| XIX
DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTURAS:
1
Reyes 19, 4-8
Efesios 4, 30 - 5, 2
Juan 6, 41-51
Este
Domingo continúa la lectura del monumental discurso
de San Juan sobre el "pan de vida", que el cuarto
evangelio coloca en el contexto de la sinagoga de Cafarnaúm.
El pasaje evangélico está ambientado por uno
de los clásicos de la lectura alegórica-tipológica
de la Biblia, la narración del alimento "angélico"
ofrecido a Elías que es un modelo del profetismo bíblico.
La persecución de la omnipotente reina fenicia que
domina Israel, Jezabel, obliga al profeta a huir ("Elías,
lleno de temor, se levantó y escapó para salvarse"
1 Re 19, 3). Una fuga que se transforma en peregrinación
a las fuentes de la Biblia y de los recuerdos de Israel, el
desierto y el Oreb-Sinaí que era el lugar natal del
pueblo hebreo. El vacío del profeta se hace cada vez
más grande hasta que logra pasar del pasaje exterior
(el desierto) al interior de su conciencia. Es una crisis
de vocación que llega hasta el pánico y al deseo
de morir. No es la protesta casi suicida del grito de Job
(c. 3) o de Jeremías (c. 20), sino que es el ansia
de ser escuchado por Dios, que es quien lo ha creado. Pero
el ángel, el pan, el agua y la palabra de Dios, hacen
que Elías regrese a los caminos del mundo y lo conducen
a una nueva vocación en el monte Sinaí. Ahí,
un día había nacido el pueblo de la libertad,
ahí, nace hoy el nuevo profeta de Israel.
La
crisis de fe, en la perícopa de San Juan, se expresa
a través del verbo típico de la tentación
en el desierto, el verbo "murmurar". Su propuesta
divina de ser "el pan bajado del cielo" que aparece
como contradictoria y absurda, genera ahora la incredulidad
en la encarnación de Cristo y en el escándalo
de su humanidad (v. 42; cfr. Mc 6, 3). La visibilidad de la
carne y de la humanidad que debería ser un instrumento
de gracia, una transparencia de la presencia amorosa de Dios
en medio de los hombres, se convierte en cambio para los ojos
incrédulos, en un diafragma que impide intuir en el
"hijo de José" al Hijo de Dios. El escándalo
de la encarnación y de la cruz, sin embargo, son la
fuerza que derrota la naturaleza humana "murmuradora".
De
hecho, los vv. 44-47 puntualizan la enérgica atracción
que tiene en sí la palabra de Dios: aludiendo al texto
de Is 54, 13, Juan revela el misterio de la acción
interior desarrollada por el Padre en el corazón del
hombre. Para superar el escándalo de la encarnación
y de la cruz es necesario escuchar la voz interior que nos
invita a entregarnos al Hijo (vv. 37. 39) para ser salvados
por Él. La fe es la "obra de Dios" por excelencia,
como decía el v. 28 del mismo capítulo.
El
hombre, subyugado en la fe del amor de Dios, no va ya hacia
la muerte, sino hacia la misma vida de Dios: es el tema de
los últimos versículos (vv. 48-51). Considerando
de nuevo el paralelismo antitético entre maná
y pan del cielo ya desarrollado en los vv. 31-35, según
el estilo de la homilética judía, el pasaje
exalta la fuerza transformadora y "divinizante"
del pan de vida, germen de la resurrección y de su
renovada creación (cfr. vv. 39. 40. 44. 54). Es curioso
notar que la expresión final del v. 51 ("el pan
que yo les daré es mi carne para la vida del mundo")
es la fórmula más semítica y más
"original" de la consagración, mientras que
la fórmula sinóptica-paulina: "cuerpo"
resultaría difícil de entender para un semita
("cuerpo" = cadáver, mientras que "carne"
= persona viviente). Esta era entonces la fórmula eucarística
de la Iglesia joánica del Asia Menor, de la que también
da testimonio Ignacio de Antioquia y eran las últimas
huellas de un recuerdo de la Última Cena que por cierto
San Juan omite. El hombre, conquistado por Cristo en la fe
y en el alimento de vida, es plenamente recobrado por Dios
que lo invade y lo transforma con su existencia: "Ya
no soy yo quien vivo, sino es Cristo quien vive en mí"
(Gal. 2, 20).
La
lectura continua de la carta a los Efesios se abre hoy con
una alusión a Is 63, 10: Israel en el desierto se ha
rebelado y ha entristecido al Espíritu Santo. El drama
de la incredulidad y del pecado se desarrolla en un catálogo
esencial de seis vicios que arruinan y ensucian todo, sobre
todo las relaciones con el prójimo. San Pablo contrapone
a esto un restringido elenco de virtudes centradas en el amor,
que se ejemplifica en el amor de Cristo. Esta es la novedad
de vida, es la nueva postura de la existencia y el apóstol
con una expresión excepcional y rarísima, define
este estilo de vida como "la imitación de Dios"
(5, 1), en lugar de la más tradicional "imitación
de Cristo" (1 Tes. 1, 6. 7; 1 Cor 11, 1). Como decía
Jesús en el Evangelio, el Padre, conquistándonos,
es el gran maestro que nos enseña interiormente.
Y
el final de la perícopa paulina presenta, en paralelo
a San Juan, el sacrificio de la cruz como signo de amor y
de salvación para la humanidad creyente (5, 2). "Amar
y darse a sí mismo" son dos verbos típicos
del sufriente Siervo del Señor que se inmola por los
hermanos (Is 53); el "pan entregado" es la raíz
de la vida del mundo.
SUGERENCIAS
PASTORALES
1.
El primer motivo que aparece en el leccionario de hoy
es el de la crisis de fe: crisis dramática de Elías,
crisis de los judíos que como sus padres en el desierto,
"murmuraban" delante de Jesús, crisis de
quien "entristece al Espíritu Santo" (Ef.
4, 30). La crisis nace sobre todo del escándalo del
fracaso (Elías), de la ira (Ef.) y de la desconcertante
humanidad de Jesús, "hijo de José".
Para superar esta crisis se necesita, ante todo, abrirse
a la enseñanza interior que nos hace el Padre. La
fe es antes que nada, un don, una "atracción
interior", un escuchar la voz íntima del Padre,
es pues una "obra de Dios" (Jn 6, 28).
2.
La apertura a Dios introduce en el hombre la vida, un
tema que domina en la narración de Elías y
en la perícopa evangélica (renace como hombre
y profeta). Sabemos que en la tercera y última Pascua
de su existencia Jesús ofrecerá, a través
de la Eucaristía la vida eterna que es una anticipación
del banquete mesiánico. Ahora bien, en esta segunda
Pascua, citada en nuestro pasaje, Jesús anuncia este
ofrecimiento de vida, de esperanza y de amor. Esta vida
debe penetrar en el creyente que ha perdido la fe. Escribe
K. Rahner en su obra "La fe en medio del mundo":
"¿Acaso hemos tratado de amar a Dios en los
momentos donde ya no nos llega ninguna ola de entusiasmo
y de sentimiento, donde no hay ya posibilidad de confundirse
a sí mismo y ni que se confunda el propio empuje
vital con la voz de Dios, donde casi nos parecería
morir por un tal amor y donde este amor aparece como la
muerte y la negación absoluta y nos parece casi gritar
en el vacío y en la ausencia total de alguien que
nos escuche?".
3.
La vida divina ofrecida por el Pan y la Palabra es la
raíz de la ética, es fecunda, genera amor
y destierra asperezas, ira, indignación, insultos,
maledicencia, maldad (Ef. 4, 31). La vida divina florece
en obras de amor y de justicia.
4.
La vida divina es raíz de eternidad. Inmersos
y alimentados por Dios, se participa de su eternidad. "Yo
lo resucitaré en el último día"
(Jn 6, 44).
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Aviso
legal.
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