| XVII
DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTURAS:
2
Reyes 4, 42-44
Efesios 4, 1-6
Juan 6, 1-15
A
partir de la liturgia de la palabra de este domingo se inicia
la lectura de un amplio pasaje del Evangelio de San Juan.
Se trata del célebre c. 6 en el que el evangelista
relaciona íntimamente eucaristía y cristología.
El motivo de esta inserción "eucarística"
estaba ya presente en el domingo anterior por el milagro de
la multiplicación de los panes que está ubicada
en el centro de la perícopa evangélica (Mc 6,
30ss). La liturgia apenas había trazado el inicio de
la gran mesa que Jesús preparaba para estas "ovejas
sin pastor" (Mc 6, 34). Hoy nos presenta propiamente
el milagro, más en la narración de San Juan
aparece como un "signo" que en su propio lenguaje
el término tiene casi el valor de una flecha direccional
o de un indicador que señala. El creyente debe superar
el evento en cuanto tal y tomar la dimensión escondida
del mensaje, dejándose influenciar por los hechos y
los datos exteriores. El milagro se convierte entonces en
una catequesis sobre Cristo "pan de vida".
El
modelo literario de la narración, tanto de San Juan
como de los sinópticos, está ya anticipado en
el cuadro elemental que la primera lectura toma del ciclo
de Eliseo en el segundo libro de los Reyes. La objeción
incrédula y a la vez lógica del sirviente ("¿Cómo
puedo repartir esto entre cien personas?" 2 Re 4, 43)
se repite en las objeciones de Felipe ("Doscientos denarios
de pan no son suficientes ni para que cada uno alcance un
pedazo" Jn 6, 7) y de Andrés ("¿Qué
es esto para tanta gente?" Jn 6, 9). Pero también
en los detalles (los panes de trigo, "comerán
y sobrará", el profeta Eliseo y la aclamación
final a Jesús como "profeta que debe venir"),
se intuye la relectura que la teología de San Juan
y también de la liturgia de hoy, pues ambas hacen una
verificación sobre el evento del antiguo profeta de
Israel. Cristo con sus vestiduras de profeta-pastor prepara
con plenitud su mesa que saciará definitivamente el
deseo del hombre, o sea, su antigua y nunca terminada búsqueda
de Dios.
Llegamos
ahora al "signo" de Jesús, que para el cuarto
evangelio está destinado sobre todo a revelar a Cristo
y su misterio. Jesús en efecto, es nombrado seis veces
mientras que la multitud y los discípulos son relegados
al fondo de la escena. Es más, sus objeciones, según
la típica técnica "dualista" de San
Juan, revelan la radical incomprensión de Cristo, pues
se quedan solamente en la superficie de los eventos. También
la multitud con su aclamación final y con su intento
de politizar la figura de Jesús, demuestra la pobreza
y la limitación de su perspectiva anclada en el mesianismo
teocrático-político tradicional (Dt 18, 15.
18).
Jesús,
en cambio, se revela como el salvador escatológico
que opone a la lectura "carnal" natural y política
del pueblo, una lectura "espiritual" sobrenatural
y escatológica del signo que está por realizar.
El gesto entonces, prepara la gran catequesis eucarística
que sigue que fue proclamada en la sinagoga de Cafarnaúm.
Aquí aparecen las acciones de Jesús paralelas
a las de la Última Cena: "tomó el pan,
dio gracias y lo distribuyó". He aquí la
mención inicial de la cercana Pascua (6, 4). Jesús
en el cuarto evangelio se presenta como el cordero pascual
(1, 29; 19, 36). He aquí la insistencia sobre el tema
"pan" (cinco veces), sobre el "dar gracias"
en los vv. 11 y 23 (en griego eucharistèsas). Aquí
aparece también el término griego para indicar
los "trozos de pan que sobraron" (klàsmata)
que recuerda la expresión "fracción del
pan" con la que la Iglesia primitiva definía la
Eucaristía.
El
signo es, pues, una invitación a descubrir a Cristo,
su misterio, su fuerza salvífica y vital; es una invitación
a encontrar a Cristo en su palabra y en la Eucaristía
sin instrumentalizarlo para otros fines ni para otros intereses
en juegos. Es significativo el final casi dramático
de la perícopa de San Juan: Jesús se retira,
solitario y silencioso, hacia el fondo de la montaña,
incomprendido y triste, mientras le llega el eco del clamor
de la multitud que lo busca no por las razones que Él
quiere darles verdaderamente.
Si
en las dos lecturas examinadas domina implícitamente
la Eucaristía, en la carta a los Efesios que constituye
la segunda lectura de hoy, el bautismo forma la base de esta
célebre perícopa. A los bautizados San Pablo
los exhorta con su constante y antiguo llamado a la edificación
de la Iglesia como cuerpo de Cristo, unido y no dividido por
las luchas de la división y del sectarismo. A la discordia
(vv. 1-3) y a las herejías (vv. 14-16) que pesan sobre
la Iglesia, el c. 4 de la carta a los Efesios opone la fuente
de la unidad: la presencia del Espíritu, del Señor
Jesús y del Padre (vv. 4-6). Estos versículos
constituyen una espléndida aclamación litúrgica
en la cual se encuentra encerrada una antigua profesión
de fe bautismal que influyó después en el símbolo
de Nicea. La insistencia sobre la unidad, más allá
de ser motivada por exigencias teológico-pastorales,
es también una propuesta de la clásica profesión
de fe de Israel en clave neotestamentaria: "Escucha,
Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es
uno solo" (Dt 6, 4). También la Eucaristía
en el pensamiento paulino es la raíz de la unidad y
comunión: "Porque es un solo pan, nosotros a pesar
de ser muchos, somos un solo cuerpo: todos de hecho participamos
del único pan" (1 Cor 10, 17).
SUGERENCIAS
PASTORALES
1.
El hambre del hombre es física. Dios se preocupa
de esta hambre: "Abres tu mano, Señor, y sacias
el hambre de todo viviente" (Salmo responsorial). El
profeta Eliseo se preocupa del hambre del pueblo. Cristo
sacia a la multitud. El cristiano no puede permanecer indiferente
al grito físico de los pobres: "Los pobres comerán
y serán saciados" (Sal 22, 27). Es escandaloso
que sobre la mesa del mundo los mejores lugares y alimentos
pertenezcan a los pueblos llamados cristianos mientras que
Lázaro, relegado a la puerta de la sala, sea ignorado
o complacido sólo con las migajas.
2.
El hambre del hombre es también interior. El
tema de la saciedad es típicamente mesiánico
y está respaldado ya sea por el milagro de Eliseo
ya sea por el joánico. La narración de la
multiplicación de los panes, como se ha dicho, está
construida sobre la filigrana de la cena eucarística.
"No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra
que sale de la boca de Dios" (Dt 8, 3). "Vengan
a mi todos los que están cansados y agobiados que
yo les daré reposo". Compromiso social y compromiso
espiritual no deben estar separados, so pena de una alienación
o de la apreciación de una religión simplificación.
La unidad en la fe sin la unidad en el amor es ilusoria.
Cristo no es el emperador o el estadista que sueña
la multitud (Jn 6, 14-15), pero tampoco es un místico
separado del mundo.
3.
El hambre del hombre está hecha también
de paz y de unidad. Se puede añadir a la saciedad
descrita en la I y II lectura, el espléndido himno
a la unidad del Cuerpo de Cristo que San Pablo nos regala
en la carta a los Efesios. Como conclusión de esta
reflexión sobre la saciedad física y espiritual
que Cristo ofrece al mundo podemos agregar la reflexión
de Bonhoeffer: "Nosotros los cristianos no podremos
jamás pronunciar las últimas palabras de la
fe si primero no pronunciamos las penúltimas palabras
de la justicia, del progreso y del compromiso civil".
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Aviso
legal.
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