Ciclo A

XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

Éxodo 22, 21-27 1
Tesalonicenses 1, 5-10
Mateo 22, 34-40

Israel en el Sinaí ha celebrado su alianza con Dios y ha descubierto que entre Dios y el hombre se puede establecer un diálogo y una colaboración para la realización de un proyecto común de amor. La iniciativa parte como siempre del Señor que se ha puesto en los itinerarios de la humanidad para encontrarla. Ahora la palabra es transmitida al hombre comprometido a no dejar que este diálogo se apague. Israel concretiza esta respuesta en el decálogo y en un conjunto de leyes llamado convencionalmente Código de la Alianza (Ex. 20, 22-23,19) del cual está tomada nuestra primera lectura. Naturalmente se trata de una especie de carta constitucional de la teocracia hebraica compuesta con material literario diferente tomando en cuenta su cronología y su origen, pero todos, redaccional y teológicamente llevados al Sinaí, lugar del nacimiento de la nación hebrea. Este conjunto de leyes revela una sociedad ya constituida y sedentaria y es presentada como una aplicación del decálogo a la múltiple y articulada trama de la vida religiosa y social de la nación hebrea.

La página que hoy leemos presenta una serie de preceptos ético-sociales centrados en tres clases de ciudadanos privilegiados de la tierra prometida: el forastero, el huérfano-viuda y el indigente; éstos son los ciudadanos que no tienen “defensor” (clan, padre o marido y abogados). Pero Dios ha decidido protegerlos y por esta razón la comunidad debe amarlos. Como dice el salmo responsorial (Sal. 17-18) tienen al Señor como único “libertador”, única “roca” y “fortaleza”; Dios se convertirá en juez impetuoso con aquellos que atentan contra su poder con la opresión (v.20), los maltratos (v.21), la usura (v.24) y los robos (vv.25-26). No estamos en presencia de una simple norma de filantropía intraracial, la referencia que hacemos a Dios transfiere nuestro compromiso social al ámbito religioso y cultual. “Aquel que oprime al más débil ultraja al que lo hizo“(Prov.14, 31). “La oración devota no puede ser un pretexto para dispensarse de las acciones, sino que más bien ésta exige a la vez una acción por aquellos que están más cercanos a nosotros” (D. Sölle).

Esta exigencia emerge con una fuerza todavía mayor en el texto evangélico. Sabemos que el inicio y la conclusión del ministerio público de Jesús están marcados por un impacto violento y polémico con el ambiente religioso de aquel entonces. Al principio de su ministerio, al menos cinco controversias abren la predicación de Jesús en Galilea (ver Mc. 2-3) y cuando ha llegado a Jerusalén para la última y definitiva estación de su vida, Jesús se encuentra cinco veces en un debate muy cerrado con los fariseos, con los teólogos y con los representantes jerárquicos del judaísmo oficial.

Y precisamente en este último contexto se inserta un diálogo que no es solamente polémico sino también es revelador de la originalidad absoluta del mensaje cristiano. El deseo innato del jurista y del rabino de clasificar, había ya extraído y catalogado de la Biblia más de 613 preceptos cuya jerarquía de valores alcanzaron formas maníacas de especulación abstracta en el círculo de profesionales de doctores de la ley que discutían pedantemente las formas de imponerlas. A primera vista parece como si Jesús se estableciera en esta postura formal, es cuando ofrece sus dos preceptos primarios. En realidad el comportamiento de Jesús es radicalmente diverso y saca de su centro toda forma de legalismo. Él no quiere presentar dos preceptos fundamentales, sino más bien ofrece la perspectiva de fondo con la cual se puede vivir la ley entera. No quiere imponer un contenido material, sino más bien dar un ámbito formal en donde se debe ubicar cada actitud, cada respuesta religiosa y humana.

No es el esquema de una escala de valores, sino que es la búsqueda de la esencia de cada experiencia religiosa y ética y es la postura en donde se debe basar la existencia entera.

Este espíritu del estilo de vida cristiano se obtiene sumando dos textos del A.T.: “Amaras al Señor tu Dios” (Dt. 6, 5) y “amarás al prójimo como a ti mismo (Lv. 19,18). El amor por Dios y por el prójimo se unen en una atrevida conexión de semejanza: “El segundo es semejante”, es decir, es tan importante como el primero; Aunque no son idénticos, es tan necesario como el primero. Para Cristo, la dimensión vertical (Dios) y la dimensión horizontal (prójimo) son inseparables, se cruzan y se vivifican recíprocamente y constituyen el “ser” cristiano total y genuino. Bajo esta postura cae la antítesis entre vida activa y vida contemplativa. El hombre encuentra una unidad y una completud que abarca el “corazón”, es decir, la conciencia, el “alma” (ser vital), pensamiento y acción, en otras palabras, el “como a tí mismo” del mandamiento paralelo sobre el prójimo.

El amor no es una simplificación de los múltiples preceptos y mandamientos, sino que es, como dice la imagen plástica del verbo griego “appendere”, la clave de interpretación de toda la ley y de los profetas (v.40). Se trata de la columna vertebral que recapitula y sostiene todo el actuar cristiano, no es una serie de obligaciones y de deberes extrínsecos, se convierte por el contrario, en la expresión de una opción interior global.

Haremos ahora una breve referencia al segundo párrafo de la introducción de la carta a los Tesalonicenses cuya lectura inició el domingo pasado. Continúa la descripción de la comunidad cristiana de Tesalónica, ejemplo para todos los creyentes de la Macedonia” (v.7). Esta imita a San Pablo porque acoge la palabra (v.6) con la alegría que constituye el gran don mesiánico. Imita también a San Pablo en la fuerza con la cual acoge las grandes tribulaciones y las persecuciones. Imita a San Pablo porque cumple con pasión la misión de la evangelización (v.8) en toda Grecia y más allá. E imita a San Pablo en el entusiasmo por la fe (v.8) y en la espera de la venida de Cristo (v. 10), espera que constituirá uno de los puntos fundamentales de la teología de esta carta. Imitar al apóstol es como ponerse en el seguimiento del mismo Cristo: “Háganse mis imitadores, como yo lo soy de Cristo” (1 Cor. 11,1).


SUGERENCIAS PASTORALES

1. Los emigrantes, las viudas, los huérfanos, los indigentes son los “privilegiados” de Dios ante los cuales Él es particularmente sensible. Las injusticias, la usura, la crueldad contra ellos se convierte en un grito que sube hasta el cielo para provocarlo. Por desgracia y frecuentemente también en los regímenes llamados cristianos “hay gente cuyos dientes son espadas y cuyas muelas son cuchillos para devorar a los hombres eliminándolos de la tierra y para quitar a los pobres de en medio de los hombres” (Prov. 30,14). Dios no es un emperador impasible e indiferente a las injusticias. La Iglesia no puede ser impasible e indiferente delante de la corrupción, de la iniquidad, de la opresión, de las miserias, de las explotaciones, de las alienaciones y de los imperialismos de todo signo político y de cada forma de aplicación. R. Alves, teólogo brasileño de la liberación observa justamente: “Para que la creación se realice no se deben de separar el sufrimiento y la esperanza. El sufrimiento es la espina que impide que nos olvidemos de nuestra tarea política que debe terminarse ya que está todavía incompleta. La esperanza es la estrella que indica la ruta a seguir. Sufrimiento y esperanza viven la una para la otra. El sufrimiento sin esperanza genera resentimiento y desesperación, la esperanza sin sufrimiento crea ilusiones, ingenuidad y embriaguez” (El hijo del mañana” Brescia 1974, p. 205).

2. El compromiso por la justicia, el compromiso total ético-social cristiano se basan en una actitud de la conciencia, en una actitud global del corazón que Jesús sintetiza en el Evangelio de hoy con la palabra amor, desafortunadamente muy mal usada. Esta dimensión radical de cercanía con el hombre que sufre la provoca el amor; la explicaremos con las palabras del dolor, basados en una lírica de Ungaretti muy iluminada y “cristiana”:

“Fa piaga nel Tuo cuore la Osma del dolore
che I’uomo va spargendo sulla terra
Il Tuo cuore e la sede appassionata
Dell’ amore non vano.
Cristo, pensoso palpito,
astro incarnato nelle umane tenebre,
fratello che t’immoli perennemente
per riedificare umanamente I’uomo,
Santo, Santo che soffri,
maestro e fratello e Dio che ci sai deboli,
Santo, Santo che soffri
Per liberare della morte i morti
E sorreggere noi infelici vivi,
ecco Ti chiamo, Santo,
Santo, Santo che soffri”
(Tutte le poesie, a cura di L. Piccioni, Milano 1971, pp. 229-230).

Nota del Traductor: Presentamos el texto italiano íntegro de Ungaretti para no maltratar su poesía. La traducción castellana que sigue, es una traducción “ad sensum”, sin atrevernos a versificarla.

La suma del dolor que el hombre va esparciendo sobre la tierra hace una llaga en tu corazón.
Tu corazón es la sede apasionada del amor no vano.
Cristo, latido pensativo, astro encarnado en las tinieblas humanas,
hermano que te inmolas perennemente para reedificar humanamente al hombre; Santo, Santo que sufres,
maestro y hermano y Dios que nos sabes débiles;
Santo, Santo que sufres para liberar de la muerte a los muertos
y resucitar a nosotros los infelices vivos,
a Ti te llamo; Santo, Santo, Santo que sufres.

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