Ciclo A

XXXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

Ezequiel 34, 11-12.15-17
1 Corintios 15, 20-26.28
Mateo 25, 31-46

El esquema real era una de las analogías más comunes en toda la teología del Antiguo Oriente para representar el misterio de Dios que sentado sobre su trono del cielo alcanza a abrazar, guiar y gobernar al cosmos entero. Es obvio que se trata de una modalidad de pensamiento que habrá que variar, actualizar y recomponer en su genuino contenido teológico según las coordenadas culturales y sociales siempre cambiantes. El símbolo está presente en todas las lecturas de esta solemnidad que es bastante reciente instituida por Pio XI en el año 1925 y que se encuentra en el fondo de una categoría esencial de la predicación de Jesús: El reino de Dios. El señorío de Dios sobre el universo del ser significa muy sintéticamente tres afirmaciones conectadas entre sí: la trascendencia absoluta de Dios por la cual Él no puede quedar reducido a un objeto que se pueda manipular desde la esfera humana; su inmanencia o presencia en la naturaleza a la que llamamos "creación" y en la historia que ahora definiremos como "salvífica"; en fin, el sentido que tiene la realidad no está solamente confiado al hombre o a mecanismos ciegos, sino que está delineado por la mente de Dios según un proyecto unitario al que llamaremos técnicamente escatológico. Naturalmente la cultura contemporánea, fuertemente antropocéntrica, batalla mucho para entender esta visión porque está convencida más bien de los múltiples absurdos que existen en el mundo y del silencio de Dios. Las palabras de Monod el célebre autor de El Caso y la Necesidad son significativas: "El hombre ahora sabe, como si se tratara de un gitano, que está ubicado en los últimos extremos del universo en el cual debe vivir. Un universo sordo a su música, indiferente a su esperanza, a sus dolores y a sus crímenes. Cuando considero la corta duración de la vida, envuelta por la eternidad que me precede y que me sigue, el pequeño espacio que lleno alrededor de los inmensos espacios que ignoro y que me ignoran, yo me asusto, me maravillo de verme aquí más que allá. ¿Quién me ha puesto aquí?".

El creyente está invitado hoy a recuperar por el contrario el sentido profundo de la historia y de la materia a través de la revelación que Dios me ofrece. La página de Ezequiel que pertenece al segundo ciclo de sus profecías y que es un ciclo lleno de esperanza, dibuja a Dios bajo la imagen clásica del pastor y por consiguiente también la del rey, debido a que ya Homero llamaba a los soberanos "los pastores de las naciones". El texto se hace plenamente comprensible sobre todo a través de dos acotaciones. Una negativa: los pastores humanos, políticos y eclesiásticos con frecuencia son interesados y egoístas, más mercenarios y custodios de sus propios derechos que defensores enamorados de aquella grey (es la primera parte del c.34 de Ezequiel). La otra acotación es luminosa y está hecha por el mismo Jesús en Jn. 10: es la figura del "gran pastor de las ovejas y guardián de nuestras almas (Heb. 13, 20 1Pe. 2,25) que está presente con amor y pasión en su grey. Un guía que también es compañero de viaje (ver el salmo responsorial, el salmo del pastor), una realeza que se ejerce en la donación total de la cruz como nos explica vivamente San Juan en la narración de la pasión de Jesús. Deben observarse los verbos de las preocupaciones del Señor que están presentes en Ez. 34: "buscar, cuidar, contar, reunir de la dispersión, conducir a los pastos, hacer reposar, buscar la oveja perdida, conducir a la que se descarrió, curarla, curar las heridas, atender a la enferma, apacentar".

La frase final de la perícopa de Ezequiel prepara la grandiosa escena del rey-pastor-juez de Mt. 25 (Evangelio): "A ti, mi grey, dice el Señor Dios: he aquí que Yo juzgaré entre oveja y oveja, entre carneros y cabritos" (v 17). Así es como están ya listos los dos cuadros de la narración de San Mateo, dos cuadros paralelos y contrarios, uno tenebroso, y el otro luminoso. Si en la primera lectura se celebraba la "inmanencia" del Señor en su pueblo, en este solemne escenario se exalta su trascendencia que nos ayuda a descubrir el sentido profundo de la historia que hemos definido como escatológico, (no por nada el texto se intitula "el juicio final". Más bien haría falta hablar del "juicio" que hace la Palabra trascendente de Dios sobre la historia y en la historia).

El sentido que Dios quiere dar a la historia, queda encerrado en el amor, porque el primado de este amor aflora continuamente en la visión evangélica de la realidad en donde el hombre está convocado a actuar continuamente. El Señor ha cooperado en este proyecto de gozo, de amor y de fraternidad enviando entre nosotros a su Hijo, pero a todos y cada uno nos pide nuestra propia aportación. Quien responde a su llamado es el que ama a su prójimo aceptando así el proyecto salvífico de Dios, aunque teórica y exteriormente lo ignore ("¿Cuándo te habíamos visto hambriento, sediento, forastero o desnudo…?", v. 47). Con el amor nos convertimos en seres "trascendentes" como Dios, entrando en la "vida eterna" (v. 46) y ayudamos así a la historia a continuar su trayectoria "escatológica" diseñada por Dios. Precisamente esta es la perspectiva con la que San Pablo lee el drama de la historia en el capitulo de la 1 Cor. que está dedicado al destino del ser (II lectura: 1Cor. 15, 20-26.28). También para el apóstol se presentan dos esferas de humanidad la de Adán, pecador, que es la raíz de la muerte y de la soledad y la del nuevo Adán, Cristo, "Primicia" de vida y gloria para todos los que se adhieren a Él y forman con Él un único cuerpo. Pero el desenlace de este duelo está trazado por San Pablo en el diagrama global del ser cuyos grados convergen en perfecta unidad hacia Dios.

"Primero Cristo", después los cristianos definidos muy sugestivamente como "aquellos que pertenecen a Cristo"; después viene la grande y definitiva lucha de todo aquello que atenta contra el esplendor de la creación y del ser ("principados, potestades, potencias, enemigos, muerte") y así todo será sometido a Dios y en Dios todo encontrará su consistencia y su valor indestructible.

Los tres temas de la celebración de la solemnidad de Cristo Rey del Universo son la importancia de Dios, la importancia del hombre y la importancia de la historia. Y también nos da ocasión para buscar la soberanía indiscutible de Dios no en la lejanía sino en la proximidad del hombre. Escribía san Agustín en sus Confesiones: "Tu estabas dentro de mí y yo estaba afuera y te buscaba aquí, lanzándome impuramente sobre estas cosas bellas que también son tus criaturas. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo; me tenían alejado de ti las criaturas que sin ti ni siquiera existirían. Tú me has llamado y me has gritado hasta el grado de romper mi sordera. Tú has brillado y haz hecho resplandecer tu luz para ahuyentar mi sordera. Me has tocado y ardo en deseos de tu paz".

SUGERENCIAS PASTORALES

1. La gran promesa de esta celebración está ubicada en la centralidad que tiene Cristo en la liturgia y en la espiritualidad, en la lectura de la historia y en la lectura de nuestra propia existencia. Los fieles debemos hacernos un llamado interior que mire hacia la autenticidad de nuestra fe; esta fe debe estar fundada sobre el primado del Padre del Hijo y del Espíritu Santo oponiéndola contra la tentación de la superstición o de la superficialidad religiosa y contra los desequilibrios devocionales

2. El reconocimiento de esta fe auténtica, no ocurre solamente a través de la profesión de los labios sino sobre todo a través de la actuación del amor. Solamente así uno puede ser admitido en el reino. Se vive esa relación vital con Cristo que es lo específico del Cristianismo, en el amor gratuito y universal hacia los más débiles y los más pobres. El evangelio observa que la unión con Cristo a través de las obras de amor durante la existencia terrena, es en la práctica, el inicio de la comunión eterna con Él.

3. El leccionario de hoy también nos proyecta hacia el sentido último de la historia. También Ezequiel presenta un reino en el cual el pastor del pueblo no será un rey sino el mismo Yahvé. Mateo 25 es la celebración del juicio final en el cual se revelará el sentido de nuestro itinerario terreno y en el cual aparecerá la calidad real de la existencia de cada hombre. San Pablo en el admirable fresco escatológico del c.15 de la 1 Cor. diseña la armonía del reino hacia el cual nos dirigimos, una armonía que será siempre plena comunión ("Dios todo en todos"). Ni siquiera un fragmento del bien cae en el vacío, nada hay caótico y absurdo: Dios ha trazado un proyecto en nuestra trama histórica que con frecuencia se ve lacerada convulsivamente.

4. El cierre del año litúrgico se distingue por esta solemnidad que es semejante a un ábside en el cual domina la figura de Cristo Pantokrator. Bajo su mirada estamos invitados a ser un balance de nuestra existencia, de nuestras miserias y de nuestros esplendores recordando que la última palabra que Cristo pronuncia en el Evangelio que hemos leído durante este año es: "Yo estaré con vosotros hasta el final de los tiempos" (Mt. 28, 20).

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