| XVI
DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTURAS:
Jeremías
23, 1-6
Efesios 2, 13-18
Marcos 6, 30-34
Jeremías
acentúa, en su experiencia histórica personal,
los contrastes entre perspectiva humana y perspectiva divina
de su misión profética que aparece el domingo
pasado como ineludibles para Amós en el cumplimiento
de su mandato. La experiencia humana psicológica de
Jeremías es dramática. Se trata de un hombre
que ama a su pueblo y teme la desventura que anuncia y es
un profeta que sólo desea que la palabra de Dios se
cumpla, porque está en contraste con el poder político
y sacerdotal. Desde el punto de vista oficial él es
un excomulgado.
En
estos dos oráculos de los vv. 1-4 y 5-6 del capítulo
sobre Judea y Jerusalén el juicio que aparece sobre
la autoridad política, da contenido al mensaje del
profeta que atribuye a Dios el verdadero sentido de su tiempo
que es quien realmente revela. En el anuncio del reino mesiánico
futuro que surgirá de la descendencia davídica,
el rey Sedecías (2 Re 24) se convierte en un emblema
de la insuficiencia humana (el nombre que significa "Señor-mi-justicia"
le fue impuesto por los conquistadores babilónicos),
mientras la esperanza mesiánica está concentrada
en un soberano llamado "retoño justo" porque
reivindicará el derecho y la justicia, convirtiéndose
en sentido pleno en un rey y no simple en una piedra de tropiezo
y de intriga al capricho de la autoridad de las potencias
emergentes. Su nombre "Señor-nuestra-justicia"
no es tanto para designar un nuevo rey davídico, sino
más bien para anunciar el proyecto que Dios realizará
a través de él, un reino de justicia, y de esperanza
mesiánica. En 3, 15-16, Jeremías volviendo a
usar el mismo oráculo lo aplica a toda la descendencia
davídica, cuya sucesión llegará hasta
"Jesucristo, hijo de David" (Mt. 1, 1).
Y
Jesús, "nuestra justicia", aparece físicamente
y entra en acción. El término "justicia"
en sentido estricto en el léxico bíblico, indica
la intervención liberadora que el Señor cumple
continuamente en la historia. Sus "justicias" como
dice el cántico de Débora (Jue. 5), es el don
de la libertad, del gozo, de la esperanza y, naturalmente
de la justicia. San Marcos en el pasaje introductorio a la
llamada, "sección de los panes" revela dos
intervenciones de Jesús. La primera está destinada
a los discípulos. Jesús quiere permanecer solo
con ellos después de su primera experiencia misionera
(6, 30-32). Algunas de las intervenciones de Jesús
en relación a sus discípulos son una enseñanza
específica: descanso, oración, paz, verificar
la misión y la fidelidad a la palabra recibida, el
desarrollo de una mayor intimidad y conocimiento más
profundo del misterio mesiánico. Pero la segunda acción
está dirigida a las "ovejas sin pastor" de
las que ya había hablado Jeremías, cuando veía
a Israel en poder de hombres políticos incapaces e
injustos (Jer. 23, 3). Como Yahvéh, Jesús se
"conmueve" y se pone a guiar a este rebaño
abandonado y desamparado. La conmoción de Jesús,
en su origen, se refería al hambre física de
la multitud. San Marcos, sin embargo, la ha orientado e interpretado
según una dimensión más profunda: "Jesús
se puso a enseñarles muchas cosas" (v. 34). Antes
del pan, Cristo les ofrece el alimento de su palabra. Las
características mesiánicas de la primera lectura
tienen así su plena actualización en Jesús,
el "buen pastor" (Jn 10).
La
celebración de las funciones de Cristo en la historia
está también en el centro de la importante perícopa
de Ef. 2 que hoy forma la segunda lectura. La obra fundamental
de Cristo es esencialmente de paz y de libertad. La paz, que
es la plenitud de la salvación mesiánica ofrecida
como "renuevo" de vida (Is. 9, 5-6; 11; Miq. 5,
4), tiene su expresión significativa en la destrucción
de las divisiones y las barreras.
Pablo
argumenta con la imagen del "muro" del Templo de
Jerusalén, que impedía a los paganos pasar más
allá y violar el espacio sagrado reservado sólo
a los elegidos de Israel. El "muro" es también
la Ley que, interpretada en forma legalista por los rabinos,
"había encarcelado en la prisión"
la auténtica vida de fe (Gál. 3, 23). Con Cristo
regresan la paz y la unidad para toda la humanidad, regresan
la libertad y la espontaneidad de la fe, por su sangre quedan
abolidas las distancias y las separaciones (vv. 13 y 17 que
citan un pasaje de Si. 57, 19 lleno de apertura universal
y esperanza).
El
plan salvífico de Dios anunciado por Jeremías
está ahora en la plenitud de su realización.
El hambre, la pobreza, la discriminación deben ser
demolidas por el evangelio de la paz, que es principio radical
de transformación y de justicia. Nace así el
hombre nuevo (v. 15), edificado y centrado sobre Cristo, un
hombre ya no separado por el odio y la división sino
unido por la cruz de Cristo. "Se han revestido del hombre
nuevo, que rejuvenece, a imagen de su Creador, por su plenitud
de conciencia. Aquí ya no existen ni griego ni judío,
ni circunciso o incircunciso, ni bárbaro o escita,
ni esclavo o libre, sino Cristo que es todo en todos"
(Col 3, 10-11).
SUGERENCIAS
PASTORALES
1.
El verdadero pastor del rebaño es "justo, ejerce
el derecho y la justicia y será llamado 'Señor
nuestra justicia'" (Jer. 23, 5-6). El motivo de la
justicia como salvación integral, espiritual, social
y física del hombre es constante en la teología
mesiánica. Cristo ofrece al pueblo hambriento y disperso
pan y reposo y además también su palabra y
consuelo ("se conmueve porque estaban como ovejas sin
pastor"). El compromiso cristiano es espiritual y social,
es servicio para el hombre entero.
2.
La obra del pastor crea un pueblo unido. El don de la
unidad, exaltado por San Pablo, hace brillar la igualdad
profunda que existe entre todos los hombres en el interior
del mismo pueblo de Dios. La reconciliación por medio
de la cruz en un solo cuerpo es fundamental para el Cristianismo,
que en el mundo debería ser signo de paz, de unidad,
de amor y no una ciudadela protegida en una auto-defensa,
encerrada, en la intolerancia. "Anunciar la paz a cercanos
y lejanos": esto debería ser el lema de la Iglesia.
3.
Dios reúne las ovejas en los pastos donde se
multiplicarán (Jer. 23, 3); los pueblos son reunidos
en el templo sin que el Cuerpo de Cristo sufra divisiones
(Ef. 2, 14-16); los apóstoles se reúnen en
un lugar solitario para descansar (Mc 6, 31). Es necesario
reencontrar más seguido la paz de la oración
y de la meditación en los pastos-templo-desierto
preparados por el pastor Cristo, que es también nuestro
compañero de viaje y de descanso.
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Aviso
legal.
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