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DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTURAS:
I
Sam. 3, 3b-10.19
1 Corintios 6, 13c-15a.17-20
Juan 1, 35-42
En
el centro de la liturgia de hoy, se colocan dos narraciones
de la vocación. La primera, tomada del libro de Samuel
quien es un personaje clave de la transición de Israel
de la estructura política tribal a la monarquía
y que está escrito mediante un sistema pedagógico.
En efecto, se trata de un “jovencito” (I Sam.
3, 1.8) que a través de una serie de lecciones poco
a poco llega a la comprensión de su destino. No se
trata de una vocación imprevista como ocurrió
en el camino de Damasco que rompe la normalidad cotidiana,
sino que se trata de un lento y progresivo aprendizaje.
Esto
inicia una primera llamada inesperada, en medio de la noche,
“cuándo la lámpara del Templo todavía
no se apagaba” y Samuel estaba acostado en el Templo
del Señor (v.3). La iniciativa siempre la toma Dios,
que es la raíz de toda vocación (“El Señor
llamó: ¡Samuel!”). La respuesta es inmediata
(“respondió heme aquí Señor”),
aunque todavía es una respuesta un tanto ciega (“corrió
hacia Elí y le dijo: me has llamado, heme aquí”)
y por consiguiente una respuesta que desilusiona (“no
te he llamado vuelve a dormirte”).
En
los (vv. 6-7) se repite la lección igualmente sin ningún
fruto. En la tercera lección (vv. 8-9), el sacerdote
Elí intuye la naturaleza de la experiencia del joven
y su comportamiento es el de un modelo del verdadero educador
espiritual que ayuda pero que no sustituye la experiencia
personal: “si te vuelve a llamar, le dirás: habla
Señor, porque tu siervo escucha” (v.9). Y por
fin aparece la última lección, la llamada decisiva
(vv. 10-14) ahora la adhesión al Señor será
precisa y madura y la misión se concretizará
inmediatamente en un oráculo de juicio (vv.11-14).
Samuel, convertido ya en la “boca” de Dios, es
decir en su profeta y portavoz, inicia el camino exacto de
su vida, un camino en donde todo es precioso y decisivo porque
“el Señor estaba con el” (v. 19).
La
vocación de los primeros discípulos es paralela
según la perícopa de san Juan (1,35-42). También
aquí la llamada esta inserta en la trama de los eventos
cotidianos y en los lugares que normalmente se ven llenos
de pequeñas experiencias: “vieron en donde habitaba
y aquel día permanecieron con él; Eran cerca
de las cuatro de la tarde” (1,39). Aquí también
la iniciativa es siempre de Cristo y por consiguiente de Dios.
Esta llamada se inserta en las inquietudes de una búsqueda
que el hombre tiene en el corazón: “¿a
quién buscáis?” (v. 38). Es como un descubrimiento
progresivo “venid y lo veréis” (v. 39).
La sucesión de los títulos cristológicos
usados por el evangelista indica también este progreso
desde las nebulosas creencias hebraicas hasta la intuición
del misterio divino. El ángel de Dios pascual, rabí-maestro,
Mesías-Cristo. También la pareja fundamental
de los verbos de nuestro texto quieren trazar este itinerario
de la búsqueda de la propia vocación: buscar-encontrar
y seguir-permanecer.
Igualmente
hay una presencia que nos ayuda y nos da la dirección:
Se trata de algunos educadores espirituales semejantes al
sacerdote Elí. Encontramos principalmente al Bautista
que con su proclamación “He aquí al ángel
de Dios” (v. 36) es como un indicador apuntado hacia
la solución que esperamos. Y también aparece
Andrés que “conduce” (v.42) al hermano
de Jesús. Con la ayuda de la mano de un hermano o de
un padre los pasos sobre el camino de la vocación se
convierten en pasos más seguros y más rápidos.
Y entonces aparece la llamada decisiva, que es capas de cambiar
el nombre, es decir, según la mentalidad bíblica
cambia la persona misma y su destino: “tú Simón
te llamarás Cefas” (v.42). El pastor “conoce
a las ovejas por su nombre y El las llama y ellas lo siguen”
(Jn.10, 3-4). No se dirige a una masa anónima, sino
a cada uno de manera personal y también exige una respuesta
personal y total (Hech. 9, 4-5) para un destino personal.
La
vocación es por lo tanto un diálogo entre dos
voluntades que se unen para actuar juntas en un proyecto común.
No se trata de una invitación para seguir una idea,
o un principio abstracto sino que se trata de un llamado a
entrar en relación con una persona. No se trata de
la adhesión general a un partido o a un movimiento
sino que se trata de un compromiso vital que transforma mente
voluntad y corazón. En esta línea se coloca
también el texto muy notable de san Pablo sobre el
impudor (Segunda Lectura).
La
primera carta a los Corintios es una radiografía de
una comunidad compleja y problemática, pero también
es una gran verificación sobre su vocación cristiana.
La estructura sociológica y cultural de Corinto era
semejante a la de nuestras metrópolis e introducía
en la comunidad cristiana ideologías, comportamientos,
estilos de vida incompatibles con el compromiso bautismal.
El “cuerpo” para un semita es el principio de
sostén y de coordinación de las relaciones humanas
fundamentales con Dios y con el prójimo. Por consiguiente
el cuerpo pertenece a Cristo, es más se trata de un
“templo del Espíritu”. No hace falta traicionar
la propia vocación cristiana alejando a Cristo de nuestra
existencia y vendiéndola al impudor.
Según
una constante de la teología bíblica, en impudor
no solamente indica un desorden sexual, sino que es un verdadero
y propio pecado de idolatría porque, como en el caso
pastoral de Corinto, tratándose de prostitutas sagradas,
el cristiano transfiere como si fuera un apóstata la
posesión de Cristo (el “cuerpo”) a un ídolo.
Se trata de un desecho sangriento que rompe la unidad de los
miembros del cuerpo de Cristo. El llamado conclusivo de san
Pablo para descubrir la pureza de la vocación cristiana
(“glorificad a Dios en vuestro cuerpo”) encuentra
su mejor comentario en Rom.12, 1: “los exhorto hermanos
por la misericordia de Dios, a ofrecer vuestros cuerpos como
sacrificios vivientes, santos y agradables a Dios; Este es
vuestro culto espiritual”.
SUGERENCIAS PASTORALES.
1.
El motivo dominante de la vocación que se
encuentra presente en el leccionario de hoy puede producir
una revisión de vida sobre la propia elección
personal. Esta opción envuelve a la persona entera
que con su decisión humana y cristiana adquiere un
nuevo nombre (Cefas), es decir su verdadero destino. Por
lo tanto debemos entrar totalmente sobre el camino de nuestra
propia vocación.
2.
El movimiento de la vocación es triple. Parte de
una iniciativa divina que nos arranca de la banalidad de
las cosas de todos los días para lanzarnos a una
aventura. La vocación por consiguiente es una separación
del pasado, sobre todo pecaminoso y también es un
riesgo (II lectura). El segundo movimiento consiste en la
respuesta gozosa: “buscar-encontrar” y seguir-permanecer”
son los verbos del camino con Cristo para poder entrar en
comunión con él. Con el tercer movimiento
se llega a la meta, uno se convierte en una criatura nueva,
con un corazón nuevo y con un “cuerpo”
purificado, templo del Espíritu. Es como la entrada
de Israel a la tierra prometida después de su “salida”
de Egipto y el camino del desierto.
3.En
esta experiencia existencia fundamental y decisiva se encuentra
también la ayuda de una mano hermana, la de un maestro
o la de un director espiritual: Elí, el Bautista,
Andrés son también otros modelos discretos
y respetuosos de la grandeza de la persona que se preparan
a asumir su propio destino. “El hombre es como un
alpinista que por causa de una roca sobresaliente no alcanza
a ver la veta que puede estar muy cercana o también
lejana. La esperanza lo invita a continuar la flojera lo
hace detenerse; Así es la decisión en la opción
por el propio destino. Y tal vez sea necesaria el empujón
de otra persona” (B. Russell).
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Aviso
legal.
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