| XXVII
DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTURAS:
Isaías
5, 1-7
Filipenses 4, 6-9
Mateo 21, 33-43
En
la Sagrada Escritura la viña es un símbolo claro
de Israel y de su historia (ver el salmo responsorial, sal.
79-80). Esta historia con su trama de mal y de bien, de fe
y de infidelidad está puntualizada en las dos escenas
paralelas del “canto de la viña“de Is.
5 (I lectura) y en la parábola de los viñadores
homicidas (evangelio) que conserva el eco del primer texto
(cfr. Mt. 21,33).
Esta
obra maestra de la literatura hebraica nace de un canto de
trabajo y de amor que en Is. 5 da testimonio de la experiencia
intima de una conciencia. Se trata de una acusación
directa que está dirigida a un hombre que se creía
sólo un espectador desinteresado. La primera estrofa
(v.1-2) insinúa una parábola agradable, muy
apacible, hecha de amor y de confianza. Pero inmediatamente
aparece la primera desilusión (“y esperó
que diera uvas buenas pero dio uvas agrias”). Se trata
de una desilusión que tiene la connotación de
la infidelidad nupcial. El ambiente de este canto otoñal
en el tiempo de la vendimia tiene en el primer versículo
los tonos del amor matrimonial. El profeta se presenta como
“el amigo del esposo”, mientras el propietario
y la viña se presentan como si fueran una pareja.
Un
tono triste envuelve toda la segunda estrofa (v.3-4), y se
convierte en el lamento de un enamorado desilusionado. Todo
el verso está centrado por el verbo “esperar”,
símbolo de la espera frustrada (vv.2.4.7). Los espectadores
están invitados a emitir un juicio claro y objetivo
de la conducta de la viña; en la tercera estrofa (vv.5-6)
se asombran de la severidad del juicio tomado por el patrón
que estaba muy enojado, sin embargo, comparten su opinión.
Y por esto irrumpe la última estrofa de una manera
terrible (v.7): Nosotros somos esta viña que hemos
juzgado tan tranquilamente. Nuestros actos nos condenan y
esta autocondena exige la sangre con que sustituimos la justicia
y también nos condenan las personas oprimidas que dan
testimonio de nuestra falta de rectitud.
El
llamado se transforma en algo aún más duro y
exigente en la parábola de Jesús que es una
síntesis muy cuidadosa de toda la historia de Israel.
Los viñadores encarnan a los jefes del pueblo hebreo,
los siervos invitados son los profetas, la figura del patrón
habla de la relación con Dios. Y precisamente con el
hijo del patrón es donde la narración alcanza
su vértice, igual que con Cristo, la historia de Israel
da una vuelta decisiva. Jesús, después de haber
narrado la historia del Antiguo Testamento ahora relata su
historia y la del Reino. Y esta historia es una secuencia
de rechazos, de negaciones y de delitos. Se trata de una alegoría
introducida por la Iglesia primitiva, es como Jesús
mismo siente que le pasa cerca la misma muerte, la respira
en las maniobras y en los complots que sus adversarios le
van tejiendo a su alrededor. Jesús revela esta conciencia
de su destino no sólo como un último llamado
a la conversión, sino que la revela sobre todo para
presentar el misterio del pecado y de la obstinación
de los hombres sobre los cuales pende el juicio inexorable
de Dios. Con este último y decisivo rechazo, Israel,
símbolo del pecado y de la incredulidad humana, se
ha puesto fuera de la historia de la Salvación que
pasa a través “de otros viñadores que
entregarán los frutos a su tiempo” (vv. 41 y
43). “El verdadero Israel” constituido por los
fieles y por los pobres del Señor se continuará
en la comunidad cristina biológicamente diversa por
la raza, por la cultura y por la mentalidad, pero teológicamente
idéntica a los hebreos fieles que acogieron la voz
de los profetas y creyeron. La Salvación es la aceptación
del Hijo, “piedra angular” (v-.42) sobre la cual
“toda construcción crece bien ordenada para ser
templo santo del Señor” (Ef. 2, 21).
San
Pablo también hace su contribución a la construcción
de esta nueva historia de fidelidad con una serie de consejos
que concluyen su escrito a los Filipenses (4, 6-9: II lectura).
La oración genera serenidad y alegría aún
en medio de las “angustias” (v.6) porque lleva
consigo la paz mesiánica, paz que supera toda espera,
que hace palidecer la paz que el mundo ofrece (v.7). A este
movimiento de la gracia, que se efunde en nosotros, corresponde
el compromiso cotidiano y concreto que el apóstol ejemplifica
en el breve catálogo del v.8, proponiendo su testimonio,
que es intachable, así como los contenidos de su catequesis
(v.9). “Y el Dios de la paz estará con vosotros”.
SUGERENCIAS
PASTORALES
1. La desilusión de Dios está
implícitamente expresada por Isaías con un
juego de palabras del hebreo original: “esperaba de
ellos justicia (mispat) y hay esparcimiento de sangre (mispah);
esperaba rectitud (sedaqah) y hay gritos de los oprimidos
(seaqah)” (v.7). La injusticia es la respuesta negativa
en la que el hombre se opone a la esperanza y a la confianza
que Dios ha puesto en él.
2.
La desilusión de Dios crece en la parábola
porque el rechazo es total y llega hasta el asesinato del
Hijo. Pero la esperanza de Dios no muere nunca. La viña-reino
es ahora entregada a un pueblo nuevo. Siempre existe en
la historia un pequeño resto fiel que no desilusiona
la esperanza con que Dios nutre al hombre.
3.
El dinamismo de la Salvación es doble supone
el movimiento del agricultor que planta y cuida la viña
e implica, por consiguiente, la respuesta de la viña
en espera de sus frutos. La gracia y las obras se entretejen
en la armonía de un diálogo. La viña
improductiva no tiene sentido y por esto se hace el juicio.
San Pablo, en la perícopa de la carta a los Filipenses,
hace una lista de las exigencias morales de Dios con ocho
términos: verdadero, noble, justo, puro, amable,
honrado, virtuoso, digno de alabanza.
4.
La historia de los viñadores nos propone
que no nos hagamos ilusiones tratando de reivindicar el
de propiedad de la salvación y de la verdad. Estas
ilusiones son y permanecen como un don que se efunde mientras
más crece el diálogo de amor. “Yo soy
la vid y vosotros los sarmientos. El que permanece en mí
y yo en él, dará mucho fruto” (Jn. 15,5).
“Siempre es impresionante pensar cómo muchas
de las comunidades cristianas florecientes en los primeros
siglos del África y del Asia menor, hayan sido borradas
de la faz de la tierra y de ellas no nos queda más
que el nombre y el recuerdo. ¿Qué podrá
quedar de las comunidades cristianas de occidente dentro
de algunos siglos?, ¿Se hablará de nosotros
tal como nosotros hablamos ahora de la Iglesia de Pérgamo,
de Filipo o de Hipona, es decir, como las Iglesias del pasado
cuyo recuerdo sobrevive solamente en la memoria y en los
monumentos?, ¿La mecha de la fe y de la elección
pasará a manos de la nueva Iglesia de África,
de Asia o de la América Latina?” (Misal de
la Asamblea Cristiana, Turín 1973, p.771).
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Aviso
legal.
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