| XIV
DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTURAS:
Ezequiel
2, 2-5
2 Corintios 12, 7-10
Marcos 6, 1-6
Podríamos
definir la liturgia de la Palabra de hoy con un título simbólico,
el escándalo del profeta. Con relación a la "normalidad
de los buenos pensadores", el mensaje profético se torna
embarazoso y excéntrico y es "piedra de tropiezo"
como el Señor mismo (Is 8, 14).
Empecemos
con la primera experiencia "escandalizadora" de Ezequiel.
El pequeño pasaje que sirve como primera lectura está
sacado de la segunda narración de la vocación de este
profeta "fuerte", como dice la misma etimología
de su nombre ("El Señor hace fuerte"). La primera
narración (c. 1) es mucho más solemne y casi barroca
en sus imágenes y su escenografía. Ésta, en
cambio, es una meditación sobre lo dramático de la
misión profética destinada a un mundo incomprensivo
y hostil. El profeta es así un "mártir"
en los dos sentidos de "testigo" y de "hombre inmolado".
El anuncio de la misión profética revela ya el destino
del llamado introducido por la típica expresión de
Ezequiel: "hijo de hombre". Israel es un pueblo obstinado
y pecador desde siempre, "una raza de rebeldes", pero
"escuchen o no escuchen", no podrán hacer callar
ni ignorar la voz del profeta. La palabra que él debe proclamar
no es suya, sino de Dios mismo: "Tú les dirás
a ellos: Dice el Señor Dios" (v. 4). La característica
de este "párroco de los exiliados" en Babilonia
será la firmeza, aunque también se sentirá
rodeado siempre de "cardos y espinos" que lo traspasarán
(2, 6).
La
misma reacción de escándalo se repite con Jesús;
Jesús vive la experiencia en su pueblo, Nazareth. El escándalo
es propiamente el típico de la falsa religiosidad que se
rehúsa a reconocer la intervención de Dios dentro
de un evento y en el interior de una persona que aparecen fenomenológicamente
ordinarios. Y para los falsos "religiosos" en vez de que
la revelación de Dios pase a través de la encarnación
por su visibilidad y por su "normalidad" cotidiana, la
presencia de Dios es invisible: "¿No es este el carpintero,
el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas
y Simón?" (Mc 6, 3: Evangelio). La fe es pues la superación
de la ambigüedad del signo profético para así
tomar la estructura teológica profunda que va mucho más
allá del verse envuelto en lo contingente e histórico-espacial.
Por otra parte, es indispensable no perder de vista esta dimensión
para no reducir la religión a una pura abstracción
gnóstica o a un puro espiritualismo.
"Para
captar el misterio de la persona de Jesús, es necesario abrirse
al Jesús real y no reducirlo al retrato que nos habíamos
hecho de él. La potencia de Jesús queda atada y su
palabra se hace ineficaz, cuando no encuentra una escucha atenta
y una disponibilidad a la fe". (J. Radermakers).
También
la segunda a los Corintios, como se ha dicho antes, es en esencia
una carta que traza el auto-retrato de un apóstol impugnado,
incomprendido y rechazado. San Pablo en la página precedente
a la que hoy leemos enumera, con una cierta dosis de ironía,
los títulos y las motivaciones de su dignidad de apóstol,
mostrando la carga de sacrificio, de pasión y de donación
que esto conlleva. Desenmascarando los juegos de poder presentes
en forma subterránea en la comunidad de Corintio, San Pablo
subraya la transparencia de su apostolado, que había sido
puesto en discusión e incluso vilipendiado. Más aún,
el apóstol siente que su ministerio, precisamente porque
es auténtico, debe necesariamente atravesar por estas pruebas
porque "es necesario sufrir muchas tribulaciones para entrar
en el Reino" (Hech 14, 21). Y esta realidad del sufrimiento
es querida por Dios mismo que más allá de las persecuciones
externas, ha dado a San Pablo "un aguijón en la carne"
(v. 7). Para algunos un poco fantasiosos, se trataría de
tormentos causados por un vivo instinto lujurioso; para otros sería
la mención de una enfermedad física crónica
(cfr. Gál 4, 13-15); para otros en cambio, sería la
fuerte preocupación y desilusión continuamente experimentada
por San Pablo relacionada con la no-conversión de la comunidad
hebrea (cfr. Rom 9-11). Asaltado, es más, como escribe rudamente
el Apóstol, "abofeteado" por Satanás, sabe
que no está solo ni abandonado en esta prueba ni en su testimonio
evangélico: "Te basta mi gracia; mi poder se manifiesta
plenamente en la debilidad" (v. 9).
Nace
así una celebración de la fuerza de la palabra del
apóstol, con un juego de palabras que difícilmente
se pueden traducir. Estas palabras son la debilidad congénita
que lo reviste, el aspecto de humillación que presenta y
el escándalo que despierta. En efecto, "Dios ha escogido
lo que en el mundo es ignorante, para confundir a los sabios, Dios
ha escogido lo que en el mundo es débil para confundir a
los poderosos, Dios ha escogido lo que en el mundo es plebeyo y
despreciable y lo que es nada para reducir a la nada las cosas que
son" (1 Cor 1, 27-28).
SUGERENCIAS
PASTORALES
1.
La experiencia del rechazo de la Palabra es una de las constantes
de la misión de Ezequiel, de San Pablo y de Jesús,
así como nos lo enseñan las tres lecturas de hoy.
La incredulidad, la indiferencia ante la provocación de
la Palabra, la reacción dura y hostil, pertenecen a la
dinámica de la libertad humana. Sin embargo el creyente
debe continuar sembrando la Palabra. Escribe el Cardenal Ratzinger:
"Nadie está en grado de imponer a otra persona a Dios
y su Reino, y mucho menos al que sólo cree en sí
mismo. Pero en cuanto a que pueda sentirse justificada la incredulidad,
siempre le queda sembrada la inquietud del "pero a lo mejor
es verdadero". Tanto el creyente como el incrédulo,
cada uno a su manera, comparten duda y fe" (de la Introducción
al Cristianismo, ed. Queriniana).
2.
La crisis, la duda, el fracaso, el "ser débil",
el "desprecio en la patria" no deben desanimarnos porque
son el terreno sobre el que Dios puede celebrar también
su misteriosa revelación: "Mi poder se manifiesta
plenamente en la debilidad" (2 Cor 12, 9).
3.
La indiferencia a la Palabra golpea a todos, no solamente
a los incrédulos, y es una gran enfermedad que opaca la
vida espiritual, hace gris la acción e inerte el corazón.
La sociedad del bienestar, como enseña un espléndido
pasaje del Deuteronomio (c. 8), es la ocasión para que
se reproduzca el "olvido" de la saciedad obtusa y esto
es un riesgo que todos podemos correr. La palabra del profeta
es provocación, es signo de contradicción, inquietud,
ansia; la Palabra perfecta de Jesús es igualmente urgencia
y provocación, "estupidez para los griegos y escándalo
para los judíos" (1 Cor 1, 23).
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Aviso
legal.
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