Ciclo A

XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

Isaías 45, 1. 4-6 1
Tesalonicenes 1, 1-5
Mateo 22, 15-21

Sobre el inmenso poder de Babilonia se proyecta de improviso una figura grandiosa: Ciro, nuevo rey de Persia, “expedito en sus acciones” (Is. 45,5). El reino terrible, que había sido la pesadilla de Israel y que su maldición cae irremediablemente (“Hija de Babilonia devastadora” exclama el Sal. 137). Ciro con su célebre edicto del 538 A.C. inicia una nueva política de enfoque más liberal: él quiere dar cohesión a su imperio no a través de la centralización sino precisamente promoviendo la autonomía y la emancipación de las diversas comunidades étnico-nacionales. También los hebreos, distanciados y finalmente cansados del estilo de Babilonia, pudieron regresar a su tierra para construir su propio hogar nacional. Para estimular a este pueblo cansado e indiferente se levanta la voz de un nuevo profeta cuyos escritos se recogieron en el llamado “rollo de Isaías” cuyo nombre desconocido, ha sido estudiado por los especialistas bajo la forma de “Segundo Isaías” (Is. 40-55). Su llamado es una aceptación de la propuesta de Ciro y el retorno a Palestina es cantado como un nuevo y grande Éxodo de la esclavitud a la libertad. La perícopa del c.45 (I lectura) es casi un salmo de entronización real en honor a Ciro, “Siervo del Señor”: El es llamado por su nombre (v.4) y es un “ungido”, es decir, consagrado como el rey y Mesías. En él se manifiestan la potencia y la superioridad de Dios que usa a Ciro como un instrumento de liberación para su pueblo purificado por el exilio. El Señor, por consiguiente, se revela también con Ciro como el supremo árbitro de la historia y del tiempo.

Este tema está presente de una manera central en el único pronunciamiento “político” expresado por Jesús y provocado por la cuestión tributaria (Mt. 22, 15-21: evangelio). El texto se inscribe en el gran preludio de la pasión con un encuentro agrio entre Jesús y los judíos. Aquí se abre un doble proceso: Jerusalén provoca a Jesús para poderlo juzgar y Cristo responde haciendo un juicio sobre Jerusalén. El contexto inmediato se refiere a la cuestión del tributo que las provincias ocupadas debían pagar al imperio central y que los zelotas, movimiento rebelde antiromano, buscaba por lo menos exceptuarse de tal pago. Más allá de todo esto, la imagen del emperador sobre las monedas constituía para el hebreo observante una causa de pecado de idolatría ya que violaba el principio del primer mandamiento (Ex. 20, 4). La astuta pregunta de los fariseos da lugar a una crítica a la autoridad del César, o por otro lado, a una crítica a la sumisión a Dios. La solución de Jesús es un cambio radical a aquello que buscan sus interlocutores: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, declara Jesús después de haber cumplido, como los profetas, un gesto simbólico a través de las monedas del tributo. Ciertamente Jesús reconoce una real consistencia del poder político al cual no niega su esfera de autonomía; pero la alusión que él hace en relación a la “imagen” impresa sobre la moneda pone el problema en un contexto nuevo. Mientras la moneda está sellada por la pertenencia oficial del emperador, o sea del César; el hombre está sellado por la imagen de Dios (Gn. 1,27). El hombre sólo se pertenece a sí mismo en su profundidad con Dios. El poder del Estado, por consiguiente tiene límites precisos que no se pueden traspasar, pero que desafortunadamente no son anulados en una teocracia integralista. A partir de la declaración de Jesús resulta un firme juicio a sus interlocutores quienes sometiéndose a discusiones vanas o apoyándose en un frío legalismo, se olvidan que el hombre se encuentra destrozado por las ofensas del Imperio.

Se descubre el señorío primario de Dios sobre la historia, y también nace el coraje de afrontar situaciones que a primera vista pueden suscitar estupor. No como sucede con el desapego sereno de los ermitaños sino con la fuerza de aceptar que ninguno puede decirse dueño del hombre, porque él posee en sí mismo el sello de Dios. Por consiguiente, el cristiano no es una persona que se retira, sino alguien que pronto ratifica su statu quo y más bien como aquel que denuncia todo régimen o persona o estructura que impida al hombre ser él mismo, es decir, “imagen de Dios” en la libertad y en la justicia.

La primera carta a los Tesalonicenses cuya lectura comienza en el leccionario el día de hoy (II lectura) es el documento más antiguo del cristianismo escrito extensamente en Corinto en el año 51. San Pablo había predicado en Tesalónica, capital de Macedonia, durante su segundo viaje en el año 50. La ciudad era un centro comercial floreciente por tratarse de un puerto y contaba entre sus habitantes con una colonia judía consistente. Y precisamente a ella se dirige San Pablo, según su primera estrategia pastoral, pero se encuentra con una brutal oposición, por la cual se vio obligado a transmitir el nuevo mensaje a los paganos que eran mucho más abiertos y sensibles (Hech.17, 1-10).

La perícopa actual es el preámbulo mismo de la carta. En ella podemos encontrar una radiografía sintética de la comunidad tomada ya sea en su dimensión humana como en su dimensión teológica. El compromiso humano se expresa por las tres virtudes teologales que florecen entre los creyentes de Tesalónica: la fe llena de obras, la caridad madura y la esperanza constante (el vocablo griego habla precisamente de perseverancia y paciencia en las contradicciones y en el rechazo).

La donación humana que sella Dios, la precede Él mismo con la elección a su pueblo (v.4) y se convierte en testimonio sobre todo por la “potencia del Espíritu Santo” (v.5), es decir, por los milagros interiores (conversiones) y físicos (curaciones) y las múltiples manifestaciones de los carismas. Con esta alma divina la Iglesia de Tesalónica crece y se fortifica porque “Él, Dios de la paz, os santifique plenamente, y que vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo…” (1 Tes. 5, 23).


SUGERENCIAS PASTORALES

1. El complejo debate sobre la fe y la política no puede ser resuelto de forma tan simple. Por desgracia la Iglesia en su historia reciente y pasada ha extendido su acción aún en la esfera que debería ser “del César”, teniendo en apariencia resultados positivos pero que en realidad más bien tiene efectos negativos. La tentación de divinizar, cubierta de diversas ideologías, aflora continuamente y corre el riesgo de quitarle el nombre “cristiano” a movimientos, partidos, instituciones transitorias, caducas y hasta corruptas. Por otra parte, es indispensable que la atención y la obra que la Iglesia desarrolla tenga también implicaciones histórico-políticas ya que tanto el compromiso religioso como el político, tienen al hombre como un mismo objetivo. La tentación espiritualista (sin compromiso), aísla y privatiza y hace renunciar al compromiso de servicio por la justicia, la paz y el progreso de los pueblos que la Iglesia debe desarrollar.

2. La advertencia de Cristo es muy concreta. Por una parte exalta la opción práctica de pagar los impuestos como deber humano, civil y por consiguiente moral. Esto mismo constituye una acusación precisa a la ligera y continua evasión fiscal practicada sin ninguna reserva por muchos cristianos, sobre todo los más acomodados. La legitimidad de toda esfera civil y política (la autonomía) se reconoce bajo el signo del dinero. Por otra parte, Jesús afirma vigorosamente la autonomía de la esfera religiosa y de la más grande dignidad humana que no puede ser violada por ningún poder político malicioso. La total dedicación a Dios en el campo de la conciencia no admite competencias (cfr. Mt. 6, 24; 22, 37). El César divinizado y la interferencia de lo religioso en lo político están por consiguiente contra la propuesta del evangelio. La fidelidad de la opción religiosa es la mejor garantía para un sano laicado con una práctica política sanamente laica.

3. La fe es fermento de la historia si se vive con toda intensidad. San Pablo a los Tesalonicenses habla “del compromiso de fe de la acción en la caridad y de la constancia en la esperanza”. El famoso místico islámico sufita Al-Ghazali, en su Carta al Discípulo, afirmaba: “la fe tiene tres dimensiones: fe y palabra con la boca; fe y verdad en el corazón; fe y obras con los hechos”.

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