Ciclo B

V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

Job 7, 1-4.6-7
1 Corintios 9, 16-19.22-23
Marcos 1, 29-39

El problema del sufrimiento es un problema que desde siempre atormenta al hombre de todos los tiempos y de todas las culturas. La Biblia, que es un espejo excelente de la condición humana, toma por su cuenta en grito de dolor que brota incesantemente de la tierra. Basta pensar en el hecho de que la tercera parte del Salterio está colocado bajo en signo del dolor y de la súplica que hacen elevar a Dios el interrogante que aparece siempre sin respuesta: “¿por qué?, ¿hasta cuándo?” (Sal. 38 por ej.). También la liturgia de hoy nos presenta algunas persas que sufren, la suegra de san Pedro y los otros milagros de evangelio, pero sobre todo Job. El representa el emblema del tema que a causa del volumen que recoge sus quejas, se convierte en una de las obras de arte más grandes de la humanidad. En realidad el libro de Job parte del dolor para orientarse en una línea totalmente distinta: por una parte la gratuidad de la fe y por otra parte el verdadero rostro de Dios que no es reconocido por los esquemas humanos. Job a través del camino oscuro del dolor se convierte en el modelo del creyente que ama al verdadero Dios en sí y por sí mismo, sin motivaciones interiores. Job permanece fiel, pero esto no significa que no asuma el aspecto escandalizante del sufrimiento. Sus palabras refutan las fórmulas fáciles de la teología tradicional que aquí esta encarnada por los amigos. El no se reconoce pecador y por con siguiente no ve la validez de la teoría de la retribución. El no acepta concebir a Dios en un esquema de pensamiento humano. Es Dios mismo quien debe revelarse en su actuar. Y el Señor acepta de comparecer ante el tribunal de Job revelándose como El es, no reduciéndose a las categorías de la sabiduría mortal. En esta lógica superior también el dolor tiene una colocación que la lógica humana rechaza y que no acepta como posible.

De este tipo es también la fe propuesta por el evangelio de san Marcos esta no es la secuela entusiasta basada sobre el prodigio milagroso, sino la respuesta gozosa a un llamado que exige desinterés. Por esto Jesús refuta la publicidad retirándose al desierto a orar y por esto los milagros que El hace no quieren ser una “prueba” que justifica el creyente. Más bien estos sirven para indicar el misterio que esta escondido en Cristo (el llamado “secreto mesiánico” de Marcos). Creer por consiguiente no consiste en hacer una definición aislada y exacta de Jesús como lo saben hacer también los demonios sino más bien adherirse a su persona poniendo en su lógica el camino de la cruz. Por esto la actitud de la verdadera fe se encarna en la suegra de san Pedro que una vez curada de sus malas se dispone a “servir” a Jesús y a sus hermanos (Mc. 1,31). El seguimiento en la vida y en el amor es el paradigma que verifica la autenticidad de la fe. San Pablo en la perícopa de la 1 Cor. (II lectura) que leemos hoy insiste sobre el tema de la gratuidad de la fe: “si yo predico por mi propia iniciativa el evangelio, tengo derecho a la recompensa, pero si no lo hago por mi iniciativa, es por lo tanto una misión que se me ha confiado” (1 Cor. 9,17). Gratuitamente llamado a la predicación del mensaje de alegría y de predicación san Pablo ejerce su misión con la misma generosidad. La recompensa es esta: “predicar gratuitamente el evangelio” (9,18). Precisamente como lo había declarado Jesucristo “discurso misionero” de san Mateo: “gratuitamente lo habéis recibido, dadlo gratuitamente” (Mt. 10,8). A la donación libre de Dios debe corresponder la donación libre del creyente. San Pablo nos cuestiona sobre la calidad de nuestra fe impidiéndonos alegar méritos o de subirnos al pedestal de nuestra fidelidad como pretendientes frente a Dios. Como escribía justamente A. Von Speyr, “la santidad no consiste en el hecho de que el hombre se de totalmente, sino en el hecho de que el Señor toma todo, y en un cierto sentido a despecho de aquel que el mismo ha elegido”. El evangelio mismo nos sugiere: “cuando hayan cumplido todo aquello que os he mandado, decid: somos siervos inútiles, hemos hecho nuestro deber” (Lc. 17,10).

En fin hay un dato íntimo que hay que revelar en las perícopas de hoy de san Marcos. El misterio salvífico de Cristo va mucho más allá de los confines de un clan o de los muros de una casa: “le llevaron a todos los enfermos; toda la ciudad estaba reunida frente a la puerta. Curo a muchos… hecho fuera a muchos demonios… Simón y los que estaban con él le dijeron: todos te buscan… Y anduvo por toda Galilea”. El dolor descrito por Job era un símbolo de la experiencia universal de la humanidad un dolor que en la noche se acrecienta transformándose en una pesadilla (7, 1-4) un dolor que tiene como una bahía hacia la cual convergen solamente la muerte y la tumba (7,6-7). Es Cristo quien se dirige a esta realidad humana universal, no lo hace solamente a algunos, sino a todos, comparte las ansias y esperanzas de todos los sufrimientos por todo para recuperar su idea principal: “que Dios sea todo en todos” (I Cor. 15,28). La totalidad de la fe y del amor primero se considero subjetivamente como la decisión del creyente; ahora en cambio es vista objetivamente en la misión que nace de la fe y del amor. Esta es la conclusión a la cual nos conduce san Pablo: “me he hecho siervo de todos para ganar el mayor numero de ustedes… me he hecho todo en todos… todo lo hago por el evangelio” (I Cor. 9, 21-23: II lectura)


SUGERENCIAS PASTORALES

1.- La totalidad esta en la raíz de la fe. En efecto el estar insistiendo en la perícopa evangélica y en la de san Pablo con el adjetivo “todos” y la experiencia “universal” del dolor encarnada por Job constituyen el punto de partida de reflexión en este sentido. La experiencia religiosa es una cuestión que toca a todos y que nos abre a todos: “ya no hay judío ni griego; ya no hay esclavo ni libre; ya no hay hombre ni mujer, para que todos vosotros seáis uno en Cristo Jesús (Gal. 3,28). La realidad humana universal esta coembuelta y es precisamente a toda la humanidad a la que debemos dirigirnos. El gueto ha sido destruido el muro de separación que relegaba en diversos sectores a paganos y hebreos en el Templo será irremediablemente destruido por medio de Jesucristo.

2.- La totalidad también es el objetivo de la fe. El “gratuitamente” de que habla san Pablo, el continuo estar curando de Jesús con el rechazo de toda aclamación popular, la generosidad sin querer ser colocados sobre un escenario taumatúrgico dan testimonio de la totalidad de la donación que la fe genera en el creyente.

3.- La totalidad es también la calidad del camino de la fe. En contra de las visiones económicas o consolatorias de la religión y contra su reducción a esquemas de receta teológica (las gentes que aclamaban a Jesús o los amigos de Job) se levanta el misterio de la fe pura que no consiste en entender simplemente un teorema teológico sino más bien en adherirse a una persona en el seguimiento de la vida y del amor. Escribía P. Evdokimov en el Sacramento del amor: “Dios no da ordenes sino que dirige indicaciones, llamados: escucha Israel. A los decretos de un tirano responde una sorda resistencia. De la invitación del Señor al convite la gozosa aceptación de los que tienen oídos. El elegido es uno que abre libremente la mano para recibir el don”.

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