Ciclo B

XIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-24
2 Corintios 8, 7.9. 13-15
Marcos 5, 21-43

El texto compuesto tomado del libro alejandrino y helenístico de la Sabiduría no constituye solamente la primera lectura de hoy sino también una amplia y genérica oportunidad para la meditación de los dos textos del Nuevo Testamento que siguen. Bajo los restos de Salomón, perfecto sabio y perfecto soberano, el autor lanza un mensaje a los pueblos para que "amen la justicia" (1, 1.8.15).

La justicia es "la raíz de la inmortalidad" (15, 3; ver el v. 15) y la contraposición vida-muerte constituye propiamente uno de los temas fundamentales de la obra entera. Si la muerte espiritual del pecado y de la injusticia, sellada por la muerte física, es la salida desesperada que el pecador se ha escogido en lugar de la propuesta y el don de Dios (vv. 13-14), la justicia en la vida terrenal se convierte para el fiel en la sustancia de su destino de gloria y de beatífica inmortalidad (v. 15). Por consiguiente al destino al que todos son llamados, se llega solamente por decisión personal humana, porque Dios es "amante de la vida" (11, 26) y quiere que todos los hombres conserven intacta su "semejanza" para con Él. "No digan: El Señor me ha desviado… Él desde el principio creó al hombre y lo dejó bajo el poder de su propia voluntad. Si quieren, observarán los mandamientos. El ser fieles dependerá de tu buen querer" (Sir 15, 12. 14-15). Por primera vez en la Biblia el libro de la Sabiduría (2, 24) identifica a la serpiente de Gén 3 con el diablo. Bien y mal se enfrentan en la historia. Dios está solamente con el bien, el amor, la vida y la alegría.

Esta última afirmación está documentada también a nivel físico por el famoso pasaje del doble milagro de la hemorroisa y de la hija de Jairo (Evangelio). La primera lectura nos había recordado que en la estructura misma del hombre está el ser partícipes de la naturaleza de Dios; solamente aquellos que escogen la lógica de la mezquindad y del homicidio tienen experiencia de la muerte. Ahora bien, el objetivo se detiene sobre el misterio del sufrimiento inocente (la hija de Jairo) buscando sondear lo incomprensible y de presentar la solución que solamente se puede encontrar a través de la fe. De hecho, el caso de la niña a partir del nivel puramente fisiológico, se transforma y sube al nivel de la experiencia pascual. El milagro, por su naturaleza, nos dirige hacia la fe y hacia Cristo. Sobre la certeza de la resurrección de Cristo se lee la historia del dolor y de la muerte humana. Cristo, llevando nuestra humanidad hasta el último nivel del dolor y de la muerte, ha conquistado estas realidades trágicamente "humanas", y las ha conquistado para su gloria divina, abriéndolas a la esperanza y a la vida.

El milagro de la mujer afectada por hemorragias busca resumir los dos aspectos, el físico y el espiritual, en una única explicación liberadora. De hecho el milagro se desarrolla claramente en dos fases: la primera comporta una forma muy primitiva y parcial: la sanación física. Cristo se preocupa también de esta realidad concreta y muchas veces dramática que es el dolor físico. Pero inmediatamente después se desarrolla un segundo aspecto que es más exquisitamente espiritual y, si se quiere, se relaciona con la temática de la primera lectura sapiencial. De hecho Jesús más allá de curarla, "absuelve" de sus pecados a esta mujer: "¡Hija, tu fe te ha salvado, vete en paz!" (v. 34). La obra de Cristo se cumple propiamente en esta totalidad, la vida que él da y reconstruye en el hombre no tiene solo una vertiente sino que recorre todas las direcciones de la realidad humana haciéndola siempre más reflejo e imagen de Dios.

En esta línea se coloca ágilmente también la perícopa de la 2 Corintios (segunda lectura) extraída de aquel pequeño tratado sobre la limosna cristiana que son los capítulos 8-9, dedicados a la famosa cuestión de la colecta para la Iglesia de Jerusalén, que está en dificultades. También aquí el compromiso referente a la comunidad-madre está ejemplarizado sobre aquel de Cristo que "siendo rico se hizo pobre para que nosotros fuéramos ricos" (v. 9). Esta es la síntesis cristológica más oportuna sobre el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús y es en la práctica el compendio finísimo del himno de Fil 2. Esta donación en lo que se refiere a los "pobres" (Cf. Gál 2, 10 y la carestía narrada de Hech 11, 28) se convierte ahora en la sustancia del compromiso cristiano, como lo había sido para aquello que Cristo "por donde pasara beneficiaba y sanaba a todos los que estaban sometidos por el poder del diablo" (Hech 10, 38). Este breve pasaje paulino, interesante también porque abre un hueco sobre la situación socio-económica de las comunidades cristianas primitivas, concluye con una cita de Es 16, 18 sobre la igualdad en la repartición y en la distribución de la utilidad. La lógica de la "kenosi" del Hijo de Dios (ver la citada dialéctica de "pobreza-riqueza") está en el fondo de todo compromiso de fraternidad, de caridad y de igualdad cristiana.

SUGERENCIAS PASTORALES

1. Dios "amante de la vida", "Dios de vivos y muertos", "resurrección y vida", Dios que tejió con amor la criatura en el seno de la madre" (Sal 139), que impide que se toque la sangre de cualquier viviente, símbolo de la vida (Gén 9), no puede más que ser la fuente de la vida. Al hombre justo se le atribuye la posibilidad de una vida inmortal de comunión con Él. Estos motivos están en el centro de la liturgia de hoy y deben estar en el centro del compromiso del creyente en relación a la vida sea cuando apenas aparece, sea cuando se desarrolla en su recorrido terrenal, sea en su apagarse físico, sea en el abrirse a Dios. Aborto, pena capital, eutanasia, pobreza, injusticia, humillación del hombre son, pues, delitos contra la vida, confiada a las manos de Dios.

2. La muerte física es una componente fundamental de nuestro ser como criaturas que somos. Pero tiene dos esbozos: puede ser signo de maldición (trágico desahogo hacia la ausencia definitiva de Dios por el pecador), o signo pascual del encuentro con Dios ("Dios ha creado al hombre para la inmortalidad", "Niña, ¡levántate!", "Deseo librarme de este cuerpo para encontrarme con Cristo"). Cristo, recogiendo en su muerte nuestra pobreza extrema de criaturas mortales (segunda lectura), nos ha hecho ricos en su vida eterna y divina. Por esto el engendro de la muerte, aunque real porque es signo de nuestro límite como criaturas, es ahora menos trágico, es más, se abre a la esperanza. "Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana, la muerte corporal".

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