| IV
DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTURAS:
Deuteronomio
18, 15-20
1 Corintios 7, 32-35
Marcos 1, 21-28
Para
hacer un breve análisis exegético de los textos
de esta liturgia de la palabra partiremos de Dt. 18 (I lectura)
que es un clásico de la teología mesiánica
al estilo “profético” (por Ej. El modelo
mesiánico del siervo de Yahvé). El texto pertenece
“al Código Deuteronóminco” (12,
1-26, 15) que es verdadera y propiamente “una predicación
sobre la Ley” y traza la fisonomía ideal del
profeta a la par de las otras instituciones como son la político-religiosa
de Israel (el rey, el sacerdote, el levita, el juez). Paradójicamente
la función profética aparece reducida a la esfera
“carismática” y situada en esta institución.
Más aún la estructura interior de su misión
se revela profundamente anclada a Dios. El profeta es el portavoz
de Dios su palabra eficaz y creadora como la del Señor
a tal grado que esta dote (la realización) se convierte
en único (no lo único) de los criterios de verificación
de la autenticidad de la profecía. La iniciativa es
de Dios: “Yo les suscitaré un profeta…”
(v.18). Las palabras son de Dios por las cuales el profeta
es arrancado de las coordenadas político religiosas
y colocado en una posición radicalmente trascendente:
“pondré en mi boca sus palabras y el dirá
lo que yo le ordene” (v.18). Y el juicio que Dios reserva
a quienes rechazan o persiguen al profeta es el mismo que
esta reservado al rechazo de Dios: “si alguno no escucha
sus palabras, yo le pediré cuentas” (v. 19).
Esta
muy claro que bajo esta definición altísima
del profeta la teología judaica pensó en entrever
los lineamentos de un Profeta por excelencia y no simplemente
la continuidad de la profecía después de Moisés.
El profeta “igual a Moisés” se convierte
ahora en el anuncio del Mesías y de la esperanza que
él habría traído a Israel (v.15). A partir
de este texto dedicado originalmente a la función profética
se ha desarrollado un modelo para interpretar la figura del
Mesías no en el sentido de un rey triunfante sino más
bien como un mensajero de Dios dispuesto a arriesgar la vida
por la Palabra de la cual es depositario. También en
tiempos de Jesús este tipo de espera mesiánica
estaba muy difundido a nivel popular. Se esperaba en el advenimiento
de un nuevo Elías (Mt. 11,14) o de otro Jeremías
(Mt. 16,14): “tú eres el profeta que debe venir
o ¿debemos esperar a otro?” (Jn. 1, 21). Ciertamente
esta tipología “profética” puede
ser significativa para delinear la misión de Jesús,
el “exegeta” del Padre, como dice sugestivamente
el prólogo de san Juan (Jn. 1, 18). También
la perícopa de san Marcos “evangelio” marca
con insistencia la misión “profética”
de Cristo: “se puso a enseñar. Se quedaban admirados
de sus enseñanzas, porque les enseñaba como
uno que tiene autoridad… una doctrina nueva enseñada
con autoridad” (Mc. 1, 21-22.27). Como es posible ver
estilísticamente esta definición de Cristo “profeta
eficaz, y por lo tanto portavoz auténtico de Dios (el
tema esta puesto en “inclusión” al principio
y al fin del texto), se puede decir a sí mismo que
esta definición es exacta pero que no agota totalmente
la personalidad de Jesús de Nazareth. Es más
en la impostación general del evangelio de san Marcos
cada definición o calificación de Jesús
siempre es parcial, es solamente una intuición que
pedagógicamente debe desarrollarse hasta la plenitud
de la comprensión pascual.
Por
esta razón en la escena del endemoniado Jesús
“grita” al espíritu inmundo que a su vez
también “grita” la definición del
Señor “Santo de Dios”. El auténtico
conocimiento de Cristo no consiste en aquel “grito”
ligado a la fama del taumaturgo, sino más bien la que
a través de un largo itinerario de escucha y de búsqueda
poco a poco se va consiguiendo (el “secreto mesiánico”).
Es un largo proceso de purificación obrado sobre estos
títulos que aunque son exactos son más bien
simplificadores, y por lo tanto presentan un proceso de penetración
de los mismos que llegan a su plenitud a la luz de la fe y
de la pascua. Es allí en la cruz, donde Cristo aceptará
aquella “fama” que ahora rechaza y que sin embargo
se difunde sin él saberlo. “La fe en Cristo,
escribía Pascal, es auténtica no en cuanto que
nace de un milagro sino en cuanto que esta generada desde
la cruz”.
También san Pablo es un “profeta” para
su comunidad lo es, a través de la secuencia de indicaciones
pastorales que él propone a las interrogantes y a los
problemas emergentes de la iglesia compleja de Corinto. Este
paso leído fuera de su contexto concreto es pastoral,
también puede ser un paliativo para ciertas visiones
puritanas y sexo fóbicas. En realidad san Pablo declarando
la legitimidad del matrimonio en el mismo c.7 de la 1Cor.
Se distancia de las posiciones espiritualistas radicales,
como entonces se separaba de la óptica muy laxa imperante
en la metrópoli comercial y marítima como lo
fue Corinto. La celebración de la virginidad cristiana
que entonces hizo san Pablo no la hizo tanto por el esta celibatario
en cuanto tal, sino más bien en cuanto que es una plena
y total donación por el Reino y por los hermanos. Por
consiguiente el estado virginal y el estado conyugal por si
mismos no constituyen la perfección. Son, no cabe duda
medios idóneos, aunque estén en diversos niveles,
para la dedicación a la “vida celestial “a
la cual estamos llamados desde esta existencia intramundana.
Precisamente por que la virginidad es en sí misma mucho
más explícita como signo de donación
siendo esta universal y total, esta debe transformar la perspectiva
de fondo de los creyentes. Paradójicamente tendremos
que decir que la virginidad-donación total (y no tanto
el simple estato fisiológico o ana gráfico)
es la ideal para vivir auténticamente el matrimonio
cristiano. Esto nos revela el esplendor del Reino en el cual
“no se toma ni mujer ni marido sino que se es como los
ángeles del cielo “(Mt. 22,30), “puestos
en el grado de participar en la alegría de los santos
en la luz” (Col. 1,12).
El
profeta y el que es virgen por amor son por consiguiente dos
cualidades del creyente como lo eran para Jesucristo. Así
son, pero no porque sean expresión de una profesión
o de un estado exterior, sino porque hacen brillar la radical
totalidad de la verdad y del amor evangélicos.
SUGERENCIAS
PASTORALES
1.
La profecía (I lectura) y la virginidad
(II lectura) no están en la visión bíblica
de las instituciones oficiales o de los estados civiles
sino que son expresión de vida y de carismas que
tienen la finalidad de exaltar el grado máximo de
donación a Dios y a los hermanos. El criterio de
verificación y de autenticidad será entonces
el amor.
2.
Jesús es profeta perfecto en cuanto que es la Palabra
definitiva de Dios: sus enseñanzas “evangelio”
son lámpara para nuestros pasos en el camino de la
vida. Los dos polos dentro de los cuales se debe desarrollar
cada reflexión pastoral o teológica son por
una parte, la Palabra de Dios dirigida a los hombres, y
por otra parte las cambiantes y concretas situaciones en
la cual se escucha se entiende y se encarna.
3.
Jesús es un profeta lleno de obras: El celebra
su misión de salvador del hombre integral y reconstruye
el mapa maravilloso de la creación original. Así
mismo el hombre que sana las miserias de la sociedad y que
es capaz de actuar con justicia es un artífice del
Reino. La unidad entre el homo religiosus y el homo faber
et iustus, constituyen el verdadero homo sapiens.
4.
Jesús sin embargo aparece como un profeta
misterioso. El evangelio de san Marcos es la historia de
un lento itinerario de la oscuridad a la luz. Cada hombre
que se pone en búsqueda es precioso a los ojos de
Dios, la intolerancia y el integralismo cancelan el alma
profunda de la fe que consiste en “ver la luz en la
luz” (Sal. 36, 10) a través de un proceso que
todavía es enigmático riesgoso y finalmente
dramático (Gn. 22).
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Aviso
legal.
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