Ciclo B

XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

Amós 7, 12-15
Efesios 1, 3-14
Marcos 6, 7-13

La síntesis de la liturgia de la Palabra y de la eucología de este domingo se expresa, una vez más, como celebración del misterio pascual de Cristo que en la economía del Padre, origina y edifica la Iglesia con su palabra y con el don de su vida. El memorial de su amor, celebrado cada domingo en la Liturgia de la Palabra y del Pan, es en modo exclusivo el fundamento de la esperanza de la Iglesia. Sigamos ahora el contenido de las lecturas en particular.

El paso biográfico del libro de Amós nos proporciona el testimonio directo del profeta sobre su vocación. Originario de Judea, es invitado al Reino del Norte. La elección del Señor sobre él es irresistible, no estaba regulada por predisposiciones personales o por pertenecer a corporaciones proféticas. La intransigencia y el vigor de su misión profética son proporcionales a la docilidad con la que obedece a la vocación. A la lógica y legítima protesta del profeta y sacerdote oficial Amasías (para poder autorizar la predicación en los santuarios yahvistas), Amós contrapone el plan de Dios y su libertad de elección. Antes que nada, tanto su vocación (descrita con un esquema militar: fundado sobre la relación orden-ejecución en el que el profeta es irresistiblemente el servidor de la palabra divina imperativa y eficaz) como su misión (en el Reino del Norte), son sus garantías frente a una religión de Estado que lo quiere liquidar tachándolo de profetismo profesional y rechazando la confrontación entre el juicio político por razones de estado y el juicio de Dios anunciado por el profeta. Amos, expulsado de Betel, en realidad ha cumplido su misión, no ha fallado.

El himno de bendición que constituye el prólogo de la carta-circular a los Efesios, cuya lectura comienza este domingo, desarrolla la síntesis del plan divino de la salvación en siete etapas. Las seis bendiciones escritas en el género literario bíblico "berakah", expresan la riqueza del don comunicado por Dios al hombre que una vez bendecido, hace explícita la conciencia de que sólo Dios es fuente de la gracia en el momento de la alabanza.

El primer motivo de bendición es la elección del hombre en el plan de Dios para participar de su vida. Esta elección precede y guía cada realización histórica, incluida la creación. El vértice final del proyecto original es la comunión perfecta y total del hombre con Dios, en los términos de pertenencia y de participación en su amor. El segundo motivo es la predestinación, es decir la situación en la cual el hecho de responder a la llamada a la santidad corresponde a la filiación divina cuya fuente es Cristo, Hijo Único, (en su misión salvífica) y es también modelo (del compartir total y perfecto de la humanidad). El tercer lugar es la redención. La obra histórica de la redención de Cristo es el culmen de la gracia de Dios, la liberalidad y la gratuidad de su amor que exalta su gloria y que infunde la gracia santificante intrínseca al hombre que es reconquistado gratuitamente por Dios.

El motivo de la cuarta bendición es la revelación del misterio. Cristo regenera y une bajo su autoridad al mundo entero que el pecado había corrompido y desasociado para volverlo a conducir a Dios, un mundo hecho de judíos, de paganos y de ángeles reunidos en una misma salvación. Este es el anuncio apostólico que nos comunica una capacidad interior de conocimiento para acoger la gracia de la liberación y de la vocación a la santidad.

En el concepto de heredad se retoman los contenidos de "nuestra esperanza en Cristo" haciéndola ya actual en la trama de nuestra historia presente: como en el antiguo Israel, los creyentes en Cristo se convierten ahora en la heredad de Dios, su realidad más preciosa. Y la sexta bendición completa este discurso: la certeza de la llamada de todos a compartir la salvación, se trata del don del Espíritu en la comunidad de redimidos, en el nuevo Israel heredero de todas las bendiciones. La "recapitulación" del plan de Dios afirma que existe una directiva unitaria: es la comunión de todos con el Padre por medio de Cristo y el reconocimiento de Cristo como soporte y base exclusiva para la vida del hombre. La última etapa de la doxología, la alabanza, vuelve a leer las etapas precedentes atribuyéndolas a la benevolencia de la voluntad del Padre.

La narración de Marcos sobre la misión encomendada a los doce está recopilada tomando como base una breve colección de dichos del Señor, que constituyen casi una pequeña edición de la más amplia "regla de la comunidad misionera" presente en Mt 10. De estas frases esenciales transpira un sentido de urgencia y de tensión, de compromiso radical y de pobreza. Los doce están asociados a Jesús en la predicación de la venida del Reino y comparten la misma disponibilidad incondicional y generosa con la que Cristo anuncia el evangelio.

Naturalmente San Marcos en la redacción final adaptó el discurso a la situación de su iglesia, es decir al compromiso de los primeros misioneros sus contemporáneos. La omisión de la restricción de la predicación a los judíos, que está presente en el pasaje paralelo de San Mateo, refleja la apertura hacia los gentiles por parte de la comunidad de San Marcos. La sustancia de la misión tiene como ejemplo al mismo Cristo: predicar y sanar es la misma actividad de Jesús, el poder sobre los espíritus inmundos es la participación del mismo poder de Jesús que en 1, 23-28 había abierto su ministerio curando a un endemoniado; y la fuerza carismática al anunciar es la misma que la de Jesús. La acción apostólica de los discípulos al ser partícipe de la naturaleza, será partícipe también del destino de la naturaleza del Maestro: Compartir la incomprensión y el rechazo será el sello de la misión apostólica y de su autenticidad.

La liturgia de hoy se convierte, entonces, en un análisis preciso y valiente de la Palabra y del que anuncia: fidelidad, totalidad, libertad son las características esenciales (primera y tercera lectura). El contenido es, en cambio, el "misterio" que Pablo diseña en la solemne bendición de apertura de la carta a los Efesios (segunda lectura). Retomando la imagen paulina de la "recapitulación" en Cristo de todas las cosas (Ef 1, 10), recordamos que Pablo alude al "capítulo", o sea al centro de madera alrededor de la que se envolvía un rollo de pergamino que constituía el "volumen". La misión del creyente-apóstol es propiamente la de "recapitular" en Cristo todos los fragmentos de vida, de amor, de trabajo, de cultura, de materia para así atribuirles un orden, un fundamento, una estabilidad y una validez.

SUGERENCIAS PASTORALES

1. El discípulo es misionero de Cristo, libre, no condicionado por esquemas ni intereses, ni por juegos políticos o sociales, sino ligado a la fidelidad de la Palabra.

2. Su donación es total, la pobreza es indispensable para no ser solamente funcionario ("ni pan, ni alforja, ni dinero").

3. La misión conoce también el rechazo, incluso de hombres aparentemente "religiosos" (el sacerdote Amasías a Amós): "Si en algún lugar no te reciben, vete…".

4. El apóstol anuncia un solo mensaje: el misterio de la recapitulación en Cristo de todo el ser. Como Amós sólo proclama la Palabra de la justicia de Dios, así los discípulos proclaman sólo la conversión y la salvación y Pablo celebra la elección, la predestinación, la revelación, la herencia, la redención, el don del Espíritu, o sea, un solo término, Cristo y la salvación.

5. Si los padres, como dice el Vaticano II, son "los primeros heraldos de la fe" para sus hijos, todos los creyentes son profetas y misioneros: "La Iglesia peregrina es por su naturaleza misionera" (Apostolicam Actuositatem, n. 2) y "a cada discípulo de Cristo le compete el deber de difundir, en cuanto le sea posible la fe" (Lumen Gentium, n. 17). "¡Hay de mí si no anuncio el evangelio!" (1 Cor 9, 16).

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