| XXVIII
DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTURAS:
Isaías
25, 6-10
Filipenses 4, 12-14. 19-20
Mateo 22, 1-14
En
esta liturgia se presentan la parábola de la viña
y la complementa otra parábola que es una imagen fundamental
en la teología bíblica: la del banquete, signo
de comunión, de diálogo y de intimidad: “Tú
preparas la mesa delante de mí… mi cáliz
reboza (Sal. 22/23: Salmo Responsorial). Para comprender el
valor del trasfondo bíblico del cual parte Jesús
con la parábola que hoy se nos propone, es útil
presentar la primera lectura: “El canto del banquete”
inscrito en el llamado “Apocalipsis mayor de Isaías”
(cc 24-27), que es una de sus obras tardías.
En
el monte Sión el Señor prepara un banquete suculento,
real, los invitados son todos los hombres sin distinción.
Ellos, antes de llegar al banquete deben quitar su ceguera,
que es un velo de lágrimas que empaña su vista,
y también es la miseria humana que se debe aniquilar
(v.7). La liberación comprende un aspecto negativo
que es la aniquilación de la muerte, maldición
original del hombre (Gn. 3). El aspecto positivo, por el contrario,
es la comunión con Dios y la alegría perpetua
con Él (vv.9-10).
Jesús
vuelve a tomar este tema con particular predilección
tanto en sus acciones como en su predicación. Pensemos
por ejemplo en el banquete de la ayuda de Jesús y del
“signo” de Caná, pensemos también
en aquel de la alegría de la vocación de Mateo,
también en el perdón en casa de Simón
el leproso (la pecadora), el de la salvación de Zaqueo,
el de la amistad con Lázaro, pensemos también
en la sobreabundancia mesiánica en la multiplicación
de los panes, y también en la presencia en la última
cena y en la cena de revelación de Emaús y al
borde del lago de Tiberíades. La comida está
presente como un símbolo en las declaraciones de Jesús
acerca de la comida y la mesa (Lc. 14,10), en las bodas de
la parábola de las diez vírgenes (Mt. 25), en
la frase sobre el ayuno de (Mc. 2,19) o de aquella otra de
(Mt. 18, 11-12) acerca de la llegada de todos los pueblos
a la mesa del reino. También está presente en
la parábola de los siervos que esperan a su Señor
(Lc.12, 35-37), de la gran cena (Lc. 14, 16-24) y también
en la perícopa de hoy de san Mateo.
Esta
perícopa está formada por dos parábolas
conectadas entre sí: la primera es la de los invitados
a la gran cena que también es conocida por San Lucas,
y la segunda que es típicamente de Mateo y tiene su
enfoque en el simbolismo de los “vestidos” (indicativo
de la dignidad de una persona) y se agrega a la primera como
su epílogo.
El
tema fundamental de la primera narración es simple:
ante la salvación que ofrece Cristo, las reacciones
son antitéticas, con rechazo por un lado y acogimiento
por el otro. Los primeros invitados, es decir, los privilegiados,
responden con indiferencia, con pretextos y conforme a la
gradación típica de la narración, hasta
con fastidio, hostilidad y desprecio (v.6). Es la reacción
de los que escuchan a Jesús. El momento de la invitación
lo toman con irritación porque contiene una demanda
excesiva para los que son superficiales y egoístas,
es decir, exigiendo que el reino de Dios sea lo más
importante para ellos; es una exigencia apremiante, una exigencia
comprometida.
Y
aquí ocurre un cambio inesperado en la parábola.
El plan de Dios no se suspende, el ofrecimiento no se apaga,
es más, resuena con más intensidad entre los
personajes indeseables, de los cuales los hebreos se hubieran
cuidado muy bien para que no llegaran a su mesa purificada
y ritualmente intocable. Se trata de un mundo de pobres, de
gente que sufre, de emigrantes dispersos por las sendas del
mundo (la escena es todavía más vivaz y detallada
en San Lucas c.14). Ahora se presenta la nueva comunidad de
las Bienaventuranzas ante la arrogante autosuficiencia de
los que se sentían depositarios de la elección
y de la salvación y que ahora han sido excluidos para
siempre del reino.
Mateo
en la segunda parábola continúa: También
entre ellos puede nacer un drama, entre ellos puede estar
un falso discípulo que solamente Jesús puede
desenmascarar. Es el que grita “Señor, Señor”
pero que no hace la voluntad del Padre, es el que ha profetizado,
ha expulsado demonios, ha hecho milagros solamente con la
protección del nombre de Jesús (Mt. 7, 21-22),
es aquel que ha puesto “un parche de tela nueva en un
vestido viejo” (Mc. 2, 21) y es el que ha vaciado “el
vino viejo” del judaísmo en los “odres
nuevos” del cristianismo. Estos no pueden ser admitidos
al banquete de la nueva comunidad, la cual vive según
la “justicia superior”, comparada con la de los
escribas y fariseos (Mt. 5,20).
El
tipo ideal de este “invitado a la mesa del Cordero”
está sin duda presente en el breve texto autobiográfico
que concluye la carta a los Filipenses (II lectura) la vida
dura de misionero ha enseñado a San Pablo la total
disponibilidad a la voluntad de Dios que ahora lo hace pobre
y luego rico, después lo deja totalmente saciado y
luego hambriento; primero en la abundancia y después
en la miseria. Pero en el interior del apóstol está
Cristo: “Aquel que me da la fuerza” (v.13) como
si fuera un corazón que siempre late y siempre sostiene
su organismo y su aventura apostólica.
SUGERENCIAS
PASTORALES
1.
El primer asunto de la parábola de este
día es el tema del rechazo radical ofensivo y violento
al ofrecimiento de Dios. Se trata de uno de los grandes
misterios relacionados con la libertad humana. “ Feuerbach,
Marx, Comte y Nietzsche estaban convencidos de que la fe
en Dios desaparecía para siempre y que sólo
surgía en nuestro horizonte para no reaparecer nunca
más… Sin embargo Nietzsche permaneció
sepultado en su noche y todavía el sol no ha dejado
de salir. Marx aún no había muerto, Nietzsche
aún no había escrito sus libros más
fuertes como el otro hombre, tan talentoso como él,
pero en cambio Dostowvskij, un profeta más afortunado
anunciaba con gran fuerza la victoria de Dios en el alma
humana: su resurrección eterna” (H. De Lubac,
El drama del humanismo ateo, Brescia 1949, p.9). El fenómeno
del rechazo debe provocar la tensión de la Iglesia
y debe continuar haciendo el llamado como lo hacía
el Rey de la parábola; ya que Dios nace continuamente
en los corazones de los hombres.
2.
El tema de la comunión con Dios expresado
a través de la simbología de la comida también
es muy significativo. No basta ser “llamados”,
es necesario entrar en la plenitud de la “elección”.
En Ap. 19,8 está escrito: “los vestidos de
lino son las obras justas de los santos”. Teniendo
presente la constante preocupación de Mateo por la
coherencia entre fe y vida, ente palabras y obras, se puede
comprender también el valor de la fidelidad activa
encerrada en el símbolo de los vestidos. El número
de los llamados no es importante, los grandes tumultos oceánicos
que aclaman en una manifestación religiosa no son
decisivos. Claudel observaba, entre otras cosas, que la
verdad no tiene nada que ver con el número de personas
que ella misma persuade”. No basta la inscripción
externa o la pertenencia formal, sino que es necesaria la
opción vital, la adhesión de la conciencia.
3.
La liturgia de hoy a través de las páginas
de Isaías se abre también a un horizonte universal,
mediante el cual la salvación y el juicio se convierten
en un dato terminal de toda la historia. El tono escatológico
que empapa la primera lectura y que sostiene la perícopa
evangélica también se transforma en una clave
de lectura para vivir, comprender y hacer seguir la historia
en la cual estamos inmersos.
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Aviso
legal.
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