convierte a la Iglesia en una “unión de espíritus” (2,4) es precisamente la humildad, descrita negativamente en el v.3 (“nada hagan con un espíritu de rivalidad ni presunción”) y también de una forma positiva (“cada uno considere a los demás como superiores de sí mismos”). El gran ejemplo al cual hay que alinearse está en el fundamento de la Iglesia de Filipo; se trata de la figura de Cristo “siervo” que presenta el célebre himno siguiente.

El núcleo central del himno está representado precisamente por el contraste abajamiento-exaltación. Jesús ha entrado plenamente en nuestra humanidad sin valerse de su divinidad como un motivo de prestigio. Ha vivido como un siervo, como el siervo sufriente de Is.53 ha afrontado la experiencia de la muerte, la más infame de todas, la cruz. Pero la muerte no es la desembocadura definitiva de la humillación, sino que es la tierra que hace germinar el triunfo. He aquí la segunda parte del himno dedicado a la exaltación o “glorificación” pascual en el cual Cristo, según un esquema vertical, está “por encima de todo nombre”, Él es el Señor Salvador del universo entero. “A la oposición tradicional entre muerte y resurrección ahora se introduce (como en San Juan) la oposición entre el mundo de la cruz y el mundo celeste de la divinidad (X. Léon-Dufour). La humildad y la muerte se transforman para el cristiano en un instrumento fecundo de salvación y de gloria.

La obediencia total de Cristo, en la extraña parábola de los dos hijos, se contrapone a la obediencia distorsionada del hombre que en ocasiones llega hasta el rechazo. Esta parábola recuerda parcialmente la precedente de los obreros de la viña (ver el domingo pasado), o también aquella de los invitados que se excusan (Lc.14, 16-24; Mt.2, 1-10). El pequeño cuadro de vida familiar es lineal y común. Es algo muy paradójico que pone en contraste la desobediencia frente a la obediencia; esta última parece como si fuera una deferencia, equilibrio, sólo apariencia, que contiene una sutil rebelión interior; por el contrario, la desobediencia tiene una máscara de indisciplina pero tiene una sustancia válida y ejemplar. Si los fariseos de todos los tiempos se identifican en la categoría de formalistas, cuyo bienestar satisface sus vidas y gratifica su propia estima, por el contrario, la categoría de “rebeldes” abarca a todos los pecadores, los que no sufren, los indisciplinados en el campo de la ley. Entre las dos clases resuena la voz “paterna” de Cristo, una voz de conversión, de compromiso renovado y radical. Y se presenta aquí la verdadera paradoja: los bondadosos pensadores, los formalistas que continuamente tienen la ley y la religión en la punta de la lengua, se convierten ahora en rebeldes; mientras que los que antes parecían rebeldes reniegan del pasado y arrepentidos, se encaminan al campo para hacer un trabajo que hasta ahora estaba descuidado.

Ésta es en sustancia la consideración que Ezequiel hace en el famoso capítulo sobre la responsabilidad individual (c.18: I Lectura). El pasado que traemos en nuestra historia no es decisivo, ni tampoco “la herencia” del mal que la sociedad nos carga, sino que se trata fundamentalmente de la respuesta de conversión que nos demanda la palabra de Dios. Ésta, puede cambiar totalmente las situaciones. “No se trata de un ‘sí’ que sigue a un ‘no’, sino de un ‘sí’ que destruye al ‘no’, de tal modo que delante de Dios sólo existe un ‘sí’, una obediencia definitiva y decisiva” (L. Algisi).

Pero el himno paulino nos recuerda que también puede haber una tercera posibilidad. Se trata del modelo del hombre-Cristo “el Hijo de Dios, Jesucristo, no fue ‘sí’ y ‘no’, sino que en Él ha existido y existirá siempre el ‘sí’” (2 Cor 1,19).

SUGERENCIAS PASTORALES

1. El modelo que San Pablo presenta a los fieles es la obediencia en la donación de sí mismo, enfocándose en Cristo crucificado. A ésta se contrapone la falsa e hipócrita obediencia del hijo aparentemente generoso pero en realidad rebelde; ésta es superada por la obediencia más difícil pero más real del hijo aparentemente rebelde pero que al final resultó ser más generoso.

2. La obediencia significa humildad, cercanía con los demás, eliminación de la vanagloria, del propio interés y del gusto por el poder. El ministerio cristiano en todos sus niveles y formas es principalmente un servicio. Éste es uno de los leit-motiv de los documentos del Concilio Vaticano II. Cristo vino para servir y se ha hecho siervo de todos. María es la sierva del Señor, los santos “servirán a Dios en todas las cosas” (Lumen Gentium, n. 49), la Iglesia debe servir a todos en la vocación personal y social de cada hombre; los pastores han recibido de Dios una misión de diaconía (Lumen Gentium, n. 24), los cónyuges deben servirse mutuamente, la comunidad política está al servicio del hombre y cada hombre está llamado al servicio de la entera comunidad humana.

3. El evangelio de hoy nos invita a formarnos un criterio común para poder juzgar a los hombres. La medida del valor auténtico y escondido de cada persona está en las manos de Dios que ve el corazón. Cuántos sepulcros blanqueados de aparente obediencia esconden la muerte y el vacío. Las creencias del supuesto bienestar no nos dan la salvación. Por lo tanto aceptemos ahora la invitación de Cristo de no juzgar para no ser juzgados. Escuchemos también su llamado a confiarnos totalmente a Dios hasta nuestra última posibilidad, porque todo hombre siempre tiene la llama del amor de Dios en sí mismo, aunque parezca que se apague y se extinga. Cristo, en el camino del siervo de Yahvéh, no ha apagado la mecha que aún humea, sino que le ha puesto aceite nuevo para que otra vez pueda resplandecer (Mt.12, 20; Is 42,3).

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