Ciclo B

X DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

Génesis 3, 9-15
2 Corintios 4, 13-5,1
Marcos 3, 20-35

La perícopa de san Marcos que domina el leccionario de hoy está construida por tres escenas distribuidas en una progresiva identidad y todas orientadas a dar una definición a la relación que se establece entre Jesús y algunos personajes-tipo que desfilan frente a él. El primer recuadro (vv. 20-21) pone en acción el primer modelo, los parientes carnales de Jesús (“los suyos”) que después aparecerán en la tercera escena su primera reacción es de ceguera y de cautela. “están fuera de sí”. Esta familia tacaña y temerosa frente a la acción libre y provocatoria de Jesús no encuentra más que el sistema más apresurado para sofocar el escándalo: declarar la enfermedad mental del conjunto de tal manera de no caer en la vergüenza que Jesús lanza sobre todo el clan. Se trata de la incomprensión del buen pensador que nunca podrá aceptar la carga rompiente del cristianismo. Este último en efecto pone en la cuestión todas sus plácidas seguridades, su “equilibrio” y su buen sentido.

En el segundo recuadro (vv. 22-30) aparecen en escena los escribas venidos de Jerusalén ellos encarnan el rechazo total y satánico. Jesús es un endemoniado, la encarnación es la encarnación del mal. Y Jesús después de haber puesto en evidencia lo absurdo de la lógica de tal definición, a través de las mini-parábolas del reino y de la casa dividida y del hombre fuerte, denuncia con violencia este pecado imperdonable como es “la blasfemia contra el Espíritu Santo”. Se trata pues del “rechazo obstinado de reconocer los signos y las acciones de Dios en los signos de su santo Espíritu, es el cerrar los ojos a la positividad de la predicación profética y de la actividad de Jesús interpretándolas como acciones demoníacas” (R. Pesch). Aquel que llega a este nivel de odio y de rechazo prácticamente ha sellado su destino y su condena definitiva, es la reacción extrema que cancela la luz declarándola tiniebla, que combate el bien y defiende el mal.

Está por último el tercer recuadro (vv. 31-35) que como una antítesis del recuadro precedente está llena de luz y de esperanza ahora los protagonistas son aquellos que intuyen la profundidad del misterio de Jesús. Para poderlo entender no son suficiente los lazos de la carne sino que se necesitan los lazos interiores y esenciales. Entonces Jesús acuña una bellísima definición del fiel, el fiel es aquel que “cumple la voluntad de Dios”. Este es el verdadero criterio de la parentela con Jesús. “He aquí mi madre y he aquí mis hermanos” (v.35). Este es el criterio para entender el mensaje de Jesús: “el que hace la voluntad de mi Padre conoce que esta doctrina viene de Dios” (Jn. 7, 17). Este es el criterio para no ser excluido del verdadero pueblo de Dios: “el siervo que conoce la voluntad del Señor y que no obra según su propia voluntad, recibirá muchos golpes” (Lc. 12, 47). Este es el criterio de la verdadera oración: “hágase tu voluntad” (Mt. 6, 10; cfr. Mt. 26, 42). Y la voluntad de Dios consiste en la participación de la salvación que Dios ofrece a todos los hombres: “esta es la voluntad de aquel que me ha enviado, que no pierda nada de cuantos Él me ha dado sino que los resucite en el último día” (Jn. 6, 39).

Las tres escenas precedentes ponen a la luz sustancialmente dos actitudes frente a Cristo y frente a Dios. Estas dos actitudes se vuelven a proponer de manera más simbólica en la célebre página de la tradición Jahvista que constituye la primera lectura del día de hoy. Debe notarse que el texto de Gn. 2, 3 quiere trazar un mapa ideal de la historia de la humanidad en sus dos opciones fundamentales la primera según la “voluntad de Dios” (Gn. 2 y la armonía entre hombre y Dios, hombre y hombre, hombre y mundo) y la segunda la de la propia voluntad (Gn. 3 con la fractura de la armonía precedente). La descendencia de la mujer representa la lista de los justos que regresan a Dios y a su propuesta, y la descendencia de la serpiente representa por el contrario la línea del pecado que se aleja de Dios. El encuentro entre Bien y Mal se encuentra ubicado en la raíz de cada hombre como si fuera el Adán de Génesis 3, como dice el mismo término hebraico, el hombre de todos los tiempos y de todas las regiones de nuestro planeta. También es muy notorio que la tradición judía y cristiana verá en la descendencia de la mujer que opta por el bien el signo del Mesías, guía del pueblo de los justos, mientras que la serpiente que en el antiguo testamento era un símbolo de la idolatría, la misma tradición ha visto la fuerza demoníaca que atrayendo hacia sí a los pecadores a los violentos, a los injustos, organiza el rechazo total a la voluntad de Dios. (cfr. Sab. 2, 24). La página de Gen. 3 se transforma implícitamente en un llamado a alinearse en el camino del bien luchando para que el reino de Dios se extienda no obstante los atentados del mal-serpiente. En un llamado que impide escondrijos o pudores Dios nos repite: “¿Adán en donde estás?”.

La liturgia de la palabra hoy tiene un último testimonio en la lectio continua de la segunda carta de san Pablo a los Corintios. Ella propone la figura del apóstol que ha creído y por lo tanto ha hablado” (4,13). Como en el domingo anterior el retrato que san Pablo pinta del apóstol ahora está conducido en contra punto sobre dos lineamientos: el apóstol es un hombre físico que se está deshaciendo en el decaimiento de la criatura pero que también es un hombre interior siempre joven y renovado. El apóstol siente el peso transitorio de las tribulaciones y de las amenazas de la existencia pero a la vez alcanza a ver el infinito y definitivo gozo que lo espera. El apóstol tiene frente a sus ojos y frente a su razón el horizonte de la realidad visible y perceptible pero con la fe alcanza a penetrar lo invisible y lo infinito. El apóstol siente la fragilidad de la creación de la cual toma parte que lo circunda, y también intuye la eternidad de su destino. El apóstol sabe que su cuerpo es como un vestido que habrá que tirar, es una casa que hay que dejar pero también sabe que está por recibir una casa eterna con Dios, una casa permanente e indestructible y ahora nuestra existencia de creyentes anclada realísticamente a la experiencia del límite de la degradación, del dolor tiene en sí mismo como una semilla el florecimiento admirable de la comunión con Dios. Muy lejos del dualismo platónico o de la utopía apocalíptica san Pablo ve en su cercanía a la pasión y a la muerte de Cristo el camino para acercarse a su pascua, a su gloria y a su eternidad.


SUGERENCIAS PASTORALES

1. Para ser hermanos de Jesús no hay que estar inscritos en su propia raza ni pertenecer a su cultura ni frecuentar sus reuniones, ni estar registrados en los archivos parroquiales ni tampoco estar pegados a su casa o a sus palabras. Es necesario estar con él en el cumplimiento de la voluntad del Padre, es necesario estar con el en las fronteras entre el bien y el mal, es necesario librarse de los condicionamientos del bienestar hipócrita. Es necesario combatir sin cuartel la esclavitud del pecado y la potencia del mal. “no todo aquel que dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino aquel que hace la voluntad del Padre que está en los cielos” (Mt. 7,21). Y el texto de san Mateo prosigue con una crítica todavía más aguda de la religiosidad hipócrita: “muchos me dirán en aquel día: ¿Señor, Señor, que acaso nosotros no profetizamos en tu nombre y expulsamos demonios en tu nombre y realizamos muchos milagros en tu nombre? Sin embargo yo les diré: nunca les he conocido, aléjense de mí ustedes operadores de iniquidad” (Mt. 7, 22-23).

2. En el mundo hay un misterio de iniquidad que está ligado al rechazo total libre y consciente de Cristo, de la verdad y del amor. Frente a este drama de la blasfemia contra el Espíritu el fiel debe ofrecer su testimonio hecho de palabras (“nosotros creemos y por eso hablamos”: II lectura) de compromiso por el bien “atando las fuerzas del mal (evangelio), buscando colocarse en la “línea de la mujer” y del Mesías (I lectura) y esperando en la gran posibilidad que ofrecida a cada hombre de convertirse y de salvarse.

3. Este leccionario tan amargo (la serpiente y la lucha entre el bien y el mal, Jesús incomprendido y combatido, el cuerpo que muere, el sufrimiento del apóstol) sin embargo se abre a la esperanza porque “el bien jamás se apagará en la tierra desde cuando la palabra de Cristo ha sembrado el amor en el mundo, semilla que no se marchita sino que germina, crece y se convierte en un árbol majestuoso “(F. Mauriac).

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