| XXXI
DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTURAS:
Malaquias
1, 14 - 2,2.8-10
1 Tesalonicenses 2, 7-9.13
Mateo 23, 1-12
Una
de las preguntas más tradicionales y clásicas
es: "¿Quién se salvará?, ¿Quién
es justo?". El que observa escrupulosamente la ley de
Dios y la práctica religiosa oficial o el que escucha
la voz de los maestros y de los teólogos de profesión.
Estas afirmaciones parecen responder a la mayoría de
los judíos habituados pasivamente a respirar ese clima
religioso. Se aturden y se escandalizan por el violento ataque
que Jesús se atreve a lanzar contra los guías
espirituales de Israel. El debate se desarrolla en el ambiente
de un proceso silencioso pero muy palpable que la Jerusalén
oficial está tramando contra Jesús antes de
enfrentarlo realmente ante la magistratura ordinaria. Y luego
Jesús revierte la situación pronunciando Él
mismo, el acusado, un veredicto implacable contra sus jueces.
Se respira en esta perícopa (Mt. 23) la tensión
presente que vivía Mateo en su comunidad por la ya
irremediable fractura entre la Iglesia y la sinagoga.
En
esta página, como nos damos cuenta, se confrontan dos
Iglesias profundamente incompatibles. La primera estaba llena
de gente vanidosa, tradicionalista, ávida de poder,
que tenía la única intención de salvarse
ellos mismos, protegidos por la trinchera de las complicaciones
teológicas y por los sutiles sofismas religiosos y
jurídicos. De esta forma ellos mismos estaban convencidos
de ser la Iglesia justa que debía preocuparse solamente
de la imagen pública que ofrecía. Y por consiguiente
alargaban sus filacterias, es decir, las cintas de cuero que
se llevaban ritualmente bajo el brazo y se ponían sobre
la frente pequeños trozos de textos bíblicos,
ensanchaban sus vestiduras acordándose de las obligaciones
que según ellos marcaban la ley y la alianza, ocupaban
los puestos de prestigio intercambiando cumplidos y reverencias
y lucían todos los títulos académicos
que poseían.
Pero
hay una segunda Iglesia. A ella se acogen "aquellos que
todavía tienen un sentido del pecado" (Jeremías)
aquellos que asumen la propia vida como una relación
con Dios Padre. Sabían cuanto mérito tenían
cuando hacían una donación limpia y total. En
esta Iglesia estaba desterrada la presunción y se vivía
en la más completa hermandad. En la puerta de entrada
de estas dos Iglesias se convocaba a los hombres igual que
en el Antiguo Testamento. La sabiduría y la ignorancia
invitaban a los hombres a sus diferentes y contrapuestos banquetes
(Prov.9).
A
la voz de Cristo que está en la puerta de la segunda
Iglesia y de toda la Comunidad que se identifica con su voz,
se asocia la voz y el grito comprometido de la profecía
del antiguo Israel fiel. En la liturgia de hoy quedan comprometidas
las palabras de un profeta poco conocido de cuyo nombre aún
no tenemos certeza (Malaquias, que puede también ser
el mismo título del libro: "Anuncio del Señor")
y de quien todavía se discute su cronología.
Pero su voz es firme y sin resquebrajaduras de respetos humanos
o de cautelas diplomáticas: Él se dirige con
vehemencia a quien, dentro de la comunidad, ocupa una posición
de guía y de responsabilidad: a los Sacerdotes y a
los Levitas, a quienes reclama haber reducido el culto a un
vacío ritualismo exterior, el haber transformado la
convivencia social en un juego de intereses privados y el
haber transformado la mortificación de la genuina moralidad,
encubriéndola con la máscara del bienestar.
El mensaje del profeta está embargado de temor y este
mensaje es para quien reduce la relación con Dios a
un conjunto de gestos habituales envileciendo la verdadera
realidad de la alianza: "si no me escucháis y
no tomáis de corazón el dar gloria a mi nombre,
dice el Señor de los ejércitos, mandaré
sobre vosotros la maldición y cambiaré en maldición
vuestras bendiciones" (2,2).
Al
Sacerdocio de la segunda Iglesia pertenece también
Pablo, que en la perícopa tomada de la carta a los
Tesalonicenses (II lectura) describe en su autobiografía
cómo él concibe la misión cristiana.
San Pablo recuerda una tiernísima imagen muy apreciada
por la Biblia y por el mismo Jesús: la imagen materna:
(por ejemplo Sal.131) (Jn. 16,21). El apóstol debe
ser como una madre que no solamente comunica a su criatura
los dones más altos que posee, o sea el Evangelio,
sino también su misma vida (v.8) y San Pablo se asombra
de que los cristianos de Tesalónica se inclinen hacia
los misticismos sentimentales y apocalípticos que pierden
el sentido real de la donación cristiana, huyendo hacia
formas de piedad que se evaporan. La Iglesia de Tesalónica
siendo muy rica en dones y en fe se convirtió en el
lugar de espiritualismos orgullosos y alienantes con su espera
fanática de la venida gloriosa de Cristo. (v.13).
En
la descristianización progresiva de nuestra sociedad
hay solamente una Iglesia vital y materna que puede ofrecer
una esperanza a los que buscan con corazón sincero,
como aquella que soñaba Malaquias, luego anunciada
por Jesús y después vivida por San Pablo.
SUGERENCIAS
PASTORALES
1.
El retrato antitético de las dos "Iglesias"
judía y cristiana constituyen fácilmente un
llamado para verificar la autenticidad de nuestra comunidad,
así como el perfil de dos Sacerdocios: el ritual
y el "materno", además la definición
de dos perspectivas religiosas o de dos diversos compromisos
pastorales, el primero solamente sacral y el segundo existencial.
El riesgo de que la estructura prevalezca sobre el espíritu
siempre está presente. El compromiso primario, como
enseñan los Hechos de los Apóstoles, está
en el anuncio de la palabra, en la oración y en el
ejercicio de la caridad fraterna.
2.
El famoso paso del evangelio que hoy leemos está
lleno de indignación, Jesús denuncia de manera
directa y muy clara tres defectos que tienen el riesgo de
atacar a la misma Iglesia. El primero es el legalismo opresivo.
La fe es gozo, es adhesión y perdón, es esperanza
y paz. Quien vive la religión sólo como la
práctica de un sistema de leyes olvida que es, antes
que nada, gracia y libertad interior.
El segundo defecto es la incongruencia ("dicen pero
no hacen"). Se trata de una plaga dentro de la misma
comunidad cristiana: "no todo el que dice Señor,
Señor, entrará en el reino de los cielos,
sino aquel que hace la voluntad de mi Padre que está
en los cielos" (Mt. 7,21).
El tercer defecto es el exhibicionismo religioso o santurronería.
Por desgracia en la cristiandad la religión también
se utiliza para instrumentalizarla, usándola como
medio de conquista de privilegios sociales o de prestigio
político.
3.
En el texto del evangelio de hoy, en conexión con
las otras dos lecturas, aparece un rechazo al autoritarismo.
La verdadera autoridad no presume de títulos pomposos,
de privilegios ni saludos artificiosos, sino que se manifiesta
"rebajándose" como ha hecho Cristo que
ha venido para "servir". Este código de
la autoridad cristiana debe tomarse muy en cuenta por todos
los fieles en el ejercicio de su carisma específico.
Todos deben anunciar la alianza del Señor con fidelidad
(Malaquias), todos deben "ser amorosos en medio de
los demás como una madre nutre y cuida a su criatura"
(1Tes), todos deben darse a los demás con amor. En
la Iglesia no hay ninguna persona inferior, debemos tratar
a los demás con igualdad. "Él mismo dispuso
que unos fueran apóstoles; otros profetas; otros
evangelizadores; otros pastores y maestros
para la
edificación del cuerpo de Cristo (Ef. 4, 11-12).
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Aviso
legal.
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