| XII
DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTURAS:
Job
38, 1. 8-11
2 Corintios 5, 14-17
Marcos 4, 35-41
La
escena de apertura del leccionario de hoy está tomada de
una de las páginas más importantes de la Biblia desde
el punto de vista literario, el célebre primer discurso de
Dios contenido en el libro de Job. Dios aceptando la torrencial
protesta del que está sufriendo, decide bajar a exponer su
posición delante de Job. Pero más que justificarse,
Dios a través de una tormenta de preguntas, le revela a Job
su verdadero rostro que no se puede reducir a un esquema simplificado.
En este interrogatorio Dios hace pasar casi como un álbum
coloreado, todas las maravillas cósmicas y Job está
como un peregrino asombrado que solamente sabe descifrar algún
fragmento o contorno de este mapa maravilloso e infinito del ser.
Una de las páginas de este álbum está dedicada
al mar, símbolo de las potencias oscuras de la nada, de las
energías caóticas incontrolables.
La
frescura de los símbolos es excepcional: el vientre del cual
irrumpe el mar tumultuoso como un nacimiento impetuoso, los vestidos
oscuros de las nubes y de la niebla, el portón con cadenas
y con cerraduras dentro del cual está contenido el mar como
un peligroso preso. Sobre el fondo de mitos orientales se describe
el mar como una criatura o un niño potente y misterioso envuelto
por Dios en pañales (así dice el original hebreo traducido
por el leccionario como "vestidos"): un niño así
implacable y violento no puede ser controlado si no es por Dios
mismo que lo oscurece encerrándolo en los lienzos impalpables
de las nubes y de la niebla. En esta línea aparece ahora
el simbolismo carcelario. El mar, realidad ambigua como principio
de vida y de fecundidad pero también como causa de destrucción
y de muerte (ver Gén. 6-8), está bloqueado por Dios
a lo largo de la línea simbólica del muro rompeolas
sobre la playa: "He puesto la arena como confín del
mar, como barrera perenne que no podrá traspasar. Sus olas
se agitan pero no prevalecen, hacen ruido pero no lo sobrepasan"
(Jer 5, 22). En esta escena digna de Miguel Ángel aparece,
la figura de Dios triunfante sobre la nada. La creación no
está bajo la autoridad de mecanismos neutros y ciegos, está
en cambio apoyada en una persona omnipotente que quiere, ordena,
hace y por lo tanto puede decir "Yo".
Al
cuadro pintado por Job se asemeja la famosa escena evangélica
de la tempestad calmada colocada en la secuencia de los cuatro milagros
que acompañan las palabras de Jesús pronunciadas antes
del discurso de las parábolas. En el centro de cada uno de
estos milagros hay un lineamiento del rostro secreto de este hombre
Jesús cuyos entornos son siempre más misteriosos y
desconcertantes. La estructura de la escena de este salvamento milagroso
está constituida por tres actores. El primero es el cosmos
enfurecido, símbolo visible de las tempestades de la historia
y de la naturaleza, de las contradicciones y de la oscuridad. El
evangelista alude a la famosa narración popular de Jonás
(1, 4: también Jesús dormía, como el profeta)
e implícitamente recuerda el signo del mar así como
nos lo presenta Job. Otra clase de actores está representada
por los discípulos que lanzan a Cristo una invocación
que lo define como "Maestro" (rabí). Es a Él
en realidad a quien sus discípulos le atribuyen el poder
de calmar las aguas, poder que en el libro de Jonás y en
el de Job pertenece solamente a Dios. Y finalmente el tercer actor,
Cristo, que domina toda la escena y que está puesto como
contraparte del primer actor, el mar personificado. De hecho, los
verbos usados por San Marcos son curiosos: "Gritó, dijo
al mar: ¡Enmudece! ¡Cálmate!" (v. 39). Se
trata de expresiones típicas de los exorcismos contra el
poder diabólico del mal.
La
escena se transforma, después, de un salvamento físico
en un signo misterioso de la victoria sobre el mal. Como Dios había
bloqueado las aguas de la esclavitud del Mar Rojo para ofrecer el
don de la libertad a Israel, como aún antes en la creación
había bloqueado las aguas de la nada para hacer emerger el
esplendor de la creación y del ser (ver 1ª. Lectura
y Gén 1, 9 y Sal 104, 7), como el marinero del Salmo 107
(vv. 23-31) recuerda en su promesa-oración que en la angustia
producida por las aguas "el Señor lo libró de
sus angustias", así Cristo es ahora el Señor
del cosmos y de la historia, él solo puede controlar el mal
y ofrecer a sus fieles el don de la paz y de la esperanza. El final
del pasaje, entendido en la tradicional línea del "secreto
mesiánico" de San Marcos, obliga a cada lector a hacerse
la pregunta fundamental sobre Jesús: "¿Quién
es este a quien el viento y el mar obedecen?". Y aquí
se revela la finalidad de la narración que no trata tanto
de poner a actuar a un grandioso taumaturgo sino que trata de iluminar
el misterio de salvación oculto bajo la figura de Jesús
de Nazareth.
La
segunda perícopa no puede ser relacionada con las precedentes
si no es de modo alegórico y artificiosamente: no se trata
más que de la lectura continua de la segunda carta a los
Corintios iniciada algunos domingos antes. El apóstol ha
delineado una serie de contrastes entre la miseria y la grandeza
de la existencia cristiana. Ahora las oposiciones llegan al vértice
con la antítesis fundamental entre vida y muerte, entre pasado
y futuro, entre pecado y salvación. La fuerza que permite
el traspaso de la primera línea que es una fuerza negativa
y de muerte, a la segunda de la luz, nace de una sola realidad,
el amor de Cristo que Pablo canta con pasión y entusiasmo.
Este amor nos arranca de la lógica egocéntrica proyectándonos
totalmente sobre Cristo: "no vivimos ya para nosotros mismos
sino para aquel que murió y resucitó por nosotros"
(v. 15).
A
través de este amor cambia nuestro modo de acercarnos a Cristo:
ya no es "según la carne", o sea, según
el conocimiento humano, la experiencia imperfecta, la reducción
de la figura de Cristo como Mesías político o taumatúrgico,
juzgado por quien vive según los criterios de este mundo
"viejo", pecador y escéptico o según la
simple parentela carnal o el nexo biológico-racial avanzado,
por ejemplo, de los así llamados "hermanos de Jesús".
El modo nuevo de acercarse a Cristo es "según el Espíritu",
porque somos criaturas nuevas, transformadas por Cristo en la verdad,
en la libertad y en el amor. Así como había cantado
Isaías en 43, 18-19: "¡No recuerden más
las cosas pasadas, no piensen ya en las cosas antiguas! He aquí
que hago algo nuevo: ahora está germinando, ¿no se
dan cuenta?"
SUGERENCIAS
PASTORALES
1.
La experiencia del mal es una de las constantes de la existencia
y es uno de los sectores de la vida en los que se cometen más
fácilmente las apostasías. El evangelio de hoy nos
invita a descubrir también en el desorden de la historia
la presencia de Dios que puede cambiar la oscuridad en un proyecto
de luz. El mal es real, es dramáticamente experimentable
en las tempestades de la vida y es la gran ocasión para
volver nuestra súplica a Dios, sin por ello dejar de luchar
sosteniendo nuestra propia fe: "¿Por qué tienen
miedo? ¿Todavía no tienen fe"?
2.
La pobreza de fe hace más incomprensible el mal y más
trágico el sobrevivir. Dios, ciertamente, como enseña
el libro de Job, prefiere que el hombre busque, se interrogue,
tolera incluso la protesta blasfema, la pregunta desesperada del
hombre angustiado. También Jesús admite y escucha
la invocación de los discípulos. Pero también
quiere que el hombre ose arriesgarse un poco más, que sea
capaz de proseguir incluso en la oscuridad y en los límites
de la vida y de la mente, continuando a alimentarse de su fe sin
soluciones fáciles o recursos milagrosos. Dios es muchas
veces el Señor escondido que solo lentamente se da a conocer
y solo al final hace crecer en plenitud el árbol del Reino.
A este progreso en el revelarse de Dios corresponde un progreso
en el crecimiento de nuestra fe.
<arriba>
Aviso
legal.
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