Ciclo A

XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

Sabiduría 6, 12-16 (Vg. 6, 13-17)
1 Tesalonicenses 4, 13-18
Mateo 25, 1- 13

La atención de la liturgia se concentra en la parábola excepcional que constituye el texto del evangelio de hoy. Este texto es el fondo dentro del cual se coloca la figura completa de la "virgen prudente" que delinea el evangelio y está tomado del libro alejandrino de la Sabiduría, obra compuesta durante la Diáspora judía y abierta al diálogo ecuménico con la cultura "laica" griega. Con las imágenes habituales de la literatura sapiencial los versículos de la primera lectura renuevan la invitación a buscar con ilusión la sabiduría en cada instante de la vida (en el alba, en las noches de insomnio), en todo lugar (ya sea en el tiempo, ya sea en nuestro itinerarios o andando por la calle) y en toda actividad interior (investigación, anhelo, amor o en medio de cualquier reflexión).

Esta ilusión por la realidad anhelada está presente también en la segunda lectura tomada de la primera carta a los Tesalonicenses: ("yo duermo pero mi corazón vigila", como confiesa la esposa del Cantar de los Cantares). La espera de la Parusía de Cristo, es decir, el retorno triunfal como juez supremo la vivió la comunidad en forma agitada y de maneras desviadas y fanáticas. Recordando las enseñanzas que son la base del Kerigma y del Credo ("Jesús ha muerto y resucitado" 4,14) San Pablo nos vuelve a proponer el verdadero sentido de la esperanza cristiana. Ésta debe ser serena, paciente y sin dramatismos. El escenario grandioso de la Parusía no es más que un paso gozoso hacia la comunión eterna con el Señor que se presenta según los modelos y estereotipos de la cultura apocalíptica judaico-bíblica (vv. 16-17) y según las representaciones de los diversos tipos de muerte (aquellos que habían muerto desde hace muchos siglos y también los "sobrevivientes", es decir, la última generación que esperaba la Parusía): como dice el (v. 17): "Así estaremos siempre con el Señor". El cortejo que se mueve de la tierra hacia el Señor y que va acompañado de los símbolos tradicionales de las teofanías (nubes, trompetas, vientos, cielo) recuerda la marcha triunfal del éxodo hacia la cita con Dios ya no en el Sinaí, sino en la Jerusalén definitiva.

Algunos de los elementos que animan la parábola de San Mateo que hoy se lee son: la sabiduría, la espera, el cortejo nupcial, la noche, la aparición del esposo y el banquete. Dando por conocido el cuadro general de la narración, bastará con precisar los símbolos preciosos y limpios con los que está entretejida esta parábola. Principalmente el simbolismo nupcial, muy apreciado por la teología profética (si se piensa solamente en Oseas y en su expresiva crisis matrimonial). La relación hombre-Dios es tan íntima y personal que puede ser comparada con la relación de amor de dos novios o de dos esposos (Os. 2; Ez. 16; Cantar; Is. 54). Según la usanza matrimonial palestina el último día de los festejos al atardecer, el novio se iba con "los amigos", es decir, los intermediarios entre él y la novia durante su noviazgo y se dirigían a la residencia de la novia que esperaba su llegada asistida por sus compañeras de juventud y de virginidad. La paz de la noche se rompía con el movimiento de las antorchas, con el murmullo de muchas voces y de muchos ruidos y pasos. Cuando llegaba el cortejo del esposo, entonces se formaba una comitiva única hacia la casa del mismo esposo en donde se celebraba el matrimonio y se llevaba a cabo el banquete nupcial final. El grupo de las "vírgenes" esperaba ansiosa que en la lejanía se alcanzaran a oír los primeros ecos de las voces y las primeras señas de las luces del cortejo del esposo, de tal manera que pudieran salir a encontrarlo. Pero extrañamente el novio se demoró; el sueño, la emoción, la distracción impidieron a algunas de las vírgenes organizarse y no racionaron el aceite necesario para alimentar sus lámparas. Así empieza el aspecto de pesadilla que contiene la parábola: correr durante la noche a buscar un negocio abierto, ansiedad por la tardanza, el eco del cortejo del esposo y la esposa que se van alejando, la puerta de la sala del banquete que se cierra con un ruido sordo y definitivo y la voz áspera y llena de sospechas del esposo.

Así es como surge el contraste de dos símbolos opuestos: la vigilia y el sueño. El sueño hace alusión al sopor espiritual, a la frialdad, a la pasividad; ya no está en el círculo vivo de las relaciones humanas, sino que aparece como si fuera un cadáver. El estado de vigilia, por el contrario, es signo de diligencia, de tensión, de amor activo y de inteligencia (vírgenes "prudentes") como nos explica la parábola de Lc. 12, 35-40 que es un comentario ideal para nuestro texto. También San Pablo exhortaba en la misma forma a los Tesalonicenses: "no durmamos como otros, sino permanezcamos despiertos y sobrios" (1Tes. 5,6). "Ahora es tiempo de despertar del sueño porque nuestra salvación está ya cercana" (Rm. 13, 11). Se escucha ya la voz del esposo, es necesario estar preparados y atentos. El contraste sueño-vigilia tiene como atmósfera de fondo el símbolo noche-luz. La noche es el momento de la prueba y de la oscuridad en la cual "el alma anhela al Señor" (Is. 26, 9) en la esperanza de que al despertar el alba Él aparezca como una luz. La luz de la lámpara que ilumina la noche es signo de vida, de alegría, de encuentro con el esposo (Rm. 13,12: "la noche está ya avanzada, el día se avecina. Despojémonos pues de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz").

Ahora podemos intuir el valor del símbolo del aceite, que es signo de la hospitalidad oriental muy cordial, de la alegría y de la intimidad ("rocías con óleo mi cabeza y mi cáliz reboza" Sal. 23, 5) y también es signo mesiánico porque era usado en las consagraciones reales (Sal. 45, 8). Según los rabinos el aceite también era signo de las obras justas que permiten participar en el gozo mesiánico. Aquí se delinea otro contraste que es el límite de demarcación entre los invitados al banquete nupcial: sabiduría (vírgenes prudentes) y necedad (vírgenes necias); se trata de la antítesis sobre la cual se desarrolla casi toda la teología sapiencial y que está documentada de una manera vivaz por una colección de reflexiones recogidas en el libro de los Proverbios. La virginidad, signo de donación, de acercamiento a las bodas tan esperadas, por sí misma no es suficiente si no estuviera acompañada por la sabiduría, es decir, por una madurez global de humildad y de religiosidad.

El retraso del esposo es un elemento fundamental de la parábola; se trata de una invitación a analizar los signos misteriosos de la lógica de Dios: a pesar del retraso, estamos en el día de las nupcias y por consiguiente la espera debe ser siempre apremiante (Mt. 24, 27). Al darnos cuenta del retraso corremos el riesgo de impacientarnos por causa de la lentitud del Señor. O se convierte uno en fanático y desesperado como los Tesalonicenses, o por el contrario nos dormimos y caemos en la convicción de que la venida todavía está muy lejana y que conviene acomodarnos tranquilamente en nuestros intereses y en nuestra superficialidad. Es muy significativa la parábola del mayordomo narrada por Mt. 24, 45-51.

Para todos éstos "la puerta está cerrada" (v. 10). La puerta cerrada es casi una pequeña parábola por sí misma que en la fría respuesta de "no las conozco" (v. 12) tiene su propia interpretación. Atrás de aquella puerta cerrada se celebra el banquete nupcial, símbolo de alegría, de intimidad y de comunión, signo de la salvación mesiánica que se ofrece a los fieles, a los pobres y a los justos (Mt. 25, 21.23; Mt. 8, 11-12). Atrás de aquella puerta cerrada el rostro de Cristo se transforma de esposo a juez. Jesús nos dice en el Sermón de la Montaña (Mt. 7, 22-23) que no basta participar en sus fiestas en sus instituciones o en sus organizaciones para ser admitidos en la intimidad del banquete. La expectativa vigilante, la disponibilidad amorosa, la esperanza, el compromiso por el "camino angosto"(ver Lc. 13, 24-25) son los únicos elementos de verificación y de admisión. Y entonces la situación de esta parábola quedará totalmente revertida: "He aquí que yo estoy a la puerta y toco, si alguno escucha mi voz y me abre Yo vendré a él, comeré con él y él comerá conmigo" (Ap. 3, 20).

SUGERENCIAS PASTORALES

1. "La historia de las diez vírgenes que van a encontrar al esposo nos hace entender cuáles deben ser las condiciones de los discípulos o creyentes para que su encuentro definitivo con el Señor Jesús sea un evento de salvación y no de condena y que al mismo tiempo conduzca al cumplimiento del reino de los cielos. En este cuadro interpretativo el esposo es Jesús que al final vendrá como Señor. Entonces Él se revelará como juez que excluye de la comunión salvífica a los que no están listos. Las diez vírgenes que van a encontrar al esposo con sus lámparas encendidas son los discípulos, cuya luz debe resplandecer delante de los hombres para que vean las obras buenas y den gloria al Padre" (R. Favris, Mateo, Toma 1982, p. 495). Si quisiéramos especificar cuál es la condición del fiel podremos identificarla tomando como base los siguientes temas del leccionario de hoy:

- El aspiración continua por la sabiduría del corazón.
- La expectativa vigilante de la esperanza.
- La vigilancia de las obras de caridad contra el sueño de la inercia.
- La opción por la luz de la fe.
- El aceite de la justicia según la exégesis alegórica judía y patrística.
- La confianza en la resurrección como nos amonesta San Pablo.

2. El tema del retraso del esposo era muy escuchado en la comunidad cristiana de los orígenes como lo atestigua la carta de San Pablo a los Tesalonicenses. El apóstol ha acuñado una expresión particular para definir el comportamiento a seguir en esta espera prolongada: se trata de la virtud de la hypomoné: "la paciente espera". Hay que estar listos para analizar los signos misteriosos del actuar de Dios, hay que esperarlo aún que estemos en la oscuridad y en el silencio, en el dolor o en la lejanía. El famoso poeta francés Paul Valéry tiene una bellísima lírica que tiene en el centro estos versos: "Paciencia, paciencia, paciencia en el azul. Cada átomo de silencio es la promesa de un futuro maduro".

3. La parábola no conoce solamente la oscuridad de la noche sino que también conoce la oscuridad de la puerta cerrada. Hay un rechazo de Dios y un rechazo del hombre que se entrecruzan. La responsabilidad de cada hombre está tomada en cuenta por Jesús, cuyo mensaje fundamental es el ofrecimiento de la salvación, al que ocasionalmente se puede asociar el rechazo del hombre. La pastoral de la conversión libre y gozosa es uno de los primeros compromisos de la comunidad cristiana.

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