Ciclo B

IX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

Deuteronomio 5, 12-15
2 Corintios 4, 6-11
Marcos 2, 23 – 3,6

“Dios dijo a Moisés: Moisés, yo poseo entre mis bienes un don preciosos que se llama sábado y se lo quiero regalar a Israel”. Esta pintoresca definición rabínica del sábado puede resumir la actitud de veneración y de amor con la cual Israel ha acogido el séptimo día, inervación y sostén de todo el fluir del tiempo. Como escribía el místico hebreo A. J Heschel en su notoria obra El Sábado “la religión bíblica más que una religión del espacio sagrado es una religión del tiempo que mira a la santificación del tiempo… y la liturgia sabática es una arquitectura del tiempo”. El texto del decálogo en la versión deuteronómica (I lectura) precisamente busca iluminar esta inervación que le da levadura y significado al tiempo, la realidad más específica del hombre, la realidad en la cual Dios ama estar presente junto al hombre.

La presentación deuteronómica del sábado está muy lejana de una cierta esclerosis legalista del Judaísmo tardío. En efecto en el v.15 de nuestro texto se ligan íntimamente el sábado al don de la libertad de la opresión de Egipto. Como escribía un exegeta alemán, Wolff, “cada siete días Israel debe recordar que su Dios es un Dios libertador, que puso fin a una dura esclavitud y que continúa irguiéndose contra todas las potencias que quieren oprimir a su pueblo”. El sábado por con siguiente, es el éxodo semanal del “servir, trabajo” “por un servir-culto” (en hebreo el mismo verbo indica tanto el trabajo como el culto) en la libertad, es el éxodo semanal de las injusticias, de las explotaciones y de las alienaciones del bienestar por el inicio de una nueva semana de justicia. No se trata solamente de la libertad de la ferialidad sino de una libertad para el culto y para la renovación social. No solamente es el fin de la alienación en las persecuciones y en los cansancios sino más bien es la conquista de una carga interior para retomar con un espíritu diverso la propia relación con el trabajo y con el mundo. Por esta razón progresivamente el sábado se transforma “en un signo de la resurrección del mundo futuro”, como dice un apócrifo judío, el signo del “tiempo” perfecto de Dios (el reposo del sábado de la creación según Gn. 2, 1-4), es decir de la eternidad y de la comunión con Dios “hacia la cual nos apresuramos a entrar” (Heb. 4,11) para vivir una fiesta perenne con el Señor.

A esta visión que no hace del sábado una isla sagrada e intocable sino que lo hace sal espiritual del tiempo semanal se ha opuesto la visión legalista del farisaísmo contra el cual Jesús polemiza vigorosamente en las dos escenas del evangelio de hoy (las espigas y la curación del hombre de la mano paralítica en un día de sábado). El apócrifo del II siglo antes de Cristo notorio como el Libro de los Jubileos amenazaba con la pena de muerte por la violación de algunas prohibiciones clásicas del sábado (prender un fuego, la preparación de los alimentos y el ayuno), mientras que el tratado del Talmud sobre el sábado enlistaba 39 prohibiciones correspondientes al sábado. La jornada de la libertad se transformaba ahora en horas de esclavitud, de observancia ritual opresiva que aislaban el tiempo de Dios separándolo del tejido vivo y cotidiano de la existencia. Jesús tomando las intuiciones felices de la predicación profética que proclamaba la inseparable unidad entre culto y vida (Is. 1, 13; Jer. 17, 21.22; Is. 56, 1-9) afirma la verdadera calidad del culto sabático. Este no es un tabú intocable defendido por castillos de observancia y de sembrados de prohibiciones sino que es ocasión para hacer brillar la propia fe y para revigorizar el propio amor. Por esta razón el hombre que tiene hambre no debe ser obstaculizado sino más bien ayudado por la caridad fraterna que precisamente se celebra el sábado, el día de la liberación de la esclavitud (las espigas). Por esta razón el hombre enfermo debe encontrar precisamente en el sábado su alivio y su salvación (la mano paralítica). Por esta razón en el centro del sábado no deben estar las prescripciones rituales en cuanto tales, sino que tiene que estar el hombre que a través de este oasis de paz se encuentra a sí mismo y a su Dios (“el sábado fue hecho para el hombre y no el hombre para el sábado”). Por esta razón sobre el tiempo sagrado del sábado debe triunfar la figura reveladora y salvífica del Hijo del hombre que con frecuencia y precisamente durante los sábados de su vida terrena ha querido revelar el esplendor de su amor y de su libertad. Bajo esta luz también nuestra liturgia dominical no debe reducirse a un “precepto” bajo pena de pecado, o una ley fiscal frente a Dios, sino un encuentro gozoso entre nuestra libertad y la libertad de Dios, entre nuestra vida y su vida, entre nuestra miseria y cansancio y su fuerza salvadora. El domingo no será solamente abstención de actividades profanas para hacer simplemente un alto de descanso y de paz sino que también será una plenitud de vida y de gozo hacia la cual convergen dinámicamente los otros seis días.

La lectura continuada del segundo escrito dirigido por san Pablo a su amada comunidad de Corinto (II lectura) nos ofrece un vigoroso autorretrato del apóstol modelado sobre el de Cristo muerto y resucitado, humillado y glorificado. La clave simbólica bajo la cual él guarda este diseño es el del vaso de barro, fragilísimo e inseguro y la del tesoro preciso que contiene. El apóstol es un hombre frágil y débil y continúa recordando los confines de la nada y de la muerte. En efecto aquí puede notarse las cuatro parejas verbales tomadas del mundo bélico y del deporte de los gladiadores que “in crescendo” pintan el dramatismo de la situación del apóstol conmovido por las tempestades de la vida y de las pruebas atribulado pero no partido, angustiado pero no desesperado, perseguido pero no abandonado, herido pero no muerto. Bajo este velo de miseria y de pasión brilla sin embargo la muerte y la vida de Cristo, es decir el tesoro admirable de la pascua de Cristo. Este hombre acorralado con el riesgo de ser derribado a tierra, con los límites de la precariedad humana, es sin embargo el santuario de la presencia de Cristo que salva pasando a través del sufrimiento y de la muerte humana. Por esto san Pablo intuye que existe una solidaridad entre su sufrimientos apostólicos y la muerte de Cristo. “La historia del apóstol y de cada cristiano fiel reproduce y prolonga en miniatura el drama de Jesús muerto y resucitado” (R. Fabris). San Pablo no dejará de tomar repetidamente este tema de la conformación del discípulo con su Maestro en toda esta carta a los Corintios para poder hacer más nítida la figura del cristiano (véase la narración autobiográfica del c.11): “En cada cosa nos presentamos como ministros de Dios con mucha firmeza en las tribulaciones, en las necesidades, en las angustias, en las persecuciones, en las prisiones, en los tumultos, en las fatigas, en las vigilias y en los ayunos” (6, 4-5). A través de esta donación total “la vida de Jesús se manifiesta en nuestra carne mortal” (4,11).

SUGERENCIAS PASTORALES

1. Es necesario darle a la liturgia dominical su verdadero significado liberándola de la simple etiqueta de precepto” o de obligación legal. Día de encuentro con dios, día de interiorización personal, día del renacimiento del amor con el prójimo, día de la comunión con Dios y con los hermanos, día que alimenta el fluir del tiempo ferial sin aislarse de el en una serie de gestos y de actos sagrados. Para el cómputo civil el domingo es el último día de la semana, en el lenguaje neo-testamentario es “el primer día de la semana”, raíz, sostén y alma de los otros seis. Una de las inscripciones puestas sobre el pavimento del atrio de una Basílica africana del V siglo se oía así: “Entra bueno, y sal todavía mejor”. Purificado del mal y del pecado cotidiano el creyente sale del culto dominical como Moisés salía del Sinaí, irradiando la luz de la verdad y la bondad de Dios.

2. Jesús repetidamente es maestro de libertad en contra de la concesión de una religiosidad demasiado artificial y legalista. Esta gozosa libertad que es signo del amor debería empapar mucho más nuestra fe purificándola de la costumbre de lo que se da por hecho y de la impresión de la obligación impuesta. Es muy impetuosa y por desgracia también frecuentemente real el subrayado que hace Cecilia la protagonista de la Noia (aburrimiento, flojera) de Morabia sobre los participantes en nuestras liturgias dominicales: personas llenas de flojera que esperan con ansias la conclusión del rito y satisfechas de haber aplacado a la divinidad con el mencionado acto religioso.

3. El sábado-domingo debe convertirse en un momento creativo no sólo a nivel religioso sin también humano el tiempo del domingo debe reflejar el esplendor de Dios y el esplendor del hombre y del cosmos. Precisamente como la vida del creyente, aún bajo los lineamientos frágiles y débiles de nuestra humanidad, debe reflejar la figura de Cristo, su vida y su amor (II lectura).

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