Ciclo B

XI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

Ezequiel 17, 22-24
2 Corintios 5, 6-10
Marcos 4, 26-34

Del famoso discurso parabólico de Jesús, referido por todos los sinópticos, la liturgia de hoy recorta un párrafo unitario estructurado sobre dos parábolas vegetales paralelas Jesús, predicador fascinante, sabe arrancar del mundo que a primera vista es neutro y mudo, sabe arrancar de la naturaleza un mensaje limpisimo. Ambos cuadros ponen en el centro la historia de un vegetal y de su crecimiento. En efecto las narraciones más allá de ser figuraciones de un contraste, son la representación de un crecimiento.

El contraste tiene como primer elemento los crecimientos microscópicos del árbol y del arbusto: una pequeñísima semilla puesta sobre la tierra un granito de mostaza “la más pequeña de todas las semillas de la tierra” según la popular opinión de los rabinos. El reino de Dios en efecto es semejante a unos cuantos miligramos de levadura, conforme a otra célebre imagen de Jesús. Es una realidad casi invisible con frecuencia circundada de incomprensión de ironía y de fracaso. El otro polo de la antítesis por el contrario es el esplendor del éxito final. He aquí el tallo y la espiga llena de granos. He aquí la planta de mostaza que sobre el lago de Tiberiades puede alcanzar hasta tres metros de altura y sobre la cual pueden posarse los pájaros y hacer sus nidos (Sal. 80, 8.ss; 104,12). El reino de Dios a partir de sus comienzos humildísimos se transforma en un árbol gigantesco en una realidad que hacer fermentar toda la masa de mundo y de la historia que puede ofrecer protección y paz. La meta del gran árbol del señorío universal de Cristo es la paradoja de la esperanza cristiana.

Este contraste también está subrayado en la parábola del cedro que canta Ezequiel profeta barroco de vivos y hermosos colores (I lectura) la ramita exigua es plantada por Dios sobre el monte santo de la alianza, Sión y a partir de ahí se transforma en un glorioso emblema del árbol mesiánico, signo de vida de esperanza y de protección. “sembrará retoños y hará frutos y se convertirá en un cedro magnífico a cuya sombra reposarán todos las aves”. La antítesis también se expande en otra dirección: “yo, el Señor, humillo al árbol alto y engrandezco al árbol pequeño, hago secar al árbol verde hago retoñar al árbol seco”. El contraste que ve confrontarse en la historia de la humanidad la potencia y la pobreza ahora tiene un significado nuevo. El verdadero reto ya no será, como por desgracia siempre se ha registrado en los anales de la historia el pobre o el humillado porque con él siempre estará el omnipotente.

En este momento podemos ya precisar la segunda cualidad de la parábola de hoy. También se trata de la narración de un crecimiento. El objetivo primario del texto es el de poner a la luz el misterioso dinamismo que se encuentra entre dos polos, el de la semilla diminuta y el del árbol frondoso, el del grano y el de la espiga. El campesino ha lanzado la semilla y se ha ido a descansar, y sin embargo aquella está llena de energía y continúa sola su itinerario. El original griego tiene un vocablo significativo automàtê, “espontáneamente”, “automáticamente”. Se da por consiguiente un movimiento interno producido no tanto por el trabajo intelectual y pastoral humano, sino que está dentro de la misma semilla, don de la gracia divina que empuja al reino en su crecimiento y hacia su plenitud. El reino por consiguiente aparece como un Don de Dios, y la reacción del hombre, antes que ser una colaboración, debe ser una adoración de alabanza y de acción de gracias. La fe y la esperanza son el alma de la experiencia cristiana. En su notable comentario a san Marcos R. Pesch (Ed. Paideia) escribe “el narrador hace entender que Dios ya ha plantado su señorío, que llega inesperadamente, escondido y paradójico; su oscuro principio implica en sí mismo un gran florecimiento y por consiguiente transmite la confianza que de un modesto comienzo se desarrolle una grande conclusión. Jesús dice: como la acción maravillosa de Dios hace crecer una grande planta a partir de un pequeño granito de mostaza así mismo a los principios oscuros seguirá el magnifico cumplimiento del reino”.

Tenemos también la segunda lectura tomada de la lectio continua de la II a los Corintios. Esta carta también pone bajo la luz un contraste de tipo más existencial y personal. Por una parte se da el “habitar en el cuerpo” que es nuestra residencia histórica y terrestre. Se da “el exilio lejano del Señor” durante el cual creer es difícil, amar es muy pesado y esperar con frecuencia es dramático. Se da “el caminar en la fe” es decir el camino del riesgo y de la adhesión tal vez oscura. Pero por otra parte san Pablo pinta el destino del creyente que conlleva un “exilio del cuerpo”, un “habitar junto al Señor”, un “camino en la visión”. La vida humana comprende estas dos etapas del presente frecuentemente doloroso al futuro glorioso. Pero como anota san Pablo también el presente, vivido antes de dirigirnos a la residencia de la comunión con Dios, es fundamental porque el tribunal de Cristo que juzga la autenticidad del amor nos medirá precisamente sobre el amor que ha iluminado nuestra existencia terrena. En efecto, como escribía san Juan de la Cruz basándose en Mt. 25 en el atardecer de la vida seremos juzgados en el amor. “por esto esforcémonos de ser agradables a Él ya sea permaneciendo en el cuerpo ya sea saliendo de el” (5, 9).

SUGERENCIAS PASTORALES

1. Contra una visión demasiado sociológica y voluntariosa del reino de Dios debemos recuperar la pureza y la gratuidad del don divino. Hay que impedir la reducción del reino de Dios a un esquema ideológico, impidamos que sea esterilizado en las contradicciones de un modelo sociológico o político, impidamos que se empobrezca en un código ético de obras buenas que hay que cumplir. El reino es gracia, es principalmente camino de Dios hacia el hombre. Nuestra oración debe de ser con frecuencia la alabanza, la adoración, el agradecimiento más todavía que las peticiones y que las súplicas.

2. El misterio que se desarrolla en nosotros a través de la semilla de la palabra que ha sido puesta en nuestra conciencia y que crece aún cuando nosotros “dormimos” en nuestras distracciones o indiferencias debe convertirse por el contrario en una fuente de esperanza, de confianza y de abandono. El aspecto fiducial de la fe impide el “pelagianismo” y la autosuficiencia. Nadie se salva por sus obras sino por la fe y la gracia como repite ininterrumpidamente san Pablo. Más aún las obras deben ser el fruto que brota en aquel que ha acogido en la fe el reino de Dios dentro de sí.

3. El reino ya está presente en medio de nosotros y también está creciendo y desarrollándose hacia un destino admirable. Frente al futuro se pueden tomar tres actitudes. Antes que nada está la desesperación del que está paralizado por la perspectiva de la derrota total y el absurdo de la muerte; el hombre es un ser para la muerte y nada más. Para otros por el contrario, se da la resignación fatalista o narcótica que los congela solamente en el presente como una prisión dorada en la cual se puede gozar y experimentar el mayor número de sensaciones libres y posibles. Y por último está la visión de san Pablo y de los creyentes en Cristo que intuye la importancia del presente que hay que vivir no como una antesala o un valle de lágrimas sino más bien como un lugar de compromiso cristiano en el amor. Y contemporáneamente esta visión es plenamente consciente que Dios ha vencido a la muerte en Jesús y nos asocia en su triunfo en una gloria hecha de amor y de intimidad con Dios.

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