| VII
DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTURAS:
Isaías
43, 18-19.21-22.24b-25
2 Corintios 1, 18-22
Marcos 2, 1-12
La
celebración del señorío de Dios sobre
la historia forma la nota dominante en toda la obra del segundo
Isaías (Is. 40-55).
Nos
encontramos presumiblemente en el siglo VI. Ya no es la Asiría
de Nabucodonosor, sino que el nuevo astro que refulge como
dominador de la historia es Ciro de Babilonia. En este momento
y desde hacía mucho tiempo Jerusalén estaba
destruida y su pueblo había sido deportado, pero las
primeras victorias de Ciro hacen presagiar la ruina del Imperio
Babilonia y también se presagia el edicto del año
538 con el cual el nuevo emperador permitirá los primeros
retornos al “hogar nacional” de Palestina. Para
el profeta es el inicio de una nueva era que separa definitivamente
el pasado del futuro. Como los patriarcas habían dado
inicio a la historia de la salvación, de la cual el
éxodo representa su gran final, ahora comienza un nuevo
éxodo cuyas maravillas eclipsarán al precedente
por lo cual ya no vendrá más al pensamiento
“recordar las cosas antiguas”. Dios mismo estará
a la cabeza del cortejo de los repatriados: “estos ya
no tendrán ni hambre ni sed y ya no los afectara ni
las quemaduras ni el sol (49,10).
La
historia de la salvación no es un refugio nostálgico
o un pasaje que no regresa más, sino que es un mensaje
de esperanza que destaca la gloria del “después”
de Dios que nadie puede imaginar basándose en el pasado.
Ya nadie podrá decir “ya lo sabía”
(48,7). Solamente Él es el Señor de la historia
y frente a Él las debilidades de los paganos no tienen
ningún poder, es más ni siguiera existen (cfr.
53, 9-10).
Y
la realidad más desconcertante de esta novedad frente
a la cual “las cosas de antes” palidecen es el
hecho del resurgimiento potente del amor indomable de Dios.
Mientras todos los profetas pre-exilicos se presentaban como
los defensores de Dios y acusaban al pueblo de sus errores
y predicaban su castigo el segundo Isaías anuncia:
“yo borrare tus pecados”; Yahvé ha perdonado
a su pueblo.
El
mismo anuncio se proclama y se actúa en la vivísima
narración de san Marcos que es el fruto de una fusión
entre una controversia anti-farisaica y la narración
de un milagro (Mc. 2, 1-12). El punto neurálgico ideal
se centra más que en la curación, que se puede
ver sólo como confirmación, en la declaración
del perdón: “hijito, tus pecados te son perdonados”
(v.5). En la línea del mensaje profético y de
la acción constante de Dios “que no quiere la
muerte del pecador sino que se convierta y viva” (Ez.
18,23), Jesús escoge la vía del perdón
y nos hace intuir su importancia en relación a todos
los demás dones. El por consiguiente viene a “recapitular
en sí todas las cosas” (Ef. 1, 10), que lo conectan
con el esquema del proyecto de Dios, un esquema que habla
de gozo, justicia, bendición y vida.
Justamente
los escribas acusan a Jesús de blasfemia: El no se
presenta como un Mesías nacionalista sino como Salvador
por excelencia, el único que puede perdonar los pecados
(Is. 43,25: “yo cancelaré todos tus pecados”
como dice la primera lectura; cfr. Sal. 51, 3-4; 103,3). El
rostro de Dios que Jesús quiere revelar es el de un
Padre “cuya cólera dura un instante y su bondad
dura por toda la vida” (Sal. 30,6). El poder de curar
los cuerpos es temporal limitado si no envuelve al hombre
hasta la última fibra de su ser, es decir en su realidad
pecadora.
El
milagro se convierte así en el signo de su victoria
global sobre el pecado y sobre la ley que esclavizan al hombre;
Por esto el pueblo entiende que esta siendo testigo de una
cosa nueva: “nunca habíamos visto una cosa semejante”
(v.12). Este evento suscita el estupor de todos porque la
revelación se hace frente a “tantas personas”
que se habían reunido. Los amontonamientos de gente
típicos de san Marcos, que probablemente escribió
para sus destinatarios de origen pagano, tienden a iluminar
es aspecto de apertura universal que el Segundo Isaías
ya había predicho para los tiempos escatológicos.
Estos poniendo a Yahvé como único Señor
de la historia no pueden hacer otra cosas que considerar a
Dios como el Dios de todos los pueblos, en quien repercuten
los favores que fueron hechos a Israel. Ellos, viendo los
eventos escatológicos que se cumplen en Israel vendrán
y confesarán: “sólo en ti está
Dios, no hay ningún otro. Sólo en el Señor
se encuentra la victoria y la potencia” (Is. 45, 14.24).
Por
consiguiente es necesario que nuestra razón este en
la misma frecuencia de aquellas multitudes, que este llena
de estupor es decir de espera y de búsqueda de Dios
para poderlo después glorificar. Porque de otra forma
nos reduciríamos al rango de los fariseos que son espectadores
y jueces externos: “hay que dejarse caer en crisis por
la palabra y no poner en crisis la palabra (Cardenal Colombo).
Así
es como nace el verdadero creyente. Así lo sugiere
también san Pablo en la apertura de la segunda carta
a los Corintios que es una casta “escrita en un momento
de grande aflicción y con el corazón angustiado
y entre muchas lagrimas“ (2 Cor. 2,4). La difícil
comunidad de la gran metrópoli griega ha maltratado
al apóstol con acusaciones calumnias y hostilidad:
san Pablo responde presentando la figura de Cristo y de su
verdadero discípulo. Estos dos retratos se resumen
en una palabra brevísima como un suspiro, el sí.
“Sí” porque en Cristo en anuncio positivo
de la liberación y del perdón que los profetas
anunciaron ya se ha realizado; “sí” porque
en Cristo la pureza del testimonio es llevada intacta hasta
el martirio (Mt. 5, 37; Sant. 5,12; “sí”
porque en Cristo la adhesión al Padre es total y sin
quebraduras.
También
los creyentes deben ser hombre del “sí”
en el perdón en el testimonio y en la fe. Más
que todo la fe es el “sí” más alto
que podemos elevar a Dios. Es el amen (v. 20, que es una de
las cuatro palabras aramaicas conservadas en griego en las
fórmulas litúrgicas del N.T. Este amén
indica la “cimentación “estable de nuestra
vida sobre la roca que es Dios: por esto el Apocalipsis (3,14)
llamará a Jesús el Amén por excelencia,
es decir la adhesión plena y confiada a Dios hecha
persona. En este si-amén el fiel se mantiene a través
de la gracia sacramental a la cual posiblemente haga alusión
el simbolismo de la “unción” y del “sello”
(v. 21-22). Nuestro si-amen es la “garantía”,
es decir la presencia germinal de aquel sí que nos
hace plenamente semejantes a Cristo, el hijo en el cual “solamente
ha sido un sí” (v. 19) y jamás el “no”
del rechazo y del pecado
SUGERENCIAS PASTORALES
1.
La liturgia de hoy a través de las dos declaraciones
fundamentales de Isaías (“yo borro todos los
pecados”) y la de Jesús (“te son perdonados
todos tus pecados”) son el canto del perdón
y de la liberación del mal físico y social.
Es un perdón, como dice el N.T. ha tenido un “altísimo
precio” de tal forma que hay que vivir con un gran
compromiso y reconocimiento. Bonhoeffer ha escrito unas
palabras muy iluminadoras en Sequela: “la gracia a
buen precio es el anuncio del perdón sin arrepentimiento,
es el bautismo sin disciplina de la comunidad, es la Eucaristía
sin confesión de los pecados, es la absolución
sin confesión personal, la gracia a buen precio es
la gracia sin que se siga a Cristo, gracia sin cruz, gracia
sin el Cristo viviente y encarnado”.
2.
El anuncio del perdón debe responder al
sí total de la adhesión de la cual da testimonio
el estupor de la fe, también da testimonio el ardor
de la caridad y de la limpieza de la existencia. Cristo
crucificado es el emblema del sí perfecto. Escribía
Pascal a su hermana con ocasión de la muerte del
Padre: “sabemos que Jesucristo viniendo al mundo se
ha considerado y se ha ofrecido a Dios como holocausto y
verdadera víctima que su nacimiento, su vida, su
muerte, su resurrección, su ascensión y su
presencia en la eucaristía y su estar eternamente
a la derecha no son más que un solo sacrificio único;
Sabemos que todo aquello que le aconteció a Jesucristo
también debe suceder a todos sus miembros”.
En el A.T. para describir la confesión de los pecados
se usaba el mismo verbo de la profesión de fe y de
la alabanza. Nuestra sincera reconciliación y el
perdón sacramental son sacrificios de alabanza agradables
a Dios.
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Aviso
legal.
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