| VIII
DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTURAS:
Óseas
2, 16.17b.21-22
2 Corintios 3, 1b-6
Marcos 2, 18-22
El
fragmento autobiográfico de Óseas, profeta del siglo
VIII a.C. pertenece a aquel esplendido cantar de los cantares en
miniatura que es la confesión del c.2 del volumen en el cual
se recogen sus profecías. Se trata del soliloquio y el desahogo
sufrido por un enamorado traicionado que no obstante todo no puede
quitar de su mente y de su vida a la mujer infiel que siempre amo.
He aquí ahora el sueño: la amada retornara el esposo
la encontrará en la frescura de un nuevo abrazo (el texto
hebraico dice literalmente: le hablaré sobre el corazón”)
nacerá una nueva historia de amor se celebrará un
nuevo noviazgo que anule todo el pasado de miserias y de adulterios.
La experiencia matrimonial del profeta se convierte así en
el compendio de la larga experiencia de pecados de Israel; La crisis
matrimonial y la experiencia personal de los dos cónyuges
son “signo y presagio para Israel” (Is. 8, 18).
La
teología del A.T. ha construido esta base simbólica
es decir el esquema nupcial para invitar la relación Dios-hombre:
La alianza del Sinaí, en la cual dos potencias, el Rey (Dios)
y el vasallo (el hombre) se encuentran y estipulaban un cierto protocolo,
ahora se substituye la alianza de dos enamorados que en la intimidad
tratan de establecer un diálogo. También la fuerza
y los compromisos constitutivos de la alianza adquieren un tono
y una calidad diferentes: justicia, derecho, benevolencia, amor,
fidelidad (v. 21-22) son virtudes vividas por amor y con un corazón
nuevo. En efecto, en el v.21 para la expresión “yo
te desposaré” se usa el verbo destinado a las vírgenes:
Dios destruye totalmente el pasado adúltero de Israel que
se convierte así en una criatura nueva.
El
simbolismo nupcial ha entrado ampliamente en la teología
del N.T. Decenas de textos, de alusiones de frases podrían
testimoniarlo, desde los loghia de Jesús hasta sus parábolas,
desde la reflexión paulina (Ef. 5) sobre el matrimonio hasta
la celebración coral de las nupcias del cordero en el Apocalipsis.
También la perícopa evangélica de hoy que forma
parte de las llamadas “controversias de Galilea” de
san Marcos tienen en el centro el símbolo del esposo y de
las nupcias. La polémica de Jesús es completamente
nítida y como un látigo: En contra de una visión
dietista y legalista de la religión él opone la grande
alegría mesiánica que debe causar la presencia de
Cristo en los “amigos del esposo”, es decir los invitados,
los creyentes. El banquete mesiánico de la intimidad entre
Dios y el hombre ha sido servido suntuosamente, ahora es necesario
desbaratar toda tendencia nostálgica, toda frialdad y toda
reserva. Es necesario por el contrario entrar en el gozo como el
bautista: “el amigo del esposo que está presente y
lo escucha, se llena de alegría a la voz del esposo”
(Jn. 3, 29). Las mini-parábolas que concluyen la declaración
de Jesús (el remiendo y los odres) son una confirmación
de la novedad gozosa que encarna Jesucristo. No se maneja lo nuevo
para al revesar lo viejo o para calarlo en la forma fría
del pasado. Todo este texto es una invitación a acoger la
radicalidad y en la alegría que contiene el cristianismo
en sí mismo y a vivirlo con intensidad.
Es
cierto, también sabemos que la historia aún después
de la llegada de Cristo ha tenido sus momentos de “ayuno”.
El v.20 probablemente es una añadidura de la comunidad primitiva
que debe justificar la práctica de la paciencia cristiana
y de la espera de la venida plena y definitiva del Señor.
Todavía más estando en medio de esta oscuridad y de
esta espera, el creyente debe ser un anunciador de alegría
y de esperanza. Sin embargo y por el contrario, como decía
el notable teólogo P. Tillich, “Se nos hace una critica
frecuente, a la cual no le falta razón, de ser los sepultureros
de un Dios muerto y no los testigos de un Dios viviente. Debemos
reconocer el valor de esta crítica y preguntarnos si nuestra
falta de alegría dependa del hecho de que seamos cristianos
y no más bien del hecho de que no lo seamos verdaderamente”.
La alegría cristiana no es nada más una emoción
psíquica sino que más bien es el signo de la fe en
la cercanía de Dios que es el esposo que llega al banquete
de nuestra humanidad que es el signo que debemos anunciar más
que ser sus destinatarios, signos de un mensaje que se autodefine
“evangelio”, es decir “anuncio gozoso”.
La
misma “fe” gozosa está presente en el trasfondo
de la perícopa de san Pablo que en este domingo está
tomada de la segunda carta a los Corintios la cual es un escrito
apologético de san Pablo frente a la comunidad amada y al
mismo tiempo ingrata de Corinto. La razón de esta alegría
es paralela a aquella que propuso Jesús en la polémica
anti-farisaica. San Pablo en efecto, proclama el final de una alianza
fundada sobre la “letra” y sobre la “ley”
y el inicio de una nueva alianza escrita “no sobre tablas
de piedra sino sobre tablas de carne de vuestros corazones”
(2 Cor. 3,3). El anuncio de Jeremías (31-34) ahora se ha
cumplido. Al texto legalista exterior que se imponía al hombre
como una capa de plomo hecha de normas y de prescripciones, ahora
se opone “el Espíritu del Dios viviente” infundido
en nuestros corazones.
“Os
daré un corazón nuevo pondré dentro de ustedes
un espíritu nuevo, quitaré el corazón de piedra
y les daré un corazón de carne” (Ex. 36,26).
Esta es la nueva creación, esta es la alegría cristiana,
esta es la actitud de fondo con la cual se debe vivir el cristianismo.
No “letra” cerrada y fanática, sino “Espíritu”
libre y gozoso. Vosotros no habéis recibido un espíritu
de esclavos para vivir en el temor, sino que habéis recibido
un espíritu de hijos adoptivos por medio del cual gritamos:
Abbá Padre” (Rm. 8,15).
SUGERENCIAS PASTORALES
1.
La verdadera religión no es legal o pietista,
no es letra sino Espíritu, no es imposición exterior
de acciones y de gestos sagrados sino que es acto de amor. La
alianza entre Dios y el hombre más que un tratado diplomático
se equipara a la tiernísima relación que se instaura
con la alianza matrimonial o a la relación interior de
la “nueva alianza” cantada por Jer. 31, 31-34 y por
san Pablo (II lectura, una alianza fundada sobre tablas de carne
del corazón y de la conciencia).
2.
La invitación a descubrir la verdadera religión
comporta la propuesta de una actitud de amor y de abandono, de
alegría y de fiesta. El poeta Hindú Tulcidas exclamaba:
“tú o Dios, siempre habitas en las almas de aquellos
que nunca te preguntan nada y que te aman con todo el corazón.
Ahí se encuentra tu verdadera morada” más
que el triunfo y el éxito, más que a una efervescencia
interior y externa, la alegría de la verdadera religión
anunciada por Jesús está ligada a la felicidad mesiánica
que es esperanza y confianza en Dios y en el hombre.
3.
La verdadera religión también comporta
el ayuno, es decir el perdón del pecado. La esposa es una
adúltera y tiene un pasado de oscuridad y de miseria es
pues necesario que retorne sobre el camino que la conduce al hogar
abandonado. Y después de este ayuno purificatorio Dios
vuelve a abrazar a su hijo y el pasado queda totalmente cancelado.
El silencio de Dios no es eterno, sino que es una pedagogía
para que su criatura regrese a él (ver Dt. 8).
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Aviso
legal.
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